──Una sonrisita traviesa se coló entre sus labios al verla allí, sentada sobre la cama, tan frágil y dulce, con esa belleza serena que por un instante lo dejó suspendido, como si pudiera pasarse la vida entera contemplándola existir. Su cabello revuelto caía en mechones desordenados sobre su frente, y la camisa negra ajustada se adhería a su torso, marcando cada línea con un aire despreocupado pero magnético. Sacudió la cabeza para recuperar la compostura, y entonces se inclinó hacia ella, estirándose con una mezcla de urgencia y suavidad. Sus manos encontraron los muslos cálidos de su chica, y con un agarre firme pero cuidadoso, la arrastró sobre las sábanas hasta tenerla justo frente a él, sus cuerpos alineados en una cercanía que hizo que el aire entre ellos vibrara. Estaban sentados cara a cara, tan cerca que podía sentir el calor que ella desprendía. Su mano derecha se posó en la cintura de su chica, los dedos rozando la curva de su piel con una presión sutil pero posesiva, mientras con la izquierda apartaba un mechón de pelo rebelde detrás de su oreja. Lo hizo con una delicadeza casi reverente, dejando que las yemas de sus dedos se deslizaran por el lóbulo, deteniéndose un segundo para trazar su contorno antes de bajar lentamente hacia su cuello.