En un mundo donde la pureza se entrelaza con la crueldad, la historia de Liliana y Dimitri se teje en una telaraña de contrastes y pasiones prohibidas.
Liliana, una joven criada en un convento rodeada de la paz y la bondad de las monjas, irradiaba d...
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Decido entrenar a Liliana esa misma tarde, después de ponerme al día con unos correos electrónicos sobre negocios. No sé por qué, pero me gusta enseñarle defensa personal. No quiero que se vuelva a encontrar en una situación peligrosa, pero aun así quiero que sepa protegerse si surge la necesidad.
Soy consciente de la paradoja de lo que estoy haciendo. La mayoría de las personas diría que soy yo quien debe protegerla y seguramente sea cierto. Me importa una mierda, sin embargo. Liliana es mía y haré todo lo posible para mantenerla a salvo, aunque eso conlleve enseñarle cómo matar a alguien como yo.
Cuando acabo con los correos electrónicos voy a buscarla a casa. Esta vez la encuentro en el gimnasio, corriendo en la cinta estática a toda velocidad. A juzgar por el sudor que le cae por la esbelta espalda, ya lleva corriendo un rato.
Con cuidado de no asustarla, me acerco a ella por el lado. Al verme, reduce la velocidad de la cinta, disminuyendo hasta el trote.
—Hola —dice sin aliento y alcanzando una toalla pequeña para secarse la cara—. ¿Es hora de entrenar?
—Sí —respondo con una sonrisa—tengo un par de horas.
Mi voz suena baja y ronca mientras un arrebato de excitación familiar me endurece. Me encanta verla así, casi sin respiración, con la piel húmeda y brillante. Me recuerda al aspecto que tiene después de un rato de sexo intenso. Por supuesto, que solo lleve puestos unos pantalones cortos de correr y un sujetador deportivo no ayuda. Quiero lamer las gotitas de sudor de su barriga plana y delicada para después lanzarla a la alfombra más cercana.
—Perfecto. —Esboza una gran sonrisa y para la cinta. Luego baja de la máquina y coge su botella de agua—. Estoy lista.
Parece tan entusiasmada que decido posponer lo de la alfombra por ahora. Una recompensa atrasada puede ser buena idea y voy a hacerlo específicamente para que ella entrene.
—Genial —digo—. Vamos.
Y cogiéndola de la mano, la guío fuera de la casa.
Vamos al campo donde suelo entrenarme con mis hombres. A estas horas del día hace mucho calor para hacer un ejercicio fuerte, por lo que la zona está prácticamente vacía. Aun así, cuando pasamos, vemos unos pocos guardias que miran a Liliana a escondidas, lo que me hace querer arrancarles los ojos. Creo que se dan cuenta porque miran hacia otro lado en cuanto me ven. Sé que no es racional ser tan posesivo con ella, pero no me importa. Ella me pertenece y todos tienen que saberlo.
—¿Qué hacemos primero? —me pregunta mientras nos acercamos a una caseta que hay en la esquina de la zona de entrenamiento.
—Tiro. —La miro de reojo—. Quiero ver cómo se te dan las armas.
Ella sonríe y los ojos le brillan con entusiasmo.
—No se me da mal —dice con una seguridad en sí misma que me hace sonreír. Parece que mi niña aprendió algunas cosas mientras yo no estaba. Me muero de ganas de ver la demostración de sus nuevas habilidades.