Jungkook nació para ser un alfa. Jimin era el chico torpe que nunca encajó y sus gafas eran su mejor compañía. Un rechazo cruel parecía ser el final de su historia, hasta que la biología decidió reescribirla.
Con los roles invertidos -un alfa puro q...
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El timbre de la escuela anunció el fin de las clases y Jimin salió corriendo de su salón. Tenía las manos sudadas y el pecho le subía y bajaba rápido, mientras intentaba no caerse o enredarse con sus propios pies; sentía una fuerza que lo empujaba, una valentía chiquita que nunca antes había sentido, pero que debía tomarla.
Debía ser valiente y arriesgarse.
Se acomodó los lentes redondos y corrió hasta el pasillo de los casilleros, esperando ver ese cabello castaño que tanto le gustaba.
Cuando Jungkook apareció, Jimin se quedó sin aliento. Jungkook siempre caminaba como si fuera el dueño del patio, con el ceño fruncido y paso firme que era imposible no verlo como tonto. Jimin, con el corazón en la garganta, se puso frente a él antes de que pudiera irse.
—Jun-jungkook... ¿Po-podemos hablar? —susurró, escondiendo las manos tras la espalda.
Jungkook se detuvo en seco. Miró al niño frente a él con una mueca de fastidio y desagrado. Le molestaba todo de ese niño: sus chalecos de lana, sus lentes grandes y, sobre todo, esa voz suave que parecía de alguien mucho más pequeño. Cerró su casillero con un golpe metálico que hizo que el más bajito diera un saltito del susto.
—¿Qué quieres? —soltó Jungkook, molesto.
Jimin tragó saliva, sintiéndose más diminuto que de costumbre bajo la mirada gris de Jeon. Con dedos temblorosos, sacó una cajita de su bolsillo. Al abrirla, mostró una cadena con un dije de atrapasueños que brillaba bajo las luces del pasillo.
—Yo... te quiero mucho —logró decir, aunque las palabras tropezaban en su boca como un nudo en su lengua—. Siempre me has gustado, Jungkook. ¿Podríamos salir a la hora de descanso?
El silencio fue horrible y eterno. Otros niños se detuvieron a mirar apenas las palabras salieron de su boca, empezando a cuchichear con burla la escena. Jungkook miró el regalo como si fuera un bicho asqueroso. Sintiendo todas las miradas sobre él.
—¿Estás loco, parásito? —la voz de Jungkook sonó llena de un desprecio impropio de su edad—. Yo jamás saldría con alguien como tú. Eres un debilucho.
Jimin sintió que el mundo se hacía pequeño. Sus ojitos empezaron a brillar por las lágrimas, pero no quería rendirse. Jungkook intentó caminar para irse, pero Jimin lo tomó de la manga de su suéter, más como reflejo que la escasa valentía que se iba esfumando.
—¿Por qué no? —preguntó con un hilo de voz.
—¡No me toques! —gritó Jungkook, empujándolo con tanta fuerza que Jimin cayó sentado al suelo. Sus lentes volaron un par de metros y su visión se volvió borrosa acompañado de sus lagrimas acumuladas—¡Jamás querría a alguien tan inferior! Mi papá dice que los niños como tú solo sirven para ser omegas tontos. ¡No quiero que se me pegue lo perdedor!
Jimin sintió un ardor insoportable en el pecho, como si algo se estuviera rompiendo por dentro. No eran solo las manos raspadas, era un fuego que le recorría la piel.
—¡Hazle un favor a todos y vete a otro planeta! Aquí nadie te quiere —sentenció Jungkook.
Antes de marcharse, Jungkook vio la cajita en el suelo. Sin pensarlo, la pisó con su zapato, quebrando el dije por la mitad. El sonido del cristal rompiéndose fue lo último que Jimin escuchó antes de que las risas de los demás niños lo envolvieran.
Jimin se quedó ahí, en el piso, con la piel roja de la fiebre y el corazón hecho pedazos. Recogió los restos de su regalo con manos temblorosas, mientras veía la espalda de Jungkook, buscando una pizca de arrepentimiento, pero no la encontró. Jeon caminaba con la cabeza en alto, sin mirar atrás ni una sola vez. Alejándose cada vez más...alejándose de él y de su despreciado corazón.
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¡Hola, mis cachorros!
He decidido volver a mis raíces y actualizar mi primera historia. Mi meta es mejorarla y corregirla, manteniendo la esencia original pero con una narrativa mucho más madura.