18/10
Hoy no es un día cualquiera. Hoy, en un nuevo día otoñal, fresco, acompañado de brisa, las hojas se desprenden de los árboles con lentitud, casi con suma delicadeza, y se acumulan en los paseos. Hoy, las calles se llenan de personas, de criaturas, de niños moviéndose libres, de abuelos rememorando los viejos tiempos.
Otoño ha venido de la mano de un lunes de septiembre, y ahora, con la llegada de un nuevo mes, octubre, la estación se intensifica. La calidez, el aroma, la sensación de un cambio de tiempo, renace de nuevo. Y las percepciones se alteran. Uno se despierta y descubre que todo sigue igual, pero al mismo tiempo algo ha cambiado: no se trata de la misma monotonía incesante. Es, sin duda, un escenario verdaderamente asombroso. No puede por menos que desear dar un paseo largo e interminable, y quedarse ahí, entre las hojas, acogido por la luz del sol, pero también acompañado por la luna, que asoma temprano, y su resplandor ilumina el camino.
Es de esos días de madrugar, de buscar una frazada, y de envolverse como si no existiese nada más que la sensación palpable de la manta, que vence, no solo la temperatura, sino a los monstruos de los sueños. Es de esos momentos de acariciar una taza caliente, soplar para no quemarse la lengua, y mirar por la ventana y observar como la niebla juega con el paisaje urbano. Y es de esos instantes en los que el corazón se siente reconfortado, porque el otoño nos recuerda aquello que en un tiempo vivimos, tan intensamente, tan humanamente. Abrazos, cariño, fresco, aire, naturaleza, libertad. Paz hogareña.
Cuando pienso en todo lo que el otoño me provoca, todo lo que renace dentro de mi, todo lo que soy consciente de que resuena en mí, me pongo feliz. Por eso no es de extrañar que mi alter ego nazca un día como hoy, y se empape de la acogedora armonía que trae Octubre consigo.
Para siempre, un rincón en mi corazón, todos los días y especialmente hoy, dieciocho de octubre.
∞
Nora Green