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Capítulo 20. El recuento de los daños

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Omg, no sé como sentirme con estar de vuelta tantos años después jajaja.

Ya sé que les dije que esto se había terminado y que me mudaría a la luna y no volverían a saber nada de mí. Lo cierto es que ya terminé con la tortura llamada universidad y ahora tengo mucho tiempo libre para continuar con esta obra, con mi bebé. Tome la decisión de terminarla así, tal cual la escribí y, una vez que la terminé, ya haré una segunda edición.

Si no se acuerdan muy bien, les recomiendo releer el cap anterior. En este abordamos un poquito del pasado de la prota y lo que pasó con la familia de Levi (el incidente Ackerman).

¡Disfrútenlo mucho!

Los tres; Levi, Armin y yo, subimos por las escaleras con dirección al cuarto piso, flanqueados por los dos hombres trajeados

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Los tres; Levi, Armin y yo, subimos por las escaleras con dirección al cuarto piso, flanqueados por los dos hombres trajeados. Abrí la puerta del departamento sin muchos ánimos de entrar. Sabía que esos hombres habían venido buscando respuestas y era yo quien estaba obligada a dárselas, pero hubiese deseado que no fuera así. Yo entré por delante del resto y les invité a pasar con un ademán.

Mientras terminaba de acomodar los abrigos que acababan de dejar en el perchero de madera de la entrada, Ackerman los guió hasta los sofás de la sala y les ofreció algo de beber. No escuché lo que le dijeron, pero intuí que habían pedido café cuando Levi se metió en la cocina y llenó de agua la cafetera. Aproveché la oportunidad para ir detrás de él con el pretexto de ayudarle, cualquier cosa que retrasara el inevitable momento de las confesiones era mucho mejor.

—¿Necesitas ayuda?—pregunté.
—Gracias, _____, solo espero a que se caliente el agua —respondió sin volverse a mirarme.

Advertí algo diferente en su voz. Era algo similar a la angustia, demasiado cercano al miedo. Sus manos se sacudían en seísmos nerviosos mientras intentaba sostener dos tazas de porcelana blanca. Levi era un ser casi silencioso, de esos que no escuchas venir cuando se acercan por detrás, que no hacen ruido al caminar ni al subir escalones, de los que debes cerciorarte si aun respiran cuando duermen. Pero ahora podía escuchar su respiración entrecortada como un susurro en el oído. Me acerqué despacio hasta él y sostuve sus manos trémulas.

—Yo también me muero de nervios, ¿ves? —me quedé quieta con mis manos sobre las suyas, para que viera que yo también temblaba—. Pero ya estamos aquí, y si lo hacemos bien, más pronto veremos a tu madre.
—¿Crees que valga la pena? A veces creo que pierdo el tiempo. Siento que estoy cazando fantasmas, sobretodo porque lo más probable es que mi madre esté...
—No digas eso —le detuve antes de darle tiempo de siquiera imaginarlo—. Yo creo que lo sabrías, lo sentirías dentro de ti de alguna forma. Pero sé que aún habita ahí en el fondo una vocecilla que te pide que sigas, que no te rindas.
—¿Y si no fuera así?, ¿si estuviera equivocándome?
—Entonces, sea como sea que le encontremos, tendrías paz, y ambos podrán descansar.

Sus ojos se perdieron en algún punto en el fondo de las tazas. Yo aún le sostenía las manos. Cuando volvió en sí y alzó la mirada, asintió con delicadeza.

Un rayito de sol  |  Armin x LectoraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora