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Me levanté sobresaltada de la cama cubierta en sudor. No podía parar de tener ésa pesadilla. Y con lo poco que poseía de memoria no sabía si se trataba de un hecho vivido o de una simple invención de mi aturullada cabeza. Eso era lo que más me frustraba.

Guie mi adormilado cuerpo hacia la cocina para servirme un vaso de agua. Me relajé cuando el líquido pasó por mi seca garganta y conseguí tragar con normalidad.

Necesitaba salir de ésta prisión que se hacía llamar piso...Ir a hacer un visita a Ellay no me vendría mal. Encima le intentaría presionar aún más para conseguir el dichoso libro.

Dicho y hecho, me enfundé en unos vaqueros, me puse una camiseta de manga corta y cogí mi chaqueta de cuero negra y mi bolso. Salí cerrando la puerta a mis espaldas y cogiendo aire.

―Ahora sólo falta que él me deje ir...

Veintitrés escalones exactamente hasta el pequeño espacio que precedía otra línea de escaleras hacia la puerta que daba a la calle. Pero me paré sabiendo que no podía bajar esos treinta últimos escalones sin entrar en la habitación que se situaba a mi derecha.

Me quedé observando la puerta metálica. Gris y fría.

―Es sólo ir a ver a Ellay. Seguro que te deja ―me animé a mí misma.

Llamé tímidamente y luego propicié otros dos golpes algo más segura. La puerta hico un clic y pude empujar el manillar hacia abajo para abrirla. Él estaba allí.

El cuarto estaba lleno de aparatos informáticos y se oía permanentemente los motores de éstos, resultando el sonido natural de la estancia que a veces estaban acompañados de repiqueteos veloces sobre un viejo teclado o el crujido de la comida al ser devorada por Roosie, junto con sus maullidos carentes de maldad.

A la derecha una cama sin hacer y a sus pies una pequeña nevera. Era un zulo. Pero nunca me he atrevido a preguntarle el porqué de que viviera así. De todas formas mi vida es una lista interminable de por qués que me muero por resolver, pero ya estoy más que acostumbrada a ser la única que no tiene respuestas.

―Voy a salir ―con el tiempo he aprendido que es más efectivo informar de mis intenciones como acción que ya voy a realizar, que preguntar si puedo hacerlo o no―. A la librería.

Él sabía que era a la librería de siempre. Me daba la espalda, su cuerpo encorvado cubierto en oscuridad. No sé cómo es su cara o lo alto qué es, todos éstos siete años que he vivido con él -desde que tenía doce- nuestro único contacto, si es que se puede llamar así, han sido mis visitas a su zulo. Que ya tenía más que automatizadas.

Para recoger mis pastillas, cuando se me terminaban. Para entregarle mis exámenes periódicos de sangre. Y para mi paga semanal.

Hace tiempo que me dejé de preocupar del para qué de todo aquello. Me limité a vivir con esas condiciones. Tampoco es que me molestasen.

―Son las nueve y media ―dijo―. A las doce aquí.

Lo sabía. Ayer me terminé el paquete de las pastillas. Fue final de mes, hoy ya era uno de Noviembre de 2019 y tendría que regresar para que me las diera y así volver a estar todo el mes cubierta. Recordé:

Tres al día: 12, 4, 8. No lo olvides.

Y no lo hacía. Nunca. No después del último incidente.

Noté como algo se restregaba por mis piernas y sonreí débilmente al encontrarme con mi gata, Roosie.

―Hola preciosa ―me agaché para pasar mi mano por su suave pelaje. Ella arqueó su espalda al notar mi tacto. Pero pronto paré, me incorporé y dirigí mis pies hacia la salida. No me apetecía ni despedirme. El simple hecho de estar en ésa diminuta habitación me ahogaba.

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⏰ Última actualización: Jul 29, 2016 ⏰

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