Capítulo II

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"Ryan casi se rio. Difícilmente podría decirle a Jamie que cuando lo miraba, seguía rememorando sus espeluznantes fantasías o el modo en que la cara de Jamie

se veía luego de correrse. A veces odiaba su cerebro. Toda la semana, había intentado sacar esos extraños pensamientos de su mente, pero como alguien dijo una vez, una vez que se pensó algo, no podía ser des-pensado. No era como si de repente deseara a Jamie o quisiera que fuera una mujer. No lo hacía. Pero el hecho de que un simple cambio de género podría hacerle ver a Jamie de un modo diferente, lo ponía algo incómodo. Lo hacía replantearse cosas sobre sí mismo, su relación con Hannah, y su relación con Jamie.

Pero todo era hipotético. No importaba. No era como si repentinamente se sintiera distinto con Hannah. Él la amaba. Era todo lo que deseaba en una mujer. No tenía motivos para dudar de la profundidad de su relación. Especialmente porque tenía cosas mucho más importantes de las cuales preocuparse.

Ryan miró por sobre el hombro de Jamie a las luces de la ciudad fulgurando entre las nubes. Había pensado toda la semana en la situación de Jamie, pero sin importar cuán desesperadamente hubiera exprimido su cerebro buscando una solución, había llegado a la misma conclusión insatisfactoria y frustrante cada vez: no había solución. Él era el motivo de la miseria de Jamie, y no había absolutamente nada que pudiera hacer al respecto. Jamie seguiría siendo miserable -hasta que finalmente se cansara y se alejara.

La verdad de ello calaba en él, y los brazos de Ryan se apretaron en torno a Jamie. Algo agitaba sus entrañas, un miedo primitivo del tipo que nunca había sentido antes. Trató de reprimir el loco impulso de agarrar a Jamie y encerrarlo en un sitio seguro. Algún lugar al que sólo él tuviera acceso.

Sí. Seguro. Eso no era espeluznante para nada.

–Sí, me estoy volviendo loco, amigo –admitió en voz baja, enterrando el rostro en el cabello de Jamie–. Solo que no sobre lo que piensas –apoyó los labios en la nuca de Jamie, arrastrándolos sobre la suave piel de su mejilla.

Jamie se estremeció y se fundió contra él, volteando su cara hacia el contacto.

Ryan se quedó quieto. Maldita sea, la reacción de Jamie ante un contacto tan inocente era increíble. Pese a saber que Jamie lo quería de esa forma -Demonios, pese a haber tenido la corrida de Jamie cubriendo su mano hace una semana- todavía lo sorprendía cuan necesitado y maleable se volvía Jamie en sus manos. Era raro, pero halagador, se sentía errado y, sin embargo, aun así, empujaba esos extraños botones, retorcidos, que ni siquiera sabía que tenía.

Besó la comisura de la boca de Jamie. Un pequeño gemido escapó de los temblorosos labios de Jamie.

La puta madre.

Volteó a Jamie y lo miró.

Jodida Madre de Dios.

Jamie se veía... se veía como si hubiera sido besuqueado intensamente: sus pupilas dilatadas, sus pálidas mejillas sonrojadas, y los labios abiertos. La anhelante, hambrienta mirada que le dio a Ryan era francamente descarada y obscena -el tipo de mirada que tendría una puta antes de abrirse de piernas.

Ryan se quedó mirándolo.

Jamie cerró los ojos y respiró hondo.

–Yo... ¿Por qué lo hiciste? –dijo Jamie antes de abrir los ojos y mirar a Ryan.

Esa era una buena pregunta.

Detrás de ellos, la puerta se abrió.

–La cena está lista, chicos –dijo Sandra.

–Ya vamos –dijo Ryan, poniendo una mano en la espalda de Jamie y guiándolo hacia el interior.

Jamie le lanzó otra mirada fulminante.

Ryan HardawayDonde viven las historias. Descúbrelo ahora