entre todo aquello que habría podido ejecutar, jamás figuró —ni como error ni como posibilidad— traicionar sus propios principios. y sin embargo, el tedio… ese huésped mudo que se instala sin permiso, era la única grieta por donde lo improbable se volvía tentador. porque cualquiera, al borde del hastío, termina cediendo a lo nimio: vagar sin rumbo, hojear páginas sin memoria, trazar líneas sin propósito. distracciones torpes, casi insultantes para alguien como él.eran actos tan elementales, tan desprovistos de filo, que le resultaban insoportables. incluso el riesgo —si estaba bien sazonado— ofrecía un destello más digno que aquellas rutinas vacías. necesitaba algo que pulsara, que latiera con urgencia. y su goce… si es que podía llamarse así… era brutal en su sencillez: arrebatar la vida, no había deleite más puro, según su torcida noción de equilibrio, que observar cómo un cuerpo se apagaba lentamente, cómo la fuerza se disolvía en una rendición progresiva, casi íntima. no era solo matar por impulso; eso sería vulgar. todo juego exige tensión, una cuerda tirante que amenace con romperse en cualquier instante.
ahí entraban las apuestas. ese teatro miserable donde alguien es capaz de empeñar hasta el último resto de sí mismo por un puñado de monedas. la dignidad primero, luego los objetos… y, cuando no queda nada, la propia existencia. y ahí, justo ahí, residía el espectáculo: contemplar la caída, la súplica silenciosa, la desesperación que se arrastra buscando una última victoria imposible. y al final, un estallido seco. ¡kabum! una bala cruzando la frente, abriéndose paso entre la carne y la sangre como un veredicto irrevocable. no era un simple juego de azar; era una ruleta donde la pérdida siempre encontraba su turno. su preferido.