Jungkook
Siempre agradecí a mis padres por todo lo que habían hecho por mí.
No son mis padres biológicos en sí, pero todo el amor y oportunidades que me ofrecieron sin exigir nada a cambio hizo que mi visión de todo tornara de otro color.
Nunca me escondieron mi pasado ni mis padres 'reales'. Fueron dos adolescentes descuidados que llegaron a la conclusión de que, tras nacer yo, me dejarían a la puerta de algún orfanato cualquiera.
Pero ellos en sí no son importantes.
Mi padre adoptivo es Wonji. Con 41 años, nació y vivió en Corea del Sur toda su infancia y la mitad de su adolescencia. Siempre fue una persona muy trabajadora, cuidadosa e inteligente. Con unas de las mejores notas de su promoción, le ofrecieron una beca de estudiar en el extranjero. Lo aceptó, matriculándose en Ingeniería Informática, en la Universidad Tecnológica de Massachusetts o mejor conocida como MIT. Cursó todos los años con mucha pasión por el tema, estudiando cada día, concentrado en conseguir el título y un buen trabajo.
Cerca de la residencia de estudiantes en la que vivía Wonji, había una cafetería de paredes de piedra y un tejado a dos aguas de un color claro. Tenía grandes ventanales donde la luz natural entraba la mayor parte del día y en los que se podía ver a los transeúntes en la calle, corriendo a algún sitio, caminando relajados o tumbados encima del césped del parque que estaba ubicado justo al lado.
La cafetería 'Las delicias de Mary' tenía mucha historia. Mary Linn, hija de un panadero y una ama de casa, soñaba con vender sus propios dulces, tener una tienda a la que llamar suya y donde habría clientes que entrarían todos los días; ella se aprendería los nombres de aquellos clientes habituales y ellos le pedirían 'lo de siempre'. Con mucho esfuerzo y lágrimas lo consiguió. Dejó su local en herencia a su hijo y éste, en un futuro, se lo dio a su hija mayor, Abi. La más pequeña era Daisy, la cual trabajaba como empleada a tiempo parcial para ayudar en el negocio familiar mientras su padre y su hermana trabajaban codo con codo para que Abi pudiese hacer frente a todo lo relacionado con la tienda cuando estuviese a su total control.
Daisy, sin embargo, aún estaba comenzando en la Universidad, concretamente Literatura Inglesa. Había terminado los estudios medios con buenas notas. En sí, no necesitaba una calificación muy elevada para poder aplicar a la carrera que deseaba, pero ella era una persona que le gustaba estudiar. Le resultaba placentero adentrarse en los libros y sumergirse hasta las tantas. Ansiaba por nuevos conocimientos y poder dominar todo lo que pudiese. Sus padres siempre bromeaban con ella cómo el primer día de escuela lloró por tener que separarse de ellos e ir sola y, cuando fueron a recogerla, salió llorando porque no quería irse del colegio.
Nunca le avergonzó ser una persona estudiosa, ni quiso cambiar para ser 'popular'. Tenía una belleza envidiable, con unos rasgos dulces y suaves, el pelo del color de la miel y unos ojos enormes, castaños. Solía siempre hacerse coletas para que no le fuese molesto estudiar o leer. A las noches siempre hacía una rutina aplicándose cremas y mascarillas, sin ser algo excesivo, pero era 'su tiempo', cosa que a día de hoy aún sigue haciendo. Debido a tal mimo y cuidado, siempre lucía una piel lisa, aunque había a veces que asomaba algún que otro granito.
Aunque por fuera se mantenía distante, dentro suya se encontraba intacta y pequeña una niña que ansiaba por encontrar el amor verdadero, recibir cariño y dar un poco de todo lo que tenía por ofrecer. Daisy era una niña muy cariñosa, pero con el paso del tiempo fue escondiendo esa parte suya por miedo a que le dañasen. Ese miedo creció debido a las historias que le contaban sus amigas de corazones rotos y rechazos.
Un día soleado de primavera, mientras Daisy limpiaba diversas tazas sucias, Wonji entró en aquella cafetería. Era la primera vez que entraba, pero el café al que solía ir acababa de cerrar y se encontraba en un apuro, se había quedado sin sitio para poder estudiar. Abrió la puerta con mucha curiosidad. Al abrir, la campanita de llegada sonó sin mucha fuerza. Un fuerte olor a masa de galletas y magdalenas impregnó su nariz, calmándole en su interior. Amaba el dulce.
Buscó con la mirada un asiento libre. El edificio contaba con dos plantas. En la primera se encontraba el mostrador, una puerta cerrada que daba a la cocina y diversas mesas dispuestas a lo largo de toda la habitación. Al fondo se encontraban las escaleras. Divisó una mesa que no estaba ocupando nadie y se dirigió hacia ella.
Obviamente, para que esta historia tuviese algún tipo de sentido, la persona que le atendió ese día fue Diana. Se podría decir que fue amor a primera vista. A partir de ese momento fue hablar, conocerse el uno al otro y enamorarse. Comenzaron una relación con sus altos y bajos, pero siempre el uno al lado del otro al final de cada día.
Tras varios años de noviazgo y cada uno con un trabajo estable, se mudaron juntos y posteriormente se casaron en una boda íntima, con solo las personas más cercanas de cada uno. Estando alrededor de la treintena, tomaron la decisión de tener un hijo, un producto de su más puro amor, el cual sólo crecía con el paso de los días.
Desgraciadamente, tras muchos intentos sin resultados, profesionales del ámbito les comunicaron sobre la infertilidad de Diana, con unas probabilidades tan bajas de conseguir un embarazo que los dos decidieron abandonar la idea, pero con mucha pena.
Sopesaron únicamente dos opciones a partir de ese día. Primero pensaron en un embarazo de alquiler, pero no les convenció del todo a los dos. De segundo y última opción pensaron en adoptar. Y ahí aparezco yo en su historia.
Fue un proceso muy tedioso y lento, con visitas a su hogar y entrevistas personales a ambos para así la administración asegurarse por completo que era un ambiente seguro para el pequeño.
Conocí a ambos dos meses antes de cumplir 4 años. Les informaron que era un niño callado y muy poco propenso a mantener conversaciones fluidas con el resto de compañeros y personal del centro. Sin embargo, con Wonji y Diana fue una conexión natural y comenzó una muy bella relación padres-hijo.
Tres meses después me mandaron hacer las maletas y me metí en el coche con aquellas dos personas que a partir de ese momento denominaría como 'papá y mamá'. Me enseñaron una habitación para mí solo, con todo lo necesario y bien amueblada, de colores sencillos y suaves. A partir de ese momento, me dieron todo el cariño que podía desear y más, una educación en base a palabras amables y charlas de tono calmado para hacerme entrar en razón cuando desobedecía y hacía salir mi característica cabezonería.
Debido al trabajo de mi padre viajábamos bastante y nos mudábamos más de lo normal, pero gracias a ello adquirí conocimientos de muchas culturas, las cuales absorbía con curiosidad por todo lo nuevo que me rodeaba.
Y al final llegamos al día en que nos mudábamos a un barrio de Seúl, de gente bien, calles limpias y buena iluminación. Nos ayudaron durante la mudanza un par de señores con monos azules y con entradas profundas.
Mientras ordenaba mis cosas con parsimonia, escuché una voz desconocida en la planta de abajo y a mis padres agradeciendo. Paré con lo que estaba haciendo, curioso.
Tras bajar las escaleras, me llegó un reconfortante olor a bizcocho y vainilla. Supuse que venía de los vecinos de en frente. Vi por la ventana cómo mis padres hablaban con una mujer que parecía de 40 años. No quería ser maleducado, así que salí de la casa, a paso tranquilo, relajado.
-¡Tú debes de ser Jungkook! Yo soy Park Misa-me saludó aquella mujer con una bella y amable sonrisa. Le sonreí de vuelta.
-Sí, un gusto conocerla-respondí, con una pequeña reverencia en muestra de respeto.
-Tengo un hijo de tu edad, debería salir ahora... ¡Jimin!-exclamó, hacia la puerta abierta de la que supuse que era su casa.
Tras el grito y un 'ya voy' de una voz ligeramente aguda, salió un chico más bajo que yo, con un top sin mangas y una linda cereza estampada y unos jeans. Tenía el pelo rubio y un flequillo adorable le caía sobre los ojos. Le sonreí con mi mejor sonrisa.
-Buenas, ¿Jimin, verdad? Soy Jungkook.
Observé con diversión cómo no articuló ninguna palabra y simplemente se quedó mirándome con sorpresa.
'Esto va a ser divertido', pensé, sin borrar mi sonrisa.
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Boy Next Door || kookmin
FanfictionJimin creció en la Avenida 46 y, durante toda su vida, cada familia que se mudaba a la casa de al lado, nunca duraban más de un año. Tras ya 18 años de personas que iban y venían, Jimin no estaba precisamente encantado con la presencia de aquel enor...