En un mundo donde la pureza se entrelaza con la crueldad, la historia de Liliana y Dimitri se teje en una telaraña de contrastes y pasiones prohibidas.
Liliana, una joven criada en un convento rodeada de la paz y la bondad de las monjas, irradiaba d...
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DOLOR. Oscuridad.
Por un segundo, vuelvo a estar en aquella maldita habitación sin ventanas en la que Saul me cortó la cara. La sensación me hace retorcerme, el estómago se me revuelca con solo pensarlo. El aire pesado de ese lugar, la suciedad, la tortura que me dejaron marcar. Pero de repente, el calor me golpea, tan fuerte, tan abrasador. Mi mente se despeja como un golpe brutal, como un baño de agua fría, y el calor... es insoportable. Todo lo demás se disuelve y sólo queda esa sensación. El calor me consume, el ardor me envuelve.
¡Mierda! El dolor es tan punzante que apenas puedo reaccionar. La adrenalina me sacude, me obliga a pensar con rapidez. De repente, mi chaleco está en llamas. El fuego me arrastra, me consume. Me muevo instintivamente, rodando sobre mí mismo para apagarlo. El dolor me martillea en la cabeza, me revuelca, me ahoga, pero cuando paro, el fuego se ha extinguido. Mi respiración es entrecortada, mis músculos no responden bien, pero la vida no me da tregua.
Mis pensamientos tardan un segundo más en enfocarse. ¿Qué demonios acaba de pasar? El calor, el dolor, la confusión. Mis ojos se abren, la visión sigue borrosa, pero finalmente veo los escombros ardiendo a mi alrededor. Una explosión. Esa fue la causa.
El zumbido en mis oídos desaparece por un momento, y entonces lo oigo: una ráfaga de disparos. Son seguidos, intensos. El pánico me atraviesa de lleno. ¡Liliana! La terrorífica sensación de perderla me llena, la angustia me embriaga como una ola. Olvido el dolor. Me levanto de un solo golpe, tambaleando, casi cayendo de rodillas. Mis piernas no me responden bien. El corazón me late con fuerza, pero tengo que hacerlo, tengo que encontrarla.
Miro frenéticamente, buscando entre el caos. La veo. Una figura pequeña, ágil, corriendo a toda velocidad hacia el refugio que le ofrece un enorme avión. La sigo con la mirada, la escena se hace clara en un instante: detrás de ella, los cuatro hombres vestidos con el uniforme de los GEO. No puedo esperar ni un segundo más.
La pared del hangar más cercana a la limusina está destruida, completamente hecha pedazos. Por la abertura, veo el helicóptero detenido en el suelo, las hélices inertes. Todo está en ruinas, pero lo único que importa es ella.
El terror me recorre, la necesidad de llegar hasta ella me domina. No importa lo que venga, no me detendré.
Mis hombres en el último todoterreno deben de haber caído, dejándonos a merced de los hombres de Sullivan que aún quedaban. Pero antes de que esa lógica tome forma, ya estoy en movimiento. La limusina está ardiendo a mi lado, el fuego consume todo a su paso, pero está detrás, no frente a mí, así que aún tengo unos segundos de ventaja. Me acerco rápidamente al todoterreno, abro la puerta de un tirón y me subo. Las armas siguen en la reserva, así que agarro dos ametralladoras y salgo del vehículo, consciente de que puede explotar en cualquier momento.