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ㅤㅤعے El fulgor que la nieve devolvía tensó su vista apenas cruzó el umbral y lo obligó a inclinar el rostro un instante, aunque no dudó. Había salido confiado, respaldado por una revisión rápida y descuidada del clima, fiel a su costumbre: se anunciaban nevadas leves, dentro de lo esperado, sin rastro alguno de un giro abrupto ni de una tormenta en ciernes.
          
          Sin embargo, no demoró en advertir su equivocación; bastaron unos cuantos pasos más para que la certeza se le instalara con brusquedad, tan helada como el entorno que lo rodeaba.
          
          La ciudad se le reveló irreconocible, trastocada por una nevada reciente que había sepultado cualquier vestigio familiar. El trazado urbano se diluía bajo una costra blanquecina donde calles y aceras dejaban de existir como tales, fundidas en una planicie sin contornos definidos. Las distancias engañaban al ojo; la orientación se volvía tentativa, sostenida apenas por postes de luz aislados y fachadas ennegrecidas.
          
          Los semáforos persistían encendidos bajo la capa de hielo, su resplandor amortiguado por la escarcha. Los vehículos, varados hasta los ejes, yacían inertes, expulsando de tanto en tanto un gemido mecánico, torpe y estéril, que no alcanzaba a imponerse antes de ser deshecho por las ráfagas violentas.

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Sus párpados permanecían abiertos, aunque por instantes breves caían con lentitud sobre sus ojos, cubriéndolos como una manta obstinada que insistía en arrastrarlo hacia la suavidad del sueño.
            
            Podía... cerrarlos. Dejar que descansaran. Se lo merecía. Al fin y al cabo, había trabajado demasiado ese día. Al menos un parpadeo prolongado no le haría daño.
            
            El intruso sobre su hombro no ayudó en absoluto; al contrario, lo impulsó a inclinar la cabeza hacia aquella presencia, acomodándola con suavidad y frotándose con ligereza. El aroma a champú alcanzó sus fosas nasales, invitándolo a inhalar con calma. Tras un breve instante de curiosidad olfativa, volvió a restregar la mejilla contra aquella cabeza, cerrando finalmente los ojos. 
            
            Podía... dejarse llevar un momento. Unos minutos. Solo para "descansar la vista".
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Podía entablar conversación con facilidad; siempre había destacado en ello. De hecho, aquella era una de las razones por las que su empresa continuaba avanzando sin tropiezos: su manera de conducirse en el diálogo y de forjar vínculos convenientes con otros empresarios resultaba invariablemente eficaz.
            
            En cada una de aquellas ocasiones se presentaba provisto de abundante información previamente recabada; examinaba a cada individuo con minucia, resuelto a obtener el mayor provecho posible. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando no sabes absolutamente nada de la otra persona, justo como ahora? ¿Qué clase de temas emergen entonces a la superficie?
            
            «Oye, tu cabello es extrañamente hipnótico de mirar, ¿puedo olerlo?» ¿Acaso padecía alguna clase de fijación absurda con olfatear cosas? Mejor no. «Vaya, eres ridículamente liviano.» Error. Aquello solo los arrastraría a recordar el incidente en que lo alzó por mero reflejo. «¿Recuerdas cuando hablamos en aquel baile donde ambos estábamos visiblemente incómodos?» Excelente, otro desastre. De acuerdo... ¿por qué aquello resultaba tan complicado, y no una conversación con un empresario de la que incluso podía depender el porvenir de su compañía?
            
            Quizá era aquel extraño sosiego que comenzaba a entumecerle las extremidades lo que le impedía articular con claridad. Incluso el movimiento de sus labios —un intento desesperado por expulsar algún sonido— no conseguía materializarse en palabra alguna.
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Sus ojos se cerraron para dejar de pensar en eso; una decisión estúpida, ya que eso daba pie a menos distracciones de su alrededor ─aunque tampoco es que hubiera gran cosa─. Sus manos se aferraron al abrigo que lo rodeaba. ¿Qué tan mal estaría descansar ─dormir─ un rato...? No, no podía. No debía, mejor dicho. Pero los ojos le pesaban fuertemente; incluso cuando decidió abrirlos, rápidamente volvieron a cerrarse. 
            
            El sueño lo estaba carcomiendo. ¿Cuánto había dormido la noche anterior? ¿Cuatro? ¿Tres horas? Pero en todo el día no le había caído el peso de ese mal horario de sueño, entonces, ¿por qué tenía que ser justo ahora? No hacía ningún sentido en su mente el que esto estuviera pasando; su cabeza se meneaba, cabeceaba y se enderezaba de manera rápida; sin embargo, todo eso no era demasiado fuerte como para arrancarle la somnolencia. 
            
            Debía aguantar, no debía ceder ante algo tan banal como esto. Debía hacerlo. 
            
            ... 
            
            No pudo hacerlo. 
            
            El tiempo no le dio más tregua antes de hacerlo entrar en una especie de sueño profundo; la línea de distinción entre lo que era una ensoñación profunda y lo que era la realidad estaba siendo cada vez más borrosa. Así que cuando su cabeza cayó en un sitio cómodo, su cuerpo no dudó en desplazar todo su peso a ese lugar... ¿Qué sería aquello? ¿Una almohada? Tenía las similitudes de una, una buena comodidad y algo de suavidad. 
            
            Sí. Seguramente debía de ser eso; si no, ¿qué más podía ser?
            ㅤㅤㅤㅤ섣랑    .ㅤ@t-ouche ¡¡
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ㅤㅤㅤعے㍘︵ㅤ ㅤ Desde el instante en que descendió del estrado y fue engullido por una multitud copiosa, comprendió —con una claridad casi lacerante— que todo derivaría en el desenlace que sus progenitores anhelaban, aquel mismo que él aborrecía con obstinación silenciosa.
          
          Sus labios adoptaron un temblor casi inaudible; una oscilación mínima, pero lo suficientemente nítida como para evidenciar el agotamiento sedimentado durante aquella asamblea empresarial. Había pasado horas obsequiando sonrisas de consistencia quebradiza, articulando pláticas urdidas con intereses ajenos y procurando alianzas más por inercia que por auténtica voluntad.
          
          ¿En qué momento aquello alcanzaría su fin, siquiera? No había indicios de que fuese a desvanecerse pronto —llevaba escudriñando cada gesto, cada fisura del ambiente—, y aun así, en algún rincón silencioso de su interior, persistía la esperanza de que todo concluyera de una vez. Lo único que anhelaba era regresar a su hogar y rendirse a la cálida quietud de sus sábanas, como si en ellas pudiera desprenderse de todo el peso del día.
          
          Con un movimiento lento se humedeció los labios, percibiendo la aridez que los agrietaba. Dedujo enseguida que provenía de la verborragia continua, de la necesidad de mantener un diálogo tras otro sin tregua. Murmuró una disculpa hacia la figura frente a él —sin que su identidad le importara realmente— y se apartó con la intención de conseguir una bebida, preferentemente una exenta de alcohol —asunto aún delicado, quizá de por vida—.

parasi-te

Otro escalofrío recorrió su cuerpo ante el susurro cerca de su oído. Su cuerpo volvió a tensarse; sus movimientos torpes ahora se estaban notando un poco más. Al voltear de nuevo a visualizar su alrededor, notó varias miradas curiosas posadas sobre ellos; otras parecían de disgusto disfrazado. La última parte solo lanzó una mirada rápida antes de apartarla para seguir en lo suyo. Ser el centro de la atención de una multitud es lo peor que podría experimentar.
            
            Ya es la segunda vez que es ocasionado por este hombre.
            
            ───ㅤ es extraño que haya pasado esto ㅤ───murmuró igualmente. Su vista estaba puesta de nuevo en la cabellera dorada que ─casi─ reposaba en su hombro───.ㅤ no debe ser por mucho tiempo. 
            
            No sabe si lo dijo para tranquilizar al otro o para hacerlo consigo mismo; ambos eran los torpes en esa situación. 
            
            Se vio aún más cuando fue ahora a él a quien empujaron e hicieron que perdiera ligeramente su equilibrio; se estabilizó en cuanto ambas manos se lograron aferrar a las mangas del traje de Ninkyō. Esto estaba siendo aún peor de lo que había imaginado; se sentía un robot siguiendo de manera automática lo que creía correcto para no pisar accidentalmente al ajeno, lo cual sería tarea difícil si se quedan quietos más tiempo del habitual en el mismo sitio y hacen que, por consecuencia, las parejas choquen con ellos. 
            
            ───ㅤ lo lamento ㅤ───la disculpa fue baja antes de dejar de aferrarse demasiado al ropaje impropio e intentar que sus manos encontraran un buen lugar para posarse y que no quedaran simplemente flotando en el aire.
            ㅤㅤㅤㅤ섣랑    .ㅤ@t-ouche ¡¡
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parasi-te

Hizo una reverencia a la mujer con la que estaba compartiendo pasos y siguió con su propia parte; memorizar y dominar cada uno de los pasos tuvo sus complicaciones, claramente, todo era muy de golpe, sin tiempo de procesamiento de por medio; era seguir fingiendo que sabía lo que hacía o quedar como idiota frente a la pareja de baile asignada. No sabe cuál de las dos es peor, ya que si la primera la ejecutaba de manera incorrecta, entonces lo llevaría a acabar de igual forma en la segunda situación. 
            
            Como siempre. 
            
            Cuando un traje se hizo presente en su campo de visión, rápidamente frunció el ceño. ¿Se habrá equivocado? No, eso no era posible, ¿cómo lo sería siquiera? Todo esto estaba escrito en probabilidades y, se suponía, que los cálculos nunca mienten, entonces, ¿cómo acabó emparejado con un hombre? Aún peor, con este en específico.
            
            ¿Cuánta probabilidad había?
            
            Su primera reacción fue querer voltear a sus lados para ver qué fue el causante de tal cosa. Podía ser que la hipótesis de que justo las parejas de hombre-mujer habían quedado desiguales por la falta de estas últimas; maldecía su suerte que justo le pasaran esas cosas a él. Iba a replicar o pedir disculpas y retirarse, pero no pudo, no cuando la mano del rubio quedó clavada en su cintura; aquello hizo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo y quedó paralizado por al menos tres segundos completos.
            
            Y ahora sumaba que debía seguir pasos de los que no practicó en todos estos minutos ─porque simplemente no le correspondía aprenderlos para replicarlos─; la secuencia que hacían las mujeres. Esperen un poco, ¿por qué se supone que él estaba tomando ese rol en esto? ¿Qué no era mejor declinar e irse ambos por su camino y así evitaban este baile incómodo? Maldición, deseaba que la tierra se lo tragara en ese momento y lo escupiera en cualquier otro continente lejano. 
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Qué dolor de cabeza. Ideó por algunos minutos serios cómo podría salir de la danza; sin embargo, algo lo retenía muy fuertemente en su lugar ─hablando de manera figurativa─. No sabía definir bien el qué o el porqué, ¿los murmullos de la gente? No, parecían estar más concentrados en su pareja. ¿Dejar desolada a alguna dama? Aunque la idea suena bastante lamentable, no lo cree tampoco. ¿La presión de una mirada penetrante encima de él? Bien, esa podía ser una posibilidad.
            
            Las miradas vienen de todos lados; unas duran los segundos necesarios para que sea lo usual, otras se quedan más tiempo del que deberían; en cualquier caso, es fácil sentir una así de penetrante. ¿Lo malo? Es que no podía deducir el lugar de donde viene si hay demasiada gente a su alrededor; podría ser cualquiera al final de cuentas, lo cual le hacía la tarea más complicada y una pérdida de tiempo. 
            
            Seguramente sería su madre. Es quien más lo instó a bailar, ya que ─literalmente─ fue ella quien lo dejó en manos de una fémina desconocida para bailar. 
            
            La danza siguió al igual que los cambios, no eran uno tras otro; de hecho, cada uno llevaba su tiempo determinado. Con cada mujer que le tocó, apenas se iniciaron algún tipo de conversación; unas parecían aún tímidas, otras más animadas y otras de plano no se esforzaban en esconder su desinterés. Al igual que él lo hacía, sus expresiones eran obvias al tener que captar que todo esto estaba fuera de atención. 
            
            Y con aquello, otro cambio llegó. 
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ㅤㅤㅤعے㍘︵ㅤ ㅤ Estas situaciones jamás habían figurado entre sus preferencias. En realidad, ni siquiera comprendía del todo por qué había aceptado. Las ideas de Ophélie solían parecerle excesivamente teatrales, agotadoras, y ésta no era la excepción. Bien pudo declinar la invitación con una excusa cualquiera, pero justo cuando estaba por hacerlo, ella pronunció un nombre que desarticuló toda su negativa: Narcissò.
          
          Y ahí estaba la clave. No es que sintiera nada en particular —o al menos nada que pudiera nombrar—, pero algo en la mera posibilidad de verlo desmoronarse bajo la incomodidad lo impulsó a aceptar. Tal vez curiosidad, tal vez simple hábito de observar lo ajeno. Sea como fuere, se descubrió preparándose para asistir a un evento que, en otras circunstancias, habría catalogado como una pérdida de tiempo monumental.
          
          En ese instante, Ninkyō experimentaba —o al menos eso suponía, porque identificar lo que sentía siempre era un asunto difuso— una especie de remordimiento envuelto en terror mal disimulado. Aquella casa debía ser el escenario del pánico ajeno, no el suyo. Su papel original era claro: observador sereno, testigo de los gritos ajenos, quizás incluso un poco divertido ante la desgracia de Narcissò. Pero claro, el cosmos —ese bromista de pésimo gusto— decidió torcerle el guion.

parasi-te

───ㅤ ...vamonos ㅤ───murmuró mientras salía del espacio y prácticamente empezaba a arrastrar a su amiga, la cual con suerte y pudo gritar en agradecimiento a las otras dos personas que iban con ella.
            
            Y justo cuando creyó que podría empezar a relajarse, Cheryl habló de vuelta: "oye, el hombre que estaba contigo... se parece al que se te declaró en el bar". Eso le hizo acelerar el paso y sus pisadas se volvieron más fuertes. Era suficiente por hoy.
            ㅤㅤㅤㅤ섣랑    .ㅤ @t-ouche ¡¡
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parasi-te

Los minutos siguieron transcurriendo mientras se quedaba sin mensajes cuales leer, hasta que llegaron nuevos, pertenecientes a su amiga esta vez:
            «Ya estoy cerca, creo»
            «Pero solo me dejaron pasar a mi»
            
            Bien, al menos no tendría que lidiar con que algún otro de sus compañeros lo viera en tal situación. No dudaba para nada que la chica les hubiese contado: pero una cosa es escucharlo y otra cosa es que lo vieran por su propia cuenta para burlarse de él. Ya tenía suficiente con las variadas cosas vergonzosas que le pasó frente a ellos y ahora las usan para mofarse de él.
            
            Y luego llegó otro mensaje cual le hizo arquear una ceja por mera inercia: «Por cierto, vengo acompañada de otras dos personas». ¿Serían acaso trabajadores? Ya que no encuentra otra explicación a aquello. No importa, solo tocaba ser paciente ahora y aguantar la sensación pesada del ambiente por otros cuantos minutos.
            
            No fue demasiado tiempo gracias a cualquier divinidad que le haya guardado un poco de piedad a su situación. El ruido afuera lo hizo enderezarse por instinto, acto seguido se vió ─nuevamente─ cegado cuando aquella puerta se abrió y lo primero que lo recibió fue la luz de la linterna de un celular. Tuvo que tapar sus ojos con sus manos para lograr acostumbrarse de nuevo a una iluminación.
            
            "Al fin te encuentro" la voz de Cheryl se hizo presente bastante rápido seguida de un suspiro. Un suspiro que denotaba el cansancio de seguramente buscarlo por un buen tiempo. Eso lo hizo sentir ligeramente culpable.
            
            Y, tal cual había dicho la anteriormente mencionada, había otras dos personas a su lado, aunque parecían más enfocadas en el hombre a su lado. Del cual por un momento había olvidado que seguía ahí y que era la principal razón de su estado tan tenso. Si ya se había calmado, entonces nuevamente varios de sus músculos se volvieron a tensar.
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Su mirada no estaba quieta, sus iris se movían de un lado a otro en la oscuridad como si eso fuese a calmar todo en su entorno: para su grata sorpresa ─no realmente─ no funcionó. El ambiente por cada minuto que pasaba se volvía más incómodo, la espera se volvía eterna, pareciese que entre más deseara salir, más se tardaría su compañera en llegar.
            
            ¿Qué podía al menos hacer en ese momento de espera? ¿Ver el chat de Cheryl para fingir que está haciendo algo? Es demasiada estúpida la idea, pero es la única que se le ocurre para alejarse aún más ─metafóricamente─ del momento, de dejar de pensar en ello. Tal vez si lo hacía el tiempo estaría a su favor para empezar a transcurrir aún más rápido de lo que normalmente iba.
            
            Y lo hizo. Volvió a encender el celular para fingir estar haciendo algo.
            
            Pensó seriamente en escribirle a alguien, en preguntarle a su compañera si ya mero llegaba ó simplemente escribir alguna respuesta a uno de los tantos chats sin leer que tiene esparcidos. No hizo ninguna de sus propias opciones, en vez de eso, entró al grupo donde inicialmente empezó todo esto de la salida, yendo hasta mero arriba ya que, en su momento, ni siquiera leyó por completo todo.
            
            No vió nada interesante en ellos.. algo así, ya que era una tortura mental por el solo hecho de que sus colegas tenían planeado otros lugares para ir y Cheryl fue la que sugirió ir a aquella casa del terror por verla en una publicación aleatoria de alguien de sus conocidos. ¿Quién iba a pensar que esa decisión conllevaría a terminar de este modo?
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ㅤㅤㅤعے㍘︵ㅤ ㅤ Sus orbes se deslizaron con escrutinio casi quirúrgico por las afueras del bar, dudando si adentrarse de nuevo tras aquel incidente donde, de manera paradójica, había "sustraído" y a la vez había sido "despojado". Su billetera jamás reapareció y una irritación difusa, líquida y silenciosa, se filtró por su interior, incapaz de traducirse en gesto alguno; un desasosiego que lo acompañaba como sombra insolente.
          
          Pero bueno, ya se hallaba en el lugar, sorprendentemente decidido, y ¿quién podía dictarle que no se permitiera el leve privilegio de beber, aun consciente de lo difusa que era su memoria?
          
          Sin más preámbulos, avanzó con pasos firmes, manteniendo una elegancia natural que parecía inherente a su porte. En su mente había ensayado aquel escenario: entrar al bar y ofrecer sumas absurdas como disculpa, un gesto casi mecánico de resarcimiento. Sin embargo, algo distinto surgía ahora; un interés frío y curioso lo impulsaba, una especulación sobre si el hombre que lo había tratado con arisca rudeza aún se encontraría allí, con el mismo humor —o quizá uno más áspero— esperando tras su semblante.
          
          Era, ciertamente, una sensación inédita, apenas perceptible, y sus labios se estiraron muy ligeramente antes de borrarla al cruzar el umbral del bar. Recorrió el lugar con mirada analítica: vacío en su mayor parte, aunque salpicado de figuras de aspecto dudoso. Su atención, sin embargo, se fijó en el de hebras beige. Ignoró el súbito vuelco en su pecho —posiblemente taquicardia, nada más—; lo que realmente le interesaba era el estímulo que lo había provocado, esa presencia específica que perturbaba su habitual ecuanimidad.

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Sus pies se deslizaron con un intento torpe de elegancia hacia la puerta entreabierta, mientras su mente, todavía mareada, tejía un sinfín de movimientos futuros para acercarse a aquel hombre. Pero antes de atravesar el umbral, giró sobre sí mismo con rapidez felina y atrapó la mano ajena. Con un gesto ágil, se inclinó y depositó un beso fugaz sobre la piel, tan breve como eléctrico, dejando un rastro de intenciones sin pronunciar.
            
            Sonrió con pereza y satisfacción, como quien ya se siente vencedor, mientras se apartaba de aquel ser que acababa de designar como su nuevo desafío del año. Echó una última mirada atrás antes de perderse entre la multitud, que ahora parecía haberse densificado aún más, amontonándose como un río inmóvil de cuerpos y murmullos.
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Ninkyō jamás, en sus veinticinco años, había conocido la palabra derrota. Oh, no. Para alguien nacido en una familia ambiciosa y prestigiosa, donde la grandeza se medía por la capacidad de aplastar a cualquiera —incluso a los propios lazos de sangre—, perder era un insulto imperdonable, una prueba de ineptitud que no merecía ni la más mínima atención.
            
            Era irónico que él, alguien que jamás había sabido cómo nombrar sus propias emociones, hubiera sido señalado como un proyecto fallido. Un ser que, al nacer, había tenido un valor extraordinario: único varón y a la vez hijo único, fruto de las dificultades de su madre para traerlo al mundo. Pero ese valor, antes tan elevado, se desplomó hasta la nada debido a su incapacidad para comprender lo que sentía.
            
            ──Hah...── soltó algo que apenas podía llamarse carcajada, vacilante y quebradiza, pero saturada de un torrente de emoción que parecía querer desgarrarle el pecho.
            ──No me importa lo que pienses ni lo que digas.── murmuró, dejando que la insolencia se enredara en cada palabra. Su mirada se clavó con una determinación fría, y no pudo evitar preguntarse qué tendría que hacer para que aquel hombre tomara en serio sus palabras.
            ──Te desposaré, quieras o no── agregó, con un deje de sonrisa torcida que rozaba lo desafiante. ──Aunque me cueste una década entera, nada ni nadie podrá arrebatarme lo que deseo.── finalizó, dejando que su certeza flotara en el aire, pesada y casi tangible, como un juramento imposible de romper.
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ㅤㅤㅤعے㍘︵ㅤ ㅤ Con la cabeza —forzada por un impulso torpe— apenas inclinada, empezó a percibir un peso inédito, súbito, demasiado denso para sostenerlo solo con el cuello. Era como si el aire mismo se hubiese vuelto espeso, casi líquido, y su lucidez, ya vacilante, se desmoronara bajo su propio pulso.
            
            Un murmullo reverberó entre su oído y la embriaguez de su mente, como un eco de mil voces que —nacidas de una sola— se licuaban lentamente en el fondo de su razón deshecha. El suelo pareció mecerse bajo sus pies con el ritmo cansado de un oleaje distante. Cautivo del vértigo, apenas percibía la frontera entre su carne y la neblina que lo reclamaba. En su pecho palpitó un temblor desordenado, un revoltijo de anhelo, mareo y alcohol que acabó por torcerle los labios en una sonrisa vacía.
            
            Aun cuando de la boca de aquel ser —a medias divino, a medias cruel— escaparon cuchillas de voz disfrazadas de dulzura, su sonrisa no se borró; se amplió, temblorosa, como si en cada palabra hallara un placer incomprensible.
            
            Bien, sus progenitores siempre le habían inculcado que todo aquello que valiera la pena exigiría siempre sudor y lágrimas —una advertencia casi cruel para oídos tan jóvenes en su momento—. Y aun ahora, con la mente trastornada por el mareo, algún rincón sobrio de su pensamiento se las ingenió para interpretar el caos como un reto. Una prueba más que la vida, caprichosa, había decidido arrojarle justo en el instante menos conveniente.
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      / le hago el amor & lo preño para que
                jamás me deje !!

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estoy condenado
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nací por ninzyan y moriré por ninzyan.
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prometo hacerte reír y respetarte cada día de tu vida, te atesorare como el mayor tesoro de tda mi fokin lauf
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