3

66 3 12
                                        

Philip

— Marina, ¿Puedes llevarme un poco de agua al living, por favor? — la pelirroja ascendió, y mientras tomaba sus carpetas oscuras abandonaba la habitación.

La cobija que cubre y calienta mi cama es muy acogedora, me quedaría horas tirado aquí. O simplemente en mi casa, viviría sin tener que salir de esta.

Me coloqué mi bata blanca luego de pararme ya que estoy sin ropa. Duermo desnudo, es una de las cosas más placenteras de la vida luego de practicar el sexo.

Voy bajando las escaleras hasta la planta baja, allí se encontraba mi familia. Todos los domingos vienen a mi casa a almorzar. Marina prepara algo grande y lo degustamos entre todos.

— Me imagino que tendrás algo ahí abajo — señala mi madre a mi entre pierna, sentada en el sofá de seda.

— ¿Quieres ver si tengo algo? — bromeé antes de finalizar la escalera. Ella se rió y siguió mirando su novela en el canal 10.

Me dirijo a ella y junto con dos besos la recibo en mi gran hogar.

— ¿Y? — Pregunté — ¿Qué opinas de la remodelación?

Giró hacia ambos lados, visualizando todo lo nuevo que le hicieron a mi casa.

— Esta muy hermosa, pero debo decir que el blanco de todas las paredes me provoca jaqueca — admitió mientras reía.

Hace unas semanas contrate a varias personas para que remodelen mi casa al cien porciento. No me gustaba para nada el color que traían, mucho menos que no tenga piscina.

Esta casa —si es que se le puede llamar casa— tenía que estar lista antes de que ella llegue.

— ¿Viste eso? — señale al ventanal grande que separaba el living con el patio —. La piscina se agrando, ahí llevaré chicas.

O chicos.

Mi madre se me quedo mirando como si llevara una mancha en los dientes o algo por el estilo. Giro un poco la cabeza y me comunicó:

— No puedes traer a ninguna de tus chicas aquí cuando ella llegue — bufé.

Ella era mi excepción.

— No me digas que hacer — literalmente no quería que me de órdenes, solo necesitaba un poco de espacio. Vivir con ella en su casa era un infierno —. Nos meteremos desnudos, si quieres te envío una foto.

Mi madre me empujó levemente, incluida con su risa diaria. Ella es la mujer de mi vida, es muy carismática y demasiado sincera para mi gusto. Simplemente gracias a ella y el legado de mi abuela pude tener la pedazo de casa que tengo hoy en día, junto con siete habitaciones y baños en cada una de ellas, sin olvidar la piscina y cocina gigantes.

Con 41 años estoy más que agradecido.

— Hablando de chicas, ¿Ya enviaste la carta?

— Sí, hoy en la mañana. Tengo muchas ganas de conocerla.

Obvio no tenía idea quien era y por eso quería conocerla. Había oído hablar de ella.

Por otra parte, solamente necesitaba quitarme las ganas con ella, tratar de enamorarla aunque no quisiese y ser su sueño mojado de todas las noches. Como a todas las de mi ciudad.

Amalia Gómez, veintidós años, nacida en Texas y amante de los helados. Lo sé todo de ella, la conocí por su padre, Alonzo. Él y mi madre eran ex-empleados de una misma empresa. Mamá me dijo que Alonzo estaba en muy malas condiciones económicas y que si podía ayudarlo.

Hasta Que Tú Muerte Nos Separe Donde viven las historias. Descúbrelo ahora