Pero en toda historia de monstruos, siempre hay quienes resisten el encanto. Son los que tapan sus oídos ante el canto de sirena, los que se aferran a su humanidad mientras otros se transforman.
Estos resistentes a menudo pagan un precio terrible. El monstruo los marca como amenazas, los señala como traidores o como portadores de una enfermedad que debe ser erradicada. Algunos huyen al exilio, otros desaparecen en las mazmorras del monstruo, y unos pocos logran mantener pequeñas llamas de resistencia encendidas en la oscuridad.
Lo que mantiene vivos a estos resistentes no es la esperanza de una victoria rápida, sino la comprensión de que los monstruos, por poderosos que sean, no son inmortales. Todas las bestias políticas eventualmente se devoran a sí mismas. Su hambre insaciable las lleva a consumir no solo a sus enemigos, sino también a sus aliados, hasta que se quedan solas, rugiendo en un páramo de su propia creación.