El Despertar de las Sombras
El despertador sonó antes de que el primer rayo de sol pudiera atravesar mis cortinas. Me senté lentamente, con los ojos aún medio cerrados, sintiendo cómo mi cabello rojo y rizado caía desordenado sobre mi rostro. El sueño… otra vez. Esa sombra oscura, susurrante, que hablaba en una lengua incomprensible, me dejaba inquieta al despertar. Los sueños se habían vuelto recurrentes y cada vez más vívidos, llenándome de una sensación de desconcierto que no podía sacudirme.
Bajé torpemente las escaleras, tropezando con mis propios pies, y al intentar servir mi cereal, derramé la leche por la encimera. Mis padres estaban de viaje, algo que en otras ocasiones me hubiera resultado divertido, pero esa mañana la soledad de la casa pesaba de manera diferente.
La llegada de la vieja camioneta de Christopher me sacó de mis pensamientos. Emma, mi mejor amiga, y Alex, siempre lista para una aventura, ya estaban dentro. Christopher, con su típica sonrisa relajada, nos abrió la puerta trasera.
—¡Vamos, Lily! —dijo Christopher mientras me apresuraba a subir. Casi me tropiezo de nuevo en mi prisa.
—Sí, sí, ya voy —contesté con una sonrisa torpe, abrochándome el cinturón.
Alex, con su cabello oscuro y rizado, estaba sentada a mi lado, mirando por la ventana con una expresión divertida.
—Hoy es la pijamada, ¿verdad? —preguntó Alex con un tono animado—. Va a ser épica, lo presiento.
—Sí... mis padres están fuera y tenemos la casa para nosotras —respondí, aunque una incomodidad seguía instalada en mi pecho, un eco de los sueños que no lograba entender.
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El día en el colegio pasó sin mayor novedad, pero no podía concentrarme en nada. Mis pensamientos iban y venían, atrapados en la inquietud que había despertado con más fuerza esa mañana. Emma, siempre la más enfocada del grupo, había terminado todas sus tareas antes del almuerzo y se mantenía callada, ajustando sus orejeras celestes de vez en cuando para aislarse del bullicio del comedor.
Alex, en cambio, nunca parecía preocuparse por nada. Siempre estaba relajada y confiada, y aunque podía parecer despreocupada, había una energía a su alrededor que la hacía parecer invencible.
De regreso a casa, en la camioneta de Christopher, discutimos sobre las actividades de la noche.
—Vamos a contar historias de terror, ¿no? —preguntó Alex, emocionada.
—Oh, definitivamente —contesté, mientras trataba de ignorar el nerviosismo que iba creciendo en mi interior. Esta noche... algo no se sentía bien.
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La noche cayó, y mi casa estaba tranquila, mis padres fuera, dejando el lugar completamente para nosotras. Las tres nos reunimos en la sala, rodeadas de almohadas y bocadillos, listas para una noche de diversión. O al menos, eso era lo que esperábamos.
—¿Sabes qué sería genial? —dijo Alex, con una chispa en los ojos—. Ir a la oficina de tu mamá y buscar algo extraño para leer. Seguro que tiene cosas raras ahí.
Me tensé un poco ante la sugerencia, pero no quería parecer aguafiestas.
—Bueno, ella tiene algunos libros viejos... podemos echar un vistazo —dije, tratando de sonar más relajada de lo que me sentía.
Entramos a la oficina, una habitación polvorienta llena de estanterías con libros extraños. Emma dudó antes de cruzar el umbral, ajustándose las orejeras para bloquear el silencio que empezaba a incomodarla. Fui la primera en acercarme a una estantería donde encontré un libro de aspecto ominoso, cubierto en cuero oscuro con símbolos que parecían moverse bajo la luz tenue.
—Este... se ve raro —murmuré.
—Eso significa que es perfecto —respondió Alex, inclinándose hacia el libro con una sonrisa de desafío.
Abrí el libro y pasé las páginas hasta encontrar una sección que me intrigó. Las palabras estaban en un idioma desconocido, pero algo dentro de mí las entendía. Sin pensarlo demasiado, empecé a leer en voz alta.
—"Zaliath naroth, veshara tal..." —dije, y de inmediato, la atmósfera de la casa cambió.
Un estruendo resonó por las paredes, como si algo muy pesado se hubiera movido sobre el techo. Emma, que siempre reaccionaba mal al ruido fuerte, se cubrió los oídos y retrocedió hacia el sofá, temblando. Alex se enderezó, sus ojos abiertos de par en par.
—¿Qué fue eso? —preguntó Alex, su voz baja y alerta.
Antes de que cualquiera pudiera responder, un rugido grave sacudió la casa. Un rugido que me heló la sangre. El suelo tembló bajo mis pies y, de repente, una figura horrible apareció en la puerta de la sala: un monstruo de aspecto grotesco, con piel de un gris ceniciento, llena de llagas y escamas que reflejaban la escasa luz. Sus ojos eran dos pozos oscuros y profundos, vacíos de compasión, y su mandíbula se abría en una sonrisa torcida que dejaba entrever colmillos afilados como cuchillos.
—¡Oh, no! —gritó Alex, mientras agarraba una lámpara de pie, usándola como un bate improvisado.
Retrocedí, el libro todavía en mis manos temblorosas, tratando de encontrar las palabras que había leído antes. Pero el miedo nublaba mi mente.
—¡Corre! —gritó Alex mientras golpeaba al monstruo con todas sus fuerzas. La lámpara impactó en el costado de la criatura, pero apenas le hizo retroceder. De un zarpazo, el monstruo envió a Alex volando contra la pared, donde cayó con un gemido.
—¡Lily, haz algo! —gritó Alex desde el suelo, levantándose a duras penas, todavía con la lámpara en la mano.
Intenté concentrarme. Las palabras del libro seguían flotando en mi mente, pero mis manos temblaban demasiado. Intenté recitarlas.
—"Arakthar moru… shiel..." —murmuré, pero nada sucedió.
La bestia destruyó una mesa al pasar, haciendo que las astillas volaran por toda la sala. Emma, acurrucada en una esquina, lloraba en silencio, sus manos firmemente apretadas contra las orejeras. Todo el ruido la estaba abrumando.
El monstruo volvió a lanzarse hacia nosotras, pero Alex, con una determinación feroz, se levantó una vez más. Golpeó a la criatura en la cabeza con la lámpara, aunque apenas logró desviar su atención. La bestia la arrinconó contra la pared, sus garras levantadas, listas para atacar.
—¡No puedo... no puedo... no puedo! —susurraba Emma, atrapada en su propio terror.
—¡No, no, no! —grité, desesperada. Volví a abrir el libro, mis dedos recorriendo frenéticamente las páginas mientras la bestia se preparaba para dar el golpe final. Con los ojos cerrados, me concentré y finalmente grité las palabras.
—"Shiel vorath!"
Un destello de luz roja, intensa y vibrante, brotó de mis manos. La energía envolvió al monstruo, que rugió de dolor mientras caía pesadamente al suelo, paralizado por el poder que lo había golpeado. La luz rojiza chisporroteaba en el aire, iluminando la sala destrozada.
Alex, aún temblando, dejó caer la lámpara y cayó al suelo, jadeando. Emma se removió, todavía temblando, pero lentamente salió de su estado de choque al ver que la criatura no se movía.
De pie en medio de la sala, observaba con incredulidad el poder que había desatado. Mis manos aún brillaban con un leve resplandor rojo. El libro cayó de mis manos, haciendo eco en la ahora silenciosa habitación.
—¿Qué… qué fue eso? —jadeó Alex, incapaz de apartar los ojos del monstruo que yacía en el suelo.
—No lo sé —susurré, mi voz temblando—. Pero debemos atarlo antes de que despierte.
La pijamada, que había comenzado como una simple noche de diversión, había abierto la puerta a algo oscuro y peligroso, algo que había permanecido dormido durante demasiado tiempo. Y mientras la luz roja se desvanecía, comprendimos que nuestra vida no volvería a ser la misma.
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Sombras En El Umbral
FantasyLily, una joven de dieciséis años con un pasado aparentemente normal, descubre que su vida es una completa mentira: su madre no es su madre, su padre no es su padre, y su hermano no es quien cree. Al despertar poderes ocultos, se ve arrastrada a un...