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ㅤㅤعے El fulgor que la nieve devolvía tensó su vista apenas cruzó el umbral y lo obligó a inclinar el rostro un instante, aunque no dudó. Había salido confiado, respaldado por una revisión rápida y descuidada del clima, fiel a su costumbre: se anunciaban nevadas leves, dentro de lo esperado, sin rastro alguno de un giro abrupto ni de una tormenta en ciernes.
          
          Sin embargo, no demoró en advertir su equivocación; bastaron unos cuantos pasos más para que la certeza se le instalara con brusquedad, tan helada como el entorno que lo rodeaba.
          
          La ciudad se le reveló irreconocible, trastocada por una nevada reciente que había sepultado cualquier vestigio familiar. El trazado urbano se diluía bajo una costra blanquecina donde calles y aceras dejaban de existir como tales, fundidas en una planicie sin contornos definidos. Las distancias engañaban al ojo; la orientación se volvía tentativa, sostenida apenas por postes de luz aislados y fachadas ennegrecidas.
          
          Los semáforos persistían encendidos bajo la capa de hielo, su resplandor amortiguado por la escarcha. Los vehículos, varados hasta los ejes, yacían inertes, expulsando de tanto en tanto un gemido mecánico, torpe y estéril, que no alcanzaba a imponerse antes de ser deshecho por las ráfagas violentas.

parasi-te

Al final solo murmuró un suave «gracias». Por que, aunque quisiera insistirle ─o mentirse─ de que no lo necesitaba y que podía soportar el frío, su cuerpo le decía lo contrario: no podía y mucho menos soportaría la temperatura por venir, solo le tocó aceptar lo primero que le dieron como cobijo. Por más orgullo que tuvo que tragarse gracias a aquello, ¿cuántas veces igual se lo había tragado cuando de ese hombre se trataba?
            
            Después de ahí, su mente disocio solo un momento hasta procesar las nuevas palabras que salieron de la boca del otro ante su anterior cuestionamiento. Sus iris se movieron de nuevo al cabello ahora libre de nieve, seguía igual que las tantas veces que lo había visto anteriormente, algunos mechones estaban alborotados y otros solo se pegaron en el rostro de Ninkyō. No había nada fuera de lo habitual a excepción de...
            
            ───ㅤ tus ojos también son diferentes, ¿te cayó nieve también ahí?
            
            Una exhalación salió de su nariz, lo más similar a una risa bien camuflada ─según él─. Con ese comentario dicho volvió a desviar la mirada.
            ㅤㅤㅤㅤ섣랑    .ㅤ@t-ouche ¡¡
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parasi-te

───ㅤ no tenía previsto que fuera así de fuerte.
            
            Soltó un suspiro largo y pesado, su ceño solo se frunció un poco. Tuvo que alejar una de sus manos del suave pelaje del can para lograr acomodarse su bufanda cual se estaba sintiendo cada vez más floja alrededor de su cuello; no le tomó demasiado al menos volverla a ajustar, logrando cubrir hasta unos centímetros bajo sus labios, el aire no pegaba a la dirección de la entrada, estaría bien de momento.
            
            Sus ojos se abrieron de par en par al sentir una nueva capa de ropa alrededor suyo, lo que al parecer ayudó a relajar un poco la temperatura baja de su cuerpo, pero no relajó para nada sus pensamientos; su cabeza giró para encarar al otro, su rostro reflejaba toda la confusión que sentía ante aquel gesto tan repentino. ¿Le ayudó a pasar un poco con el frío? Claro, ¿empeoró sus pensamientos? También.
            
            ───ㅤ a..ah, yo.. ㅤ───sus parpados se cerraban y abrían con rapidez. ¿Acababa de enredarse con sus palabras? No... esto es aún peor que eso, ¿acababa de tartamudear?───.ㅤ no era necesario, ¿sabes?
            
            Aclaró su garganta después de decir aquello. El tartamudeo era lo de menos, seguro era la baja temperatura, su cuerpo temblaba y sus palabras igualmente podrían salir así de cortadas por aquel temblor de su sistema, ¿verdad? Ya que era la única explicación lógica que su cerebro logró encontrar ante aquello; su cabeza por instinto se sacudió con suavidad, como si eso disipara cualquier pensamiento no deseado.
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parasi-te

Llegados a este punto, no sabía que hacer con sus manos y con su cuerpo, era entre darle calor a ellas gracias al pelaje del animal que tenía enfrente o darle calor a su propio cuerpo que seguía pareciendo tener espasmos. Seguiría reprochandose a si mismo por lo que queda de tiempo de esta tormenta el no haber visto el clima antes de aceptar pasear a Kira, ese tipo de regaños a uno mismo que solo se acallan apenas termina el día. A menos que ese «error» le cueste una vergüenza.
            
            Aunque, sabía que había casos dónde el clima no advertía de antemano las cosas y solo pasaban repentinamente.. no puede confirmar ni desmentir nada, pero es una forma de consolarse a si mismo de que esta tormenta fue rrepentina como el pronóstico siempre lo ha sido. Bien, ahora solo debía maldeciar al cielo y a su suerte ─a la nada en pocas palabras─, ya que el único punto bueno es estar con Ninkyō... Ah, y con Kira también.
            
            Si le tuviera que encontrar otro punto bueno... si de casualidad llegaba a enfermarse ─que está casi al cien por ciento seguro de que pasara─ podría faltar al trabajo mañana, el clima por las tardes-noches era más frío gracias a que el sol estaba en su punto más bajo, eso aumentaba sus ganas de no salir y quedarse a dormir solo un poco más. ¿Quién podría culparlo? Cuando se trata de clima frío, si apenas siente la mínima sensación de calor acogedor, es todo lo que su cuerpo considera suficiente para hacerlo dormitar.
            
            Como un animal que está preparándose para hibernar. Con la diferencia que él sigue teniendo responsabilidades que cumplir, más si quiere el pago extra por estas fiestas.
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ㅤㅤㅤعے㍘︵ㅤ ㅤ Desde el instante en que descendió del estrado y fue engullido por una multitud copiosa, comprendió —con una claridad casi lacerante— que todo derivaría en el desenlace que sus progenitores anhelaban, aquel mismo que él aborrecía con obstinación silenciosa.
          
          Sus labios adoptaron un temblor casi inaudible; una oscilación mínima, pero lo suficientemente nítida como para evidenciar el agotamiento sedimentado durante aquella asamblea empresarial. Había pasado horas obsequiando sonrisas de consistencia quebradiza, articulando pláticas urdidas con intereses ajenos y procurando alianzas más por inercia que por auténtica voluntad.
          
          ¿En qué momento aquello alcanzaría su fin, siquiera? No había indicios de que fuese a desvanecerse pronto —llevaba escudriñando cada gesto, cada fisura del ambiente—, y aun así, en algún rincón silencioso de su interior, persistía la esperanza de que todo concluyera de una vez. Lo único que anhelaba era regresar a su hogar y rendirse a la cálida quietud de sus sábanas, como si en ellas pudiera desprenderse de todo el peso del día.
          
          Con un movimiento lento se humedeció los labios, percibiendo la aridez que los agrietaba. Dedujo enseguida que provenía de la verborragia continua, de la necesidad de mantener un diálogo tras otro sin tregua. Murmuró una disculpa hacia la figura frente a él —sin que su identidad le importara realmente— y se apartó con la intención de conseguir una bebida, preferentemente una exenta de alcohol —asunto aún delicado, quizá de por vida—.

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Entonces llegó otro compás. 
            
            La mujer con la que anteriormente bailaba, después de separarse y darle una suave reverencia, desapareció de su vista, sustituida por otra que no reconocía para nada. No hubo advertencia de antemano, ni siquiera una presentación, solo el intercambio de una mano con la otra, un cambio que le costó el precio de tener que volverse a acostumbrar al movimiento, puesto que esta nueva pareja tenía un paso de ritmo más diferente a la anterior. Eso volvió a entorpecer todo.
            
            No anticiparlo le costó eso. Genuinamente pensó que aquello solo era la memorización de pasos relativamente sencillos con uno que otro cambio, una secuencia repetitiva hasta el final de la música se hiciera presente. El cambio es abrupto, más para alguien que apenas estaba en proceso de concentración para no equivocarse con lo básico.
            
            Solo espera que el cambio de parejas no sea en demasiadas ocasiones. No tiene problemas con las parejas que le toquen, después de todo, no conoce a ninguna mujer en este sitio fuera de las de su familia, no es como que vaya a quedar en una situación totalmente incómoda si llegara a quedar con alguien conocido. El único conocido en esa sala ─fuera de su círculo familiar─ que le causaba momentos tensos era un hombre, uno con el que era imposible quedar emparejado, las parejas parecían contadas y quedarse sin una pareja femenina daba a una situación poco probable.
            
            No tenía nada por lo que preocuparse en ese aspecto. ¿Verdad?
            ㅤㅤㅤㅤ섣랑    .ㅤ @t-ouche ¡¡
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parasi-te

Fue una charla incómoda, probablemente más para él que para aquella chica, debido a el hecho de que era ella la que más hablaba entre los dos, él solo «aportaba» sus monosílabos. El sacar plática con extraños no era su fuerte, añadiendo el hecho de que si ese desconocido no había logrado captar su atención desde el primer momento que lo visualizó, entonces no tendría interés alguno en seguirle su conversación.
            
            Pero tampoco tenía otra opción, ya estaba amarrado ─figurativamente hablando─ a todo esto, podía seguir dando quejas a la nada y hacer que todos lo percibieran como un hombre que le habla a una pared: alguien que nunca recibira una respuesta pero que igualmente sigue lanzando una montaña de palabras a modo de protesta, pero, ¿valía la pena? Últimamente quejarse no lo estaba llevando a ningún lugar.
            
            O, probablemente desde el principio, nunca lo habían llevado a un lugar.
            
            Por ─única─ buena fortuna, conseguir seguir la coordinación de los demás no tomó demasiado tiempo. Seguía los mismos patrones de siempre: un paso adelante, otro paso atrás y, por último, un giro corto, si había un paso extra podía al menos llegar a anticiparlo y replicarlo apenas con unos segundos de retraso. No debía ser complicado hasta este momento, ni tampoco debía complicarse a futuro.
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parasi-te

¿Cómo no pudo siquiera notarlo? Se siente bastante ciego, como alguien que debería empezar a usar sus lentes todos los días y a toda hora a partir de este instante para no caer ante la ceguera de su entorno.
            
            Pero, ¿qué podía hacer ahora? Ya estaba metido en esa situación y sería totalmente complicado el salir, así que, con toda la resignación de alguien que nunca tuvo el derecho de oponerse a las circunstancias: vió a su alrededor para poder imitar lo que los demás hacían. Fue un vistazo rápido, algo para grabar las acciones de manera fugas y no quedar como el inexperto que era.
            
            Aunque eso último seguro se acabaría notando tarde o temprano para su descontento.
            
            Una de sus manos se posó con algo de lentitud en la cintura de la mujer y, con su mano libre, tomó la ajena, quedándose en la posición adecuada para empezar la danza. El ritmo no parecía complejo, solo necesitaba tener cuidado de no pisar accidentalmente a su pareja de baile, al igual que seguir verificando sus alrededores por si había un cambio en el compás.
            
            Hacer las dos cosas ya era tarea compleja. Sumando que seguía siendo Zyan, un hombre al que parece que las desgracias lo persiguen como una plaga molesta y pegajosa, obviamente no iba a pasar que todo le saliese bien por una vez en toda su vida. La mujer había comenzado a querer emtablar una conversación, claro que eso necesitaba también su atención enfocada en la fémina frente suyo.
            
            ───ㅤ ah.. ¿dijo algo?ㅤ ───preguntó con la voz solo lo suficientemente alta para que la otra escuchase. Solo la vió reírse mientras, gustosa al parecer, repetía lo que había dicho en esa fracción de tiempo donde su atención no estaba enfocada en ella.
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ㅤㅤㅤعے㍘︵ㅤ ㅤ Estas situaciones jamás habían figurado entre sus preferencias. En realidad, ni siquiera comprendía del todo por qué había aceptado. Las ideas de Ophélie solían parecerle excesivamente teatrales, agotadoras, y ésta no era la excepción. Bien pudo declinar la invitación con una excusa cualquiera, pero justo cuando estaba por hacerlo, ella pronunció un nombre que desarticuló toda su negativa: Narcissò.
          
          Y ahí estaba la clave. No es que sintiera nada en particular —o al menos nada que pudiera nombrar—, pero algo en la mera posibilidad de verlo desmoronarse bajo la incomodidad lo impulsó a aceptar. Tal vez curiosidad, tal vez simple hábito de observar lo ajeno. Sea como fuere, se descubrió preparándose para asistir a un evento que, en otras circunstancias, habría catalogado como una pérdida de tiempo monumental.
          
          En ese instante, Ninkyō experimentaba —o al menos eso suponía, porque identificar lo que sentía siempre era un asunto difuso— una especie de remordimiento envuelto en terror mal disimulado. Aquella casa debía ser el escenario del pánico ajeno, no el suyo. Su papel original era claro: observador sereno, testigo de los gritos ajenos, quizás incluso un poco divertido ante la desgracia de Narcissò. Pero claro, el cosmos —ese bromista de pésimo gusto— decidió torcerle el guion.

parasi-te

───ㅤ ...vamonos ㅤ───murmuró mientras salía del espacio y prácticamente empezaba a arrastrar a su amiga, la cual con suerte y pudo gritar en agradecimiento a las otras dos personas que iban con ella.
            
            Y justo cuando creyó que podría empezar a relajarse, Cheryl habló de vuelta: "oye, el hombre que estaba contigo... se parece al que se te declaró en el bar". Eso le hizo acelerar el paso y sus pisadas se volvieron más fuertes. Era suficiente por hoy.
            ㅤㅤㅤㅤ섣랑    .ㅤ @t-ouche ¡¡
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parasi-te

Los minutos siguieron transcurriendo mientras se quedaba sin mensajes cuales leer, hasta que llegaron nuevos, pertenecientes a su amiga esta vez:
            «Ya estoy cerca, creo»
            «Pero solo me dejaron pasar a mi»
            
            Bien, al menos no tendría que lidiar con que algún otro de sus compañeros lo viera en tal situación. No dudaba para nada que la chica les hubiese contado: pero una cosa es escucharlo y otra cosa es que lo vieran por su propia cuenta para burlarse de él. Ya tenía suficiente con las variadas cosas vergonzosas que le pasó frente a ellos y ahora las usan para mofarse de él.
            
            Y luego llegó otro mensaje cual le hizo arquear una ceja por mera inercia: «Por cierto, vengo acompañada de otras dos personas». ¿Serían acaso trabajadores? Ya que no encuentra otra explicación a aquello. No importa, solo tocaba ser paciente ahora y aguantar la sensación pesada del ambiente por otros cuantos minutos.
            
            No fue demasiado tiempo gracias a cualquier divinidad que le haya guardado un poco de piedad a su situación. El ruido afuera lo hizo enderezarse por instinto, acto seguido se vió ─nuevamente─ cegado cuando aquella puerta se abrió y lo primero que lo recibió fue la luz de la linterna de un celular. Tuvo que tapar sus ojos con sus manos para lograr acostumbrarse de nuevo a una iluminación.
            
            "Al fin te encuentro" la voz de Cheryl se hizo presente bastante rápido seguida de un suspiro. Un suspiro que denotaba el cansancio de seguramente buscarlo por un buen tiempo. Eso lo hizo sentir ligeramente culpable.
            
            Y, tal cual había dicho la anteriormente mencionada, había otras dos personas a su lado, aunque parecían más enfocadas en el hombre a su lado. Del cual por un momento había olvidado que seguía ahí y que era la principal razón de su estado tan tenso. Si ya se había calmado, entonces nuevamente varios de sus músculos se volvieron a tensar.
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Su mirada no estaba quieta, sus iris se movían de un lado a otro en la oscuridad como si eso fuese a calmar todo en su entorno: para su grata sorpresa ─no realmente─ no funcionó. El ambiente por cada minuto que pasaba se volvía más incómodo, la espera se volvía eterna, pareciese que entre más deseara salir, más se tardaría su compañera en llegar.
            
            ¿Qué podía al menos hacer en ese momento de espera? ¿Ver el chat de Cheryl para fingir que está haciendo algo? Es demasiada estúpida la idea, pero es la única que se le ocurre para alejarse aún más ─metafóricamente─ del momento, de dejar de pensar en ello. Tal vez si lo hacía el tiempo estaría a su favor para empezar a transcurrir aún más rápido de lo que normalmente iba.
            
            Y lo hizo. Volvió a encender el celular para fingir estar haciendo algo.
            
            Pensó seriamente en escribirle a alguien, en preguntarle a su compañera si ya mero llegaba ó simplemente escribir alguna respuesta a uno de los tantos chats sin leer que tiene esparcidos. No hizo ninguna de sus propias opciones, en vez de eso, entró al grupo donde inicialmente empezó todo esto de la salida, yendo hasta mero arriba ya que, en su momento, ni siquiera leyó por completo todo.
            
            No vió nada interesante en ellos.. algo así, ya que era una tortura mental por el solo hecho de que sus colegas tenían planeado otros lugares para ir y Cheryl fue la que sugirió ir a aquella casa del terror por verla en una publicación aleatoria de alguien de sus conocidos. ¿Quién iba a pensar que esa decisión conllevaría a terminar de este modo?
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ㅤㅤㅤعے㍘︵ㅤ ㅤ Sus orbes se deslizaron con escrutinio casi quirúrgico por las afueras del bar, dudando si adentrarse de nuevo tras aquel incidente donde, de manera paradójica, había "sustraído" y a la vez había sido "despojado". Su billetera jamás reapareció y una irritación difusa, líquida y silenciosa, se filtró por su interior, incapaz de traducirse en gesto alguno; un desasosiego que lo acompañaba como sombra insolente.
          
          Pero bueno, ya se hallaba en el lugar, sorprendentemente decidido, y ¿quién podía dictarle que no se permitiera el leve privilegio de beber, aun consciente de lo difusa que era su memoria?
          
          Sin más preámbulos, avanzó con pasos firmes, manteniendo una elegancia natural que parecía inherente a su porte. En su mente había ensayado aquel escenario: entrar al bar y ofrecer sumas absurdas como disculpa, un gesto casi mecánico de resarcimiento. Sin embargo, algo distinto surgía ahora; un interés frío y curioso lo impulsaba, una especulación sobre si el hombre que lo había tratado con arisca rudeza aún se encontraría allí, con el mismo humor —o quizá uno más áspero— esperando tras su semblante.
          
          Era, ciertamente, una sensación inédita, apenas perceptible, y sus labios se estiraron muy ligeramente antes de borrarla al cruzar el umbral del bar. Recorrió el lugar con mirada analítica: vacío en su mayor parte, aunque salpicado de figuras de aspecto dudoso. Su atención, sin embargo, se fijó en el de hebras beige. Ignoró el súbito vuelco en su pecho —posiblemente taquicardia, nada más—; lo que realmente le interesaba era el estímulo que lo había provocado, esa presencia específica que perturbaba su habitual ecuanimidad.

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Sus pies se deslizaron con un intento torpe de elegancia hacia la puerta entreabierta, mientras su mente, todavía mareada, tejía un sinfín de movimientos futuros para acercarse a aquel hombre. Pero antes de atravesar el umbral, giró sobre sí mismo con rapidez felina y atrapó la mano ajena. Con un gesto ágil, se inclinó y depositó un beso fugaz sobre la piel, tan breve como eléctrico, dejando un rastro de intenciones sin pronunciar.
            
            Sonrió con pereza y satisfacción, como quien ya se siente vencedor, mientras se apartaba de aquel ser que acababa de designar como su nuevo desafío del año. Echó una última mirada atrás antes de perderse entre la multitud, que ahora parecía haberse densificado aún más, amontonándose como un río inmóvil de cuerpos y murmullos.
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Ninkyō jamás, en sus veinticinco años, había conocido la palabra derrota. Oh, no. Para alguien nacido en una familia ambiciosa y prestigiosa, donde la grandeza se medía por la capacidad de aplastar a cualquiera —incluso a los propios lazos de sangre—, perder era un insulto imperdonable, una prueba de ineptitud que no merecía ni la más mínima atención.
            
            Era irónico que él, alguien que jamás había sabido cómo nombrar sus propias emociones, hubiera sido señalado como un proyecto fallido. Un ser que, al nacer, había tenido un valor extraordinario: único varón y a la vez hijo único, fruto de las dificultades de su madre para traerlo al mundo. Pero ese valor, antes tan elevado, se desplomó hasta la nada debido a su incapacidad para comprender lo que sentía.
            
            ──Hah...── soltó algo que apenas podía llamarse carcajada, vacilante y quebradiza, pero saturada de un torrente de emoción que parecía querer desgarrarle el pecho.
            ──No me importa lo que pienses ni lo que digas.── murmuró, dejando que la insolencia se enredara en cada palabra. Su mirada se clavó con una determinación fría, y no pudo evitar preguntarse qué tendría que hacer para que aquel hombre tomara en serio sus palabras.
            ──Te desposaré, quieras o no── agregó, con un deje de sonrisa torcida que rozaba lo desafiante. ──Aunque me cueste una década entera, nada ni nadie podrá arrebatarme lo que deseo.── finalizó, dejando que su certeza flotara en el aire, pesada y casi tangible, como un juramento imposible de romper.
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ㅤㅤㅤعے㍘︵ㅤ ㅤ Con la cabeza —forzada por un impulso torpe— apenas inclinada, empezó a percibir un peso inédito, súbito, demasiado denso para sostenerlo solo con el cuello. Era como si el aire mismo se hubiese vuelto espeso, casi líquido, y su lucidez, ya vacilante, se desmoronara bajo su propio pulso.
            
            Un murmullo reverberó entre su oído y la embriaguez de su mente, como un eco de mil voces que —nacidas de una sola— se licuaban lentamente en el fondo de su razón deshecha. El suelo pareció mecerse bajo sus pies con el ritmo cansado de un oleaje distante. Cautivo del vértigo, apenas percibía la frontera entre su carne y la neblina que lo reclamaba. En su pecho palpitó un temblor desordenado, un revoltijo de anhelo, mareo y alcohol que acabó por torcerle los labios en una sonrisa vacía.
            
            Aun cuando de la boca de aquel ser —a medias divino, a medias cruel— escaparon cuchillas de voz disfrazadas de dulzura, su sonrisa no se borró; se amplió, temblorosa, como si en cada palabra hallara un placer incomprensible.
            
            Bien, sus progenitores siempre le habían inculcado que todo aquello que valiera la pena exigiría siempre sudor y lágrimas —una advertencia casi cruel para oídos tan jóvenes en su momento—. Y aun ahora, con la mente trastornada por el mareo, algún rincón sobrio de su pensamiento se las ingenió para interpretar el caos como un reto. Una prueba más que la vida, caprichosa, había decidido arrojarle justo en el instante menos conveniente.
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      / le hago el amor & lo preño para que
                jamás me deje !!

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prometo hacerte reír y respetarte cada día de tu vida, te atesorare como el mayor tesoro de tda mi fokin lauf
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ZYAN si tú me dijeras "ladrame ahora, perro" lo haría sin dudarlo, pero por favor dame una oportunidad 
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zyan dame una oportunidad, pls.
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