PRÓLOGO

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Para llegar al parque cerca de su casa, Komaeda, que tenía diez años, debía recorrer un largo paso de cebra. Este camino no resultaba muy arduo de hacer, pero él, consciente de su naturaleza, sentía cobardía cada vez que lo tenía que cruzar. Una lluviosa mañana de otoño, Komaeda se detuvo súbitamente en medio del cruce peatonal. Un hombre de baja estatura y de aspecto rudo posó su hostil mirada sobre el niño. Aunque cotidianamente Komaeda era un muchacho valeroso, esta vez sintió miedo, y retrocedió.

Este movimiento decidió al hombre. Echó una ojeada a su alrededor y, acto seguido, con sus dos manos lo atrajo hacia sí. Komaeda sintió que era aprisionado por un olor a sudor y a fuerza. Una callosa mano lo cogió por el cuello. Komaeda intentó resistirse.
El extraño reía en silencio, malvadamente. Él, por otro lado, se había quedado inconsciente por la falta de oxígeno. El hombre iba a llevárselo, pero al ver que se aproximaba una distraída mujer por la acera, dejó al niño tendido sobre el cemento del suelo y se marchó velozmente.

La mujer encontró a Komaeda todavía caído en el suelo. Pensó que había resbalado. Komaeda también lo creyó así.

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