Estuve con él, una hora, treinta y dos minutos. El tiempo pasó lento, lo sentí tan dolorosamente lento.
Estuve con él, en su auto. Me besó, besos y besos. Abrazos, y luego se quebró.
No podemos estar juntos, no, claro que no. Y nos duele. Más a él que a mí. Duele.
Murmuraba: “Me muero de amor por tí”, yo también, le quise decir. Pero no pude.
Estuve acariciando su espalda, tratando de tranquilizarlo. Pero no había tranquilidad. Eso no existe. No con nosotros.
No podemos, pero nos estamos muriendo por no estar juntos.
Nunca tuvimos sexo. Nunca hubo más que besos, abrazos. Y el humo del cigarrillo compartido.
Sus labios, pasando el humo a los míos. Eso fue incluso más íntimo que pensar en tener sexo.
Pero no podemos.
Sus hijos lo esperaban en casa. Su ex-esposa estaba llamándolo. No podemos.
Pero cuando nos encerramos en su auto, con el humo de los cigarrillos y los besos. Nada existe. Nadie puede decirnos que no.
Pero tengo que salir de ahí.
Y no quiero.
Por primera vez, siento que tengo algo por lo que pelear, por lo que vivir aún. Lo siento.
Nos amamos. Lo sé.