ow_Inho
La nostalgia dejaba de escabullirse en su interior, sobre todo cuando lo desconocido se filtraba en su entorno. Sostenía una fina copa de vino al recibir el aviso de su llegada, encontrándose con rostros que no reconocía o, al menos, no recordaba haber visto antes. Se apresuró a beber con delicadeza, intentando disipar la incertidumbre y conservar un borde de estabilidad. In-ho no era un hombre tansociable; o quizá aquella virtud solo deshendia cuando no estaba del todo sobrio.
Se había acostumbrado a su rutina abrumadora, a las cuatro paredes de su oficina. Una oficina amplia que, con el paso del tiempo, se volvía más reducida, como una jaula, él, el ratón atrapado en su propia ratonera. . . una ratonera en la que había prolongado su estancia. Lideraba las empresas de su padre, quien, incluso desde su lecho de muerte, continuaba imponiéndole exigencias. Lo dejó a cargo de todo: responsabilidades que se extendían hasta el extremo de California, una ciudad que había perdido su encanto a medida que los recuerdos y las costumbres se volvían demasiado presentes.
Demasiado presentes y especiales, sobre todo cuando la imagen de los seres queridos se reflejaba constantemente en cada rincón. Y entre ellos, su mejor amigo, quien lo había recibido tras casi cuatro años en uno de los aeropuertos de Corea. Durante ese tiempo se habían visto poco; era Sangwoo quien solía visitarlo, ya fuera por mero gusto o huyendo de sus propios agobios laborales. Esta vez, In-ho regresaba por una ocasión especial, el anuncio de una próxima boda. Un alfa que jamás creyó que lograrían atar::él, su mejor amigo, convirtiéndose en la pobre o quizá. . . afortunada víctima.
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Se distinguía entre la multitud: una fragancia dulce que le hizo estremecer la nariz, adormecerla y cautivarla. Sus ojos buscaron al dueño de aquella dulzura, como si fuera posible hallarlo sin conocerlo, como si bastara una sola mirada para reconocerlo sin dudar.Y entonces, lo encontró.
Sus miradas se conectaron como si ambos hubieran estado buscándose. Se observaron durante unos segundos que parecieron eternos; segundos que sacudieron su corazón y le robaon el aliento. Deseó acortar la distancia que los separaba, ignorar a las personas a su alrededor, contemplarlo sin obstáculos y dejarse deslumbrar por aquella belleza angelical. Quiso llenar sus pulmones con esas feromonas que, tras el cruce de miradas, parecieron intensificarse: más abundantes, más dulces. Saciar esa extraña necesidad que, por primera vez en su vida, hacía que un alfa como In-ho se sintiera completamente capturado por un omega. Un total desconocido, pero con una sensación tan familiar.
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La noticia lo tomó por sorpresa, vaya que sí. Sabía muy poco del futuro esposo, apenas que era un omega. Recordaba algunas cualidades que Sangwoo mencionó con emoción en conversaciones recientes, justo antes de anunciar su compromiso. Todo le resultaba extraño, pero In-ho decidió guardarse sus dudas y acompañarlo en su felicidad. Después de todo, así era el amor o al menos lo poco que el creía entender del amor.
Tampoco imaginó que la fiesta de compromiso sería tan extravagante. Esperaba una cena íntima, no un evento con casi de cien invitados. No había rastro de su amigo ni del hombre que lo desposaría, cuyo rostro aún desconocía. Sangwoo había insistido en presentárselos de una forma especial y directa.
Se adentró con mayor confianza entre la multitud, saludando con su habitual carisma y, sobre todo, con impecable educación. Evitaba entablrar conversaciones largas, cruzándose con fingida prisa. Casi al llegar a un rincón más apartado, lejos del bullicio, sus ojos recorrieron la sublime decoración, el lugar, los invitados. . . alejándose de las feromonas dispersas en el ambiente. Sin embargo, hubo una en particular que lo persiguió.