Era un ciclo interminable, sin principio ni final. Su alma lo sabía, lo había aprendido con resignación: era su destino repetirse, una y otra vez, sin descanso. No podía estrechar entre sus manos nada más que aquella muerte helada, que, con ironía cruel, lo aguardaba siempre con los brazos abiertos. Una paradoja amarga, pues aquella figura implacable, en apariencia fría, se mostraba ante él como lo más cálido,
lo más suave, lo más increíblemente acogedor… su única fortuna en medio de la condena.
Y no, no sentía miedo. Morir y volver a vivir se habían convertido en un hábito inevitable, un juego en el que su propia alma se ofrecía como pieza, aun cuando supiera que era pecado. Era su único refugio, la única certeza que le quedaba, la única llama que podía sostener a voluntad, la única sombra que podía abrazar… ¿querer? Tal vez no, tal vez jamás. Pero tampoco debía dudar: su Dios, ese amor divino y absoluto, ese único amor que conocía, era lo que lo mantenía firme sobre la tierra. Probablemente lo único que lo hacía resistir.
Y aun así, aunque lo aceptaba, aunque se alimentaba de ese amor tan vasto, tan digno, tan sobrecogedor, él, un simple pecador, se hallaba agotado. Sí, cansado.
Al principio creyó que era su cuerpo el que se rendía al peso del tiempo, pero cuando se permitió un respiro, ese instante mínimo en que sus pies tocaron el suelo y descansaron, algo distinto sucedió. Su mente comenzó a oscurecerse, a llenarse de brumas espesas e incomprensibles. No lo entendía… ¿Por qué le ardían los ojos?
¿Por qué su visión se tornaba un campo nebuloso, deformado? ¿Por qué sentía las mejillas húmedas, los labios temblorosos, las manos inseguras, el cuerpo convulso?
Cada parte de sí respondía con espasmos a preguntas que nadie podía responder. Ni Dios, ni el amor divino, ni la identidad que lo sostenía eran capaces de explicarle lo que sucedía en ese momento.