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OCTUBRE
Desde que el Catálogo de Selección fue anunciado, mi hermano ha estado bastante tenso y por ello he tenido que soportar el acompañarlo a la iglesia cada tarde. No me deja tener tiempo a solas, quiere estar conmigo durante todo el día porque teme que yo iré a entregar mi muestra.
Si tuviera la valentía necesaria, me atreviera a desafiarlo.
Hago caso omiso de los susurros que envuelven a la melodía que practico a través de las notas del violín. Mi enfoque se arraiga a la partitura que he memorizado durante las últimas semanas y hago un esfuerzo para que mis dedos no pierdan el ritmo que llevan sobre las cuerdas y el arco.
La noche anterior practiqué hasta que mis manos terminaron entumecidas, no puede ser posible que en este momento yo actúe como si careciera de experiencia. Sé que puedo ir al ritmo con el violonchelo y el piano, las notas musicales las recuerdo y hago pequeñas pausas para que el resto de los instrumentos armonicen.
—¿Crees que quieran ocultar su embarazo?
Gruño al oír esos malditos murmullos que se cuelan con facilidad por toda la sala, cada una de esas voces provoca que yo sienta una punzada de dolor en mi cabeza y me orillan a sentir esa maldita ansía de querer huir. De pronto, me siento atrapada y encadenada al violín.
—No lo sé... ¿Qué hombre quisiera criar a un niño que no es suyo?
—Es una fácil, pero ¿cómo no lo vieron venir? ¡Por los santos! Ha estado comprometida tres veces, por supuesto que esos hombres la usaron a su gusto.
Hay risas de por medio, lo cual me provoca un desagradable escalofrío. Tiemblo y me indigno al mismo tiempo.
—Si no fuese por su familia, sería tan corriente y vulgar como una meretriz.
—Es una cualquiera, sé de buena fuente que ella va y se acuesta con su hermano quien le ha prometido dinero y grandeza.
Cuando debo de tomar un ritmo lento, mis dedos fallan y el arco se desliza sobre las cuerdas incorrectas. La melodía acaba arruinada por mi culpa y como yo detengo cada uno de mis movimientos, todo el salón sucumbe ante un silencio que le resulta cómodo a pocos.
Mi respiración permanece agitada, tanto así, que es bastante audible la manera en que inhalo y exhalo.
Mi mirada está a nada de cristalizarse, pero al reconocer que a mis compañeras se deleitarán en mis lágrimas, limpio mi rostro y endurezco mi expresión. Cada día tengo suficiente de sus rumores y sus palabras crueles, yo no soy nada de lo que ellas dicen.
—Si necesitas hablar conmigo, Syera, dímelo. Te aseguro que una conversación será más cómoda que esos murmullos que compartes con tus amigas —espeto con enojo evidente y señalo a cada una con la cabeza—. No soy sorda, escucho a Cecily y a Nerissa desde aquí.