[2×1][2×2]
Después del desastre del Día de los Fundadores, las hermanas Swan no podían evitar sentirse inquietas. No era una inquietud cualquiera, pasajera o fruto de la sugestión; era una ansiedad profundamente enraizada que parecía crecer con cada amanecer, con cada noche estrellada. Algo invisible se había asentado en Mystic Falls, algo que no podía verse ni tocarse, pero que se sentía en los huesos. Era como una brisa helada que se colaba entre las grietas del alma, como si el propio aire que respiraban estuviera contaminado con un mal antiguo que se negaba a morir.
Había una tensión latente en el ambiente, una presencia que se colaba en lo cotidiano con la sutileza de una serpiente. Se notaba en la manera en que los árboles del bosque parecían susurrar entre ellos cuando pasaban cerca. En cómo las luces de las farolas titilaban sin motivo aparente. En el silencio repentino de los pájaros al anochecer. Incluso el cielo parecía haberse tornado más pesado, como si cargara con un secreto que no estaba dispuesto a revelar. Lo más inquietante era que esa sensación no se debilitaba con los días; al contrario, se intensificaba. Con cada mirada fugaz desde el interior de una casa, con cada sombra que se deslizaba por el rabillo del ojo y desaparecía antes de poder girar la cabeza. Era una inquietud que no cedía ni con las palabras reconfortantes de los demás ni con las promesas de que “todo estaría bien”.
Ambas hermanas sentían ese peso sordo en el estómago, ese nudo persistente que no se deshacía ni siquiera al dormir. No era solo ansiedad. Era un presentimiento profundo, casi visceral. Un aviso. Como si una parte primitiva de su ser —más allá del lenguaje y del pensamiento racional— estuviera tratando de advertirles que algo venía, que algo acechaba. Era como escuchar un trueno en la distancia y saber, sin ninguna duda, que la tormenta se dirigía directamente hacia ti.
Y esa sensación —una mezcla de náusea y alerta— no les era desconocida. No era la primera vez que sus cuerpos les hablaban antes que su mente. Había sido así también la primera vez que vieron a los Cullen. Algo en ellos —su mirada demasiado fija, su piel sin defectos, su forma de moverse— los delataba, aunque no pudieran explicar por qué. No era exactamente miedo lo que sintieron entonces. Era más bien una certeza inexplicable. La sensación de que estaban contemplando algo que no pertenecía al mundo que conocían, algo que no seguía las mismas reglas. Una especie de disonancia existencial. Como si, durante un segundo, el velo que cubría la realidad se hubiera rasgado apenas lo suficiente para dejar entrever que había mucho más debajo. Algo oscuro. Algo antiguo.
En su mundo, cuando algo no podía explicarse con lógica, significaba peligro. No importaba cuán bello o seductor se presentara. La belleza podía ser un disfraz, y la perfección, una máscara. Lo sabían muy bien.
Pero lo que más odiaban —lo que verdaderamente las desesperaba— era no tener respuestas. Estar a oscuras. Sentirse como piezas en un juego en el que otros movían las fichas. Esa sensación de vulnerabilidad, de ser manipuladas sin siquiera saberlo, era peor que cualquier amenaza tangible. Cada desaparición que se encubría con palabras vagas, cada "ataque de animal" que no dejaba rastro, cada mirada esquiva de los adultos cuando preguntaban demasiado... todo eso era parte de un patrón. Uno que se repetía, uno que tenía un propósito, aunque aún no pudieran descifrarlo. Era todo demasiado meticulosamente extraño. Demasiado convenientemente orquestado. Y ellas ya no creían en las coincidencias.
Bella, siempre más introspectiva y observadora que su hermana, fue la primera en notar los detalles. Desde muy pequeña había sentido que algo dentro de ella era diferente. No en el sentido sobrenatural —aunque ahora ya no estaba segura de descartar eso tampoco—, sino en su percepción de las cosas. Tenía una sensibilidad especial para los matices, para los gestos que otros no registraban, para los silencios significativos. Su hermana solía bromear diciendo que tenía un sexto sentido, pero con el tiempo, ambas comprendieron que no era una exageración.
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Prema || K. M
Fiksi PenggemarPrema: del sánscrito; Amor en su form a más pura, desinteresada e incondicional que se brinda sin esperar nada a cambio. Arabella es la hermana menor de Isabella. Isabella está hundida en una terrible depresión cuando reciben la noticia de que sus t...
