Levántate

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1:

Caminas por el corredor, Denji. No tienes algún motivo para correr, pues sabes que, a pesar del caos del exterior, ella no morirá. Tus pasos resuenan por todo el pasillo del edificio, mezclándose el retumbar de tu suela, que sube las escaleras, con los gritos que llegan de afuera a través de las ventanas abiertas. Son gritos que desgarran el alma de cualquiera que los escuche, gritos de miedo y pánico de víctimas que se saben muertas ante las estrepitosas motosierras que tienen por delante.

Entre todo el infernal griterío, te acercas a paso lento. Denji, no pienses en cosas negativas; sabes que tu querida amiga nunca te dejaría, pues ella es como un retoño que creció en medio del amor que proporcionaron tus brazos. Estas caricias son como un fármaco que ella no podría jamás dejar de tomar por la embriaguez que le produce en su alma. Aunque los otros te hayan dicho que son bestias sin remedio, tú sabes que se equivocan. Denji, tú sabes que los demonios pueden llegar a ser amigos de los humanos, o al menos amigos tuyos, amigos de Denji.

Llegas a la azotea del edificio y, finalmente, la encuentras, como sabías que ocurriría cuando no la encontraste abajo.

—Ahí estas Nayuta.

Ella no te responde, Denji. Estaba apoyada sobre el muro, observando toda la matanza y confusión que ocurría debajo. Miraba a las personas gritar y correr como dementes en medio de los autos, caer y golpearse unos contra otros en su intento de huida, mientras la sangre y los órganos se derramaban por la vereda y el asfalto al ser sus cuerpos despedazados.

—Nayuta, debemos irnos de aquí —repetiste con fuerza.

Finalmente, ella volteó a mirarte. Sangre bajaba por su boca cerrada, acompañada de un movimiento rítmico que ejecutaban sus labios y su mentón. Escuchaste el crujir de un hueso y el sonido que hizo su garganta al tragar. Denji, ¿es que acaso ella también le agarró el gusto a devorar carne humana? Abrió su boca y dentro, sus fauces mostraban ante ti la completa oscuridad. Tus ojos no podían dejar de escudriñar la negrura abisal, porque aquello era como un umbral que invitaba a tu cuerpo a entrar, y sentías como si pudieras ser capaz de adentrarte en ella y... Vino la luz.

—¡Denji! ¡Despierta! —Una cachetada sonó.

—Qué... ah... ¿qué demonios? —abrió sus párpados con prisa y luego se los frotó con ambas manos-, no me levantes así. Me duele. Diablos.

Cuando dejó de frotarse los ojos, Nayuta le dio sus motivos:

—Estabas balbuceando dormido. Te intenté levantar de buena manera, y no reaccionabas, así que no tuve otra opción. No te enfades.

Denji suspiró exasperado, giró su rostro a un lado. La tenue luz naranja entraba por la ventana metálica.

—¿Qué estabas soñando, Denji? —inquirió con curiosidad.

Él levantó su vista hacia el foco que colgaba sobre el techo, acomodó su cuello sobre la almohada para tener mayor comodidad y una vez satisfecho dijo:

—Estaba soñando que teníamos que encontrarnos en un edificio, se supone que me esperarías cerca de la entrada. Pero cuando llegué no estabas ahí, entonces empecé a buscarte por todo el lugar. Muchas personas gritaban y corrían porque afuera las mataban. Y finalmente te encontré arriba —se detuvo un momento, cayó en cuenta que olvidaba algo importante que ocurrió en su sueño, pero continuó—, y tú, cuando me miraste, supe que estabas comiendo a una persona —miró a Nayuta apenas dijo esto—, y luego abriste la boca y ahí terminó.

Se reflejaba neutralidad en el semblante de Nayuta, su narración pareció apenas resultarle sorprendente. Y, ante el silencio que les invadió, Denji estuvo dispuesto a ser el primero en romperlo. Diría una frase para menospreciar aquel sueño como una mera pesadilla tonta, y justo antes de que las palabras salieran de sus labios, Nayuta habló:

Sangre en el cielo Denji Donde viven las historias. Descúbrelo ahora