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Tengo una opresión que duele, que no se va. Está ahí porque recuerda, porque llora. Una opresión en el corazón, en el estómago. Parece quebradiza, como si se fuera a desvanecer en cualquier minuto, pero también tiene una fuerza que estruja con intensidad, amenazando con que mis órganos se romperán.
Los recuerdos son vagos, por mucho escasos. Duele no poder acordarme de aquella vida diminuta y cálida, como si de una vida irreal se tratara. Me sangra el alma sentirla tan lejana, tan poco mía. Como un sueño, un sueño del que tuve que despertar hace mucho tiempo.
Tal vez la pierda para siempre: a quienes tuve en aquella vida de tonos naranjas y azules, de risas sinceras y gritos alocados, de travesías soleadas y aventuras lluviosas.
Temo olvidar por completo y no recordarlos de nuevo, o quizá me da miedo añorarlos más que nunca; llorar por una vida que ya fue y por una que no podrá ser.
Extrañaré extrañar, extrañaré lo que no será. Añoraré lo poco que se queda, lo mucho que se va.
Por siempre lamentaré no haberlo recordado más, vivido más; no haberlo valorado como se debía. Y ahora que lo pierdo, resguardaré lo que pueda con el riesgo de que desaparezca día tras día.
Atte. Tu futura escritora favorita. ✒️