Albores del tiempo de los Hombres.

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Albores del tiempo de los Hombres.

por

So Blonde

Segundo de marzo de Cuarta Edad del Sol:

Dicen los sabios que hay momentos en la vida de un hombre que dejan una señal en su existencia. Son marcas en la madera, hitos en el camino, muescas en la hoja de un hacha de artesano enano.

Los valerosos caballeros de Rohan afirman que uno de esos momentos es cuando reciben por primera vez una montura propia a la que fundirse en cuerpo y espíritu, para encontrar así la libertad y la fuerza que, hasta ese momento, sólo estaba completa en parte en sus indómitos corazones.

Los soldados gondorianos juran que es cuando el acero amigo se posa en sus  hombros en el espaldarazo que acompañan con juramentos de lealtad hacia el Árbol Blanco, que notan cómo en su fluir vital se produce esa marca indeleble que les llena de orgullo y da un significado a los días que han visto y verán.

Yo, en cambio, soy un hombre sencillo y nunca he vivido estos ritos de honor y privilegios, de deberes y obligaciones. Pero hoy, ante la tumba de mi esposa Salendi, a la que amé por cincuenta años siendo correspondido, puedo decir que siento en mi alma cómo las lágrimas y la soledad dejan, no una señal ligera de recuerdo, sino un profundo tajo que se me antoja el último golpe del ebanista antes de que este ponga su firma a la madera que sustenta el combustible para una pira de exequias.

Soy Hale, hijo de Hama. Mi casta proviene del legado del recordado Araphant, el llamado;  Rey de Todos

Soy Hale, hijo de Hama, conocido como El Manco, nacido y crecido bajo las murallas de la gloriosa Minas Tirith, construida por Finrod Felagund, el del arpa.

Soy Hale, el campesino, ahora el viudo de Salendi, la de alegre risa, que no deja descendencia.

Esta es mi historia.

Mi nacimiento aconteció en el octavo año del tercer milenio  de la  Edad de los Anillos de Poder, bajo el  mandato del senescal Denethor II de Gondor, quien regía con mano firme y justo talante las vidas de mis progenitores, Hamma, hijo de Daring y Myla, de la sangre de los Edain. Ambos habían visto por primera vez el sol en estas tierras y allí lo dejarían de contemplar para siempre, sin haberse alejado jamás más de una jornada de viaje de la sombra de la ciudad del Árbol Blanco, símbolo y orgullo de los antiguos reyes de los hombres.

Mi padre era un buen individuo, de sus mayores había aprendido a trabajar la tierra y de ella sacaba el sustento para su familia, de la que yo era el quinto miembro, tras mi hermano Darren y mi hermana Siva, al tiempo que cumplía con los impuestos propios y debidos a la casa regente.

Si bien los descendientes de Húrin, elegidos con sabiduría por el destino para salvaguardar el trono de los hijos de Elendil hasta el regreso del rey, eran justos en sus decisiones y eficaz su mando, para mi padre existía un soberano más poderoso al cual debía pleitesía por ser su capricho el que decidía qué hervir en el puchero: la tierra.

Desde el canto del gallo al del grillo, mi mayor trabajaba en las tres medidas de terreno que, por ser siervo y hombre libre, podía explotar, alternando el cultivo de cereales con el de una pequeña huerta de hortalizas que era la que nos alimentaba a diario la mayor de las veces; sólo se acompañaban sus frutos, muy de vez en cuando, con una tajada de carne de ternera o de buey, algún pajarillo cazado con honda, o una libre poco atenta al lazo.

No existían lujos en nuestra mesa, pero en pocas ocasiones esta  quedó huérfana de viandas, y nunca  el nombre de los míos apareció como deudor en la lista de impuestos de los recaudadores del senescal.

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⏰ Última actualización: Mar 04, 2015 ⏰

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