03.

28 3 0
                                        

〖𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 III〗

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


〖𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 III
.

.

.

.

.

"

         Entre Sueños y Destinos

"


Aelie miró con desdén el libro de oraciones que la septa le había dejado en su escritorio

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.




Aelie miró con desdén el libro de oraciones que la septa le había dejado en su escritorio. La luz del atardecer se filtraba por los ventanales del cuarto de estudios, pero su mente había estado en otro lugar todo el día. En el patio de entrenamiento, donde Aegon II había pasado la mañana practicando con la espada. Sus risas todavía resonaban en su memoria.

No puedo creer que hayas ignorado tus lecciones otra vez —la voz de su madre, Rhaenyra Targaryen, cortó el silencio como el filo de una daga. La princesa estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

Aelie bajó la mirada. Sabía que su madre había tenido un día complicado; los asuntos de la corte y las tensiones con la facción de los Verdes se acumulaban como nubes de tormenta.

Lo siento, madre —murmuró, aunque su tono carecía de verdadera culpa.

Lo sientes porque te descubrieron, no porque entiendas la importancia de lo que haces. Las lecciones de la septa no son una simple formalidad, Aelie. Como heredera, necesitas ser...

¿Realmente importa? —interrumpió Aelie, levantando la mirada con un destello de desafío en sus ojos violetas. —Siendo tu hija, todos me juzgan por lo que soy, no por lo que aprenda o haga.

Rhaenyra suspiró y se acercó, colocó una mano firme en el hombro de su hija y la guió hacia un asiento junto a la ventana. Había algo más que enojo en su expresión, algo que Aelie no pudo identificar del todo.

Aelie, ¿por qué te niegas tanto a seguir las reglas?

La joven calló, dudando si compartir lo que llevaba semanas rondando en su mente. Finalmente, decidió que no podía ocultarlo más.

Anoche tuve un sueño, madre. Soñé... que un dragón te mataba.

Rhaenyra se quedó inmóvil por un instante, su expresión endurecida solo por la preocupación. En su familia, los sueños no eran simples fantasías. Los sueños podían ser advertencias, visiones del futuro. Y aunque Aelie rara vez hablaba de ellos, esta confesión llenó el aire de una gravedad palpable.

¿Qué viste exactamente? —preguntó Rhaenyra, su voz un susurro urgente.

Había llamas y cenizas. No puedo recordar el rostro de quien era el dragón, pero tu... tu estaba en el suelo. Y el fuego te consumió.

Rhaenyra cerró los ojos por un momento. —Los dragones son poderosos, pero también son peligrosos. Este sueño podría ser una advertencia, o tal vez... una consecuencia de tus miedos. Pero Aelie, tienes que ser fuerte. No podemos vivir con miedo de lo que podría pasar. El futuro no está escrito.

Aelie asintió, pero en su interior sabía que no era solo un sueño. Los dioses habían sido claros al encomendarle su misión. Si no lograba detener la Danza de los Dragones, el sueño se haría realidad.

...

Después de la conversación, Aelie regresó a su cuarto. La luna ya había ascendido al cielo, y el castillo estaba envuelto en un tranquilo silencio. Exhausta por las emociones del día, se recostó en su cama y cerró los ojos. Sin embargo, el sueño la encontró de una manera distinta esta vez.

Una sensación de caída la invadió, como si el tiempo se torciera a su alrededor. Una presión inexplicable en su pecho la hizo abrir los ojos de golpe, jadeando como si le faltara el aire. El sudor cubría su frente, y su corazón latía frenéticamente.

Cuando miró a su alrededor, algo había cambiado. Su cuarto era más pequeño de lo que recordaba, las cortinas tenían un color deslavado que no reconocía, y el espejo de bronce junto a su cama reflejaba algo que la hizo retroceder. Sus manos eran más largas y delgadas, y su rostro en el espejo mostraba rasgos más maduros. Su mente se nubló por el pánico mientras se levantaba tambaleante.

Tenía once años.

Su respiración se aceleró, sus pensamientos eran un torbellino de incredulidad y terror. ¿Qué había pasado? Era como si el tiempo la hubiera empujado sin aviso, obligándola a enfrentar lo que más temía. Se abrazó a sí misma, sintiendo que la habitación giraba a su alrededor. Las palabras de los dioses resonaron en su mente, frías e implacables: "El tiempo corre, Aelie. La Danza no espera."

Luchando por calmarse, se dejó caer al suelo, con las manos temblorosas y el corazón aún golpeando en su pecho. Mientras respiraba profundamente, logró calmar poco a poco el torbellino de emociones. Su mente, aunque aún inquieta, comenzó a organizarse.

«Si la Danza de los Dragones debe evitarse, debo actuar ahora», pensó con determinación. Mientras reflexionaba, los rostros de aquellos que habían sembrado la discordia aparecieron en su mente. Alicent Hightower. Su ambición y la rivalidad que había alimentado con Rhaenyra eran el eje de la división. Si podía detenerla, tal vez podría salvarlos a todos.

Pero, ¿cómo? Convencer a Alicent de abandonar sus intrigas era un camino incierto y peligroso. Sin embargo, había otra opción, una más audaz: unir a las casas enfrentadas a través de un matrimonio. Si Aelie se casaba con uno de los hijos de Alicent, podría sellar la paz entre los Verdes y los Negros.

Mientras meditaba sobre esa posibilidad, un sentimiento de rechazo y nerviosismo se apoderó de ella. Casarse con cualquiera de los hijos de Alicent significaba atarse a un destino que no deseaba, especialmente con Aemond o Daeron. Sin embargo, al pensar en Aegon, su pecho se apretó de una manera diferente. No era que la idea le fuera completamente indiferente; había algo en él, en sus maneras arrogantes y despreocupadas, que despertaba en ella una mezcla de curiosidad y atracción que no podía ignorar.

A pesar de todo, sabía que su decisión no podía basarse en lo que sentía. El destino de todos estaba en juego, y el tiempo no esperaba. Con esa determinación, se levantó del suelo y miró por la ventana hacia la luna brillante. El tiempo corría, y la carga de su destino recaía completamente en sus manos.

『𝔼𝕝 𝕕𝕖𝕤𝕥𝕚𝕟𝕠 𝕕𝕖 𝕝𝕠𝕤 𝕟𝕒𝕔𝕚𝕕𝕠𝕤 𝕕𝕖𝕝 𝕗𝕦𝕖𝕘𝕠』Donde viven las historias. Descúbrelo ahora