CAPITULO 6: MINI COPIA

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"Consumiendo todo el aire dentro

de mis pulmones,

arrancando toda la piel de mis huesos,

estoy preparado para sacrificar mi vida,

con gusto lo haría dos veces."

Mercy by Shawn Mendes


Elizabeth

—Repítalo.

Exige con dureza, ansioso por saber si ha escuchado bien.

El suelo vuelve a temblar ante el impacto de otra bomba y siento como la sangre me abandona.

Necesitas llegar a ella. Muévete de una maldita vez, Elizabeth.

—No tengo tiempo para esto, majestad. —Mi voz es una súplica —Primero debo llegar a ella.

Su mandíbula se tensa.

Sin esperar respuesta, vuelvo a correr en busca de mi pequeña copia.

El fuego se extiende con gran rapidez por toda la ciudad, trayendo consigo recuerdos a mi memoria.

Muerdo mi labio inferior con demasiada fuerza, esperando que con aquel dolor pueda borrar todas esas imágenes que aparecen como estrellas fugaces, pero no lo consigo, cada una de ellas sigue apareciendo con más claridad que la anterior.

Los días siendo ahogada en las duchas.

Las noches en las celdas.

Las madrugadas llenas de torturas.

Las heridas abiertas, llenas de infecciones.

Las carpas de los altos mandos.

Todos los recuerdos de los últimos siete años se mezclan en mi memoria, consiguiendo nublarme el camino de enfrente y haciendo que mi cuerpo tiemble preso al pánico.

Mis pies tropiezan, pero consigo estabilizarme, evitando por mera suerte una caída.

No dejo de correr, todo a mi alrededor es un completo caos, aun a lo lejos consigo escuchar el grito de los mayores y los llantos de los niños.

Todo esto parece una maldita pesadilla.

Sin percatarme tropiezo con una piedra, y casi cuando estoy por tocar el suelo, un firme agarre sobre mi brazo me hace impactar contra un pecho.

—Debería tener mas cuidado —su regaño me hace fruncir las cejas.

Alzo mi rostro para poder observarlo.

—Pensé que...

—¿Que después de lo que dijo la dejaría sola? —una diminuta sonrisa aparece en su cara, dejando a la vista un pequeño hoyuelo debajo de sus labios — Le expresé que nada me hará cambiar de opinión. Y yo, Caelestis, aunque lo dude, soy un hombre de palabra.

Sus palabras se sienten como una soga alrededor de mi cuello, cortándome la respiración con tanta fiereza, que temo desmayarme.

El sonido de un grito agudo me hace girar sobre los talones con rapidez.

No tengo constancia de cuanto hemos corrido, supongo que lo bastante, para ya encontrarnos a unos cuantos metros de la cabaña de la princesa.

Una parte de mí hubiera deseado estar preparada para la imagen que me esperaba, aunque soy consciente que ni en mil años podría haberlo estado.

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