Una noche en vela en Manhattan... ¡con el hombre al que odiaba!
Una noche apasionante en Nueva York fue la mejor manera para que Nattawin
, un ejecutivo de una agencia de publicidad, se olvidara de su
ex. Además, como la pasó con Mile PhakPhum, riv...
–¿Hablas de mis privilegios? No hay privilegios cuando tus padres se beben o se fuman cada penique que reciben –él esbozó una sonrisa sombría y levantó la copa–. ¿Ves esto? Una copa nunca era suficiente para ninguno de mis padres. Si empezaban, no paraban –mile dejó la copa con un golpe– Y no me hagas hablar de las drogas.
Nattawin tragó el nudo que se le había formado en la garganta y se avergonzó por todo lo que había dado por supuesto. A juzgar por todo lo que él había dicho, el era el privilegiado.
–Lo siento, no sabía que te hubiera pasado todo eso… Mile puso una expresión indescifrable, como si le pareciera desagradable hablar de su pasado.
–Te doy cinco días para que decidas lo que quieres hacer sobre el proyecto Frascatelli. Su tono había pasado a ser neutro tan deprisa que a el le costó adaptarse. Seguía dándole vueltas en la cabeza a su desdichada infancia y maravillándose de que hubiera levantado un imperio de la publicidad que era uno de los más prósperos del mundo, un imperio al que podría entrar si podía trabajar con él en el proyecto Frascatelli.
Sin embargo, ¿cómo iba a rechazarlo? Había sido su sueño desde que oyó hablar de él. Tendría que fijar unos límites muy estrictos a su relación laboral. No podía repetirse lo de aquella noche y tendría que recuperar el control de sí misma durante los meses siguientes. Mile PhakPhum era famoso por ser un jefe muy exigente… y muy generoso.
Además, necesitaba un empleo.
–Si no te importa, te contestaré ahora.
Mile lo miro un rato como si le diera igual lo que hubiese decidido.
Nattawin tomó aire y lo soltó poco a poco.
–Acepto la oferta. No obstante, quiero pactar algunas reglas antes. Él lo miró con los ojos como el pedernal y el sintió un escalofrío.
–Pásate mañana temprano por mi oficina y hablaremos un rato más, pero te anuncio que las reglas las pongo yo.
–Quiero hablar contigo ahora.
–No –replicó él en tono tajante mientras miraba la hora en su reloj de muñeca–. Tengo que hacer una cosa.
Nattawin lo miró con condescendencia.
–Un… revolcón, ¿no?
Sus ojos indescifrables le miraron la boca antes de volver a mirarl a los ojos.
–Mañana a las nueve en punto –él esbozó una sonrisa gélida y fue hasta la puerta–. Te acompañaré por si no encuentras la puerta.
–No te preocupes –nattawin pasó de largo–. Puedo encontrarla.
Salió de la sala, recorrió el pasillo y se marchó de la casa dándose el placer de cerrar la puerta con un portazo.
Mile resopló y se pasó una mano entre el pelo. No sabía muy bien por qué le había contado a Nattawin los bochornosos secretos de sus padres. No era algo que fuera proclamando a los cuatro vientos. Todo el mundo tenía derecho a cierta intimidad y él ocultaba celosamente esa parte de su vida. Ya había pasado demasiados años, durante su infancia, deseando que sus padres fueran distintos. Además, como hacía Nattawin con sus padres, él también había intentado algunas veces que parecieran una familia normal.
Sin embargo, el tiro le había salido por la culata una y otra vez. Sus padres eran toxicómanos y muy de vez en cuando se hacían cargo de sus responsabilidades, lo máximo que habían llegado a estar sobrios fueron tres meses una vez excepcional, pero luego recaían y él tenía que volver con sus familiares. Había acabado trazando una raya en el suelo y les había dicho con toda claridad que o se rehabilitaban o tendrían que desaparecer de su vida. Ellos habían elegido desaparecer de su vida.
Tolstoi lo miró con el recelo reflejado en sus ojos. Mile se agachó y lo tomó en brazos antes de que pudiera darle la espalda.
–Eres un traidor –él le acarició la cabeza y recibió la recompensa de un ronroneo–, pero el es irresistible, ¿verdad?, el gato le lamió la mano y volvió a ronronear.
Mile sonrió sin ganas y siguió acariciándolo.
El gato le lamió la mano y volvió a ronronear. Mile sonrió sin ganas y siguió acariciándolo.
–Me alegro de que me hayas perdonado, pero no sé si el lo hará. Volvió a dejar a Tolstoi en el suelo, que se sentó y se lamió por todo el cuerpo.
Él había pensado en la situación de Nattawin cuando se planteó la adquisición de la agencia de su padre, pero era un hombre de palabra y Harry Brakenfield le había puesto la condición de que no dijera nada. Él entendía la decepción y la indignación de el. Además, ¿acaso no sabía él, lo que era poner el corazón en algo para que se lo desgarraran? Sin embargo, los negocios eran los negocios y él no dejaba que las emociones enfangaran las cosas. Él quería ampliar su agencia y quedarse con los mejores empleados de Brakenfield era una buena manera de hacerlo… y Nattawin estaba de los primeros de la lista.
No había despedido a Nattawin porque hubiese querido, sino porque había tenido que hacerlo. No quería hablar de su pasado y le sorprendía que hubiera hablado tanto. No estaba acostumbrado a contar las partes más sombrías de su vida… y tampoco se unía tanto a las personas como para contarles cosas que le gustaría olvidar. No tenía sentido revivir el descarrilamiento de su infancia. No cambiaba nada y solo hacía que se sintiera más triste por la falta de amor e interés de sus padres.
Ese era uno de los motivos para que hubiese descartado tener una familia propia. No porque creyera que no podía ser un buen padre, no sería muy difícil superar el listón de su padre, sino porque, sinceramente, no quería que nadie lo necesitara, dependiera de él y esperara que fuera alguien que no podía ser. No tenía todos los sentimientos que se necesitaban para un compromiso tan largo. Era demasiado implacable, ambicioso, independiente y autosuficiente.
Le gustaba ir por la libre. Jamás había deseado tener una pareja duradera. Le inquietaba la idea de sentir algo duradero por alguien. Le aterraba amar a alguien que no pudiera o no quisiera amarlo. Lo había vivido de niño y no quería volver a vivir esa sensación de pérdida. Al cabo de una semana o dos, cuando había acabado la apasionante conquista, empezaba a buscar la manera de acabarlo y de pasar a proyectos más emocionantes.
Sin embargo, no le pasaba lo mismo con Nattawin. Le alteraba como no le había alterado nadie, Su susceptibilidad le divertía y le desesperaba a la vez y su beligerancia era lo más excitante que había conocido. Era listo, tenía la lengua afilada y era increíblemente sexy, y él sabía que trabajar con el iba a ser uno de los períodos más apasionantes de su vida. Normalmente, no mezclaba el trabajo con el placer, los inconvenientes eran bien conocidos, pero esa vez iba a hacer una excepción por un hombre excepcional… y estaba impaciente por empezar.
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