El suelo tiembla con violencia. El cielo truena sin aviso.
Un coloso de cuatro cuernos corta la ventisca con su paso pesado.
Y detrás de él, vienen las garras, los dientes.
Cuando la tribu es destrozada, los pocos que quedan son cernidos por el frío...
Los cazadores, después de la pérdida de Lio, se encontraban al borde de la desesperación; quizá alguno ya era víctima de ella.
Sin embargo, un avance de Rauw, encendido por la rabia de consumar la venganza, los reanimó.
A pesar de la tristeza que retumbaba en sus corazones, una chispa de esperanza y determinación se encendió entre ellos. Rauw estaba plantado firme frente a la bestia.
Nono, con el pecho herido y una nueva cicatriz por la batalla, exhaló para liberar sus costillas del dolor y se incorporó tambaleante.
El rugido del Mamut de Cuatro Cuernos y su eco eran lo más temido entre las montañas, y los cazadores, casi derribados en su totalidad, heridos, abatidos y con múltiples lesiones, vieron cómo la criatura se preparaba para un nuevo embate. Lucía fresco, como si nada de esto le representara un mínimo gasto de energía.
Nuestro joven Nono, apretando la lanza con una fuerza que superaba el dolor de contraer su marcado abdomen y sus heridas internas, lanzó y clavó con éxito en la trompa del Mamut. La bestia se detuvo a medias, soltando uno de sus bramidos furiosos; ya no impresionaban tanto.
Los ojos del Mamut se posaron en Nono; chispearon de su iris los colores ardientes del enojo, con una pizca de reconocimiento al pequeño humano. La criatura comenzó a correr hacia él y, en pleno avance, sintió un dolor profundo en su cadera: algo lo había atravesado con una aguda punzada que paralizó su pierna.
Un leve peso sobre su lomo se movía hacia su cabeza, y el animal empezó a sacudirse de manera violenta.
Rauw había logrado trepar al lomo del Mamut cuando este se fijó en Nono. Un trabajo en equipo, y como un jinete en medio de la tormenta, nuestro experimentado Rauw trató de dirigir a la bestia con ataques dirigidos a su nuca.
El Mamut, en su frenesí, embistió a los osos y lobos que empezaban a entrar al desfiladero rocoso, desatando un caos que dispersó a las bestias en todas direcciones. Durante un breve momento, los cazadores vieron cómo Rauw parecía controlar la dirección del coloso, guiándolo con una valentía desesperada por medio del dolor; era un jinete.
Sin embargo, la bestia sacudió su cuerpo de forma auténticamente descomunal. Nunca antes se había visto a uno de esos animales pararse en dos patas y mecerse con tal brutalidad que Rauw salió disparado por los aires.
Cayó pesadamente contra el suelo; quedó inmóvil, fuera de combate, un impacto horrible.
Las temperaturas comenzaron a descender de nuevo; era aberrante. El frío congeló el aliento de todos allí; sintieron cómo la presencia del Mamut absorbía el calor hasta llegar a congelar los dedos y sus espíritus.
La bestia se erigió, imponente, retando a Nono.
Y Nono, con valentía suicida, corrió hacia la criatura. En el último momento, se deslizó entre sus peludas piernas. El Mamut, confundido, no se percató hasta que un dolor atroz le recorrió el vientre: era penetrado por el cuchillo de Nono. La bestia comenzó a dar pisadas frenéticas, con la esperanza de triturarlo entre sus patas, intentando liberarse de la sensación de que algo se había aferrado a su piel y pelaje, usando dientes y garras.
Los cazadores, viendo la oportunidad, rodearon al Mamut. Juntos, y con una precisión que solo los años de caza pudieron otorgarles, prepararon sus lanzas. Sin embargo, la bestia, en un último y titánico esfuerzo, se alzó en sus patas traseras.
Nono, herido, con un brazo extremadamente lastimado por el pisotón del Mamut, estaba pulverizado; el muchacho colgaba del vientre de la bestia.
Ambos estaban expuestos y vulnerables. Los cazadores desviaron las puntas de sus lanzas justo a tiempo para no herir a Nono, mientras el Mamut, exhausto y tambaleante, comenzaba a ceder ante el peso y el dolor.
¡Por fin! Nono había destruido la parte más blanda de la bestia.
Con un rugido final, el coloso cayó sobre la nieve, la cual estaba decorada por todos lados con las señales del combate, todo de nieve roja.
Pero, cubriendo a Nono bajo su inmensa mole, un silencio sepulcral invadió el campo de batalla.
Por un instante muy lento, los cazadores no se atrevieron a moverse de sus posiciones; esperaban que el Mamut se levantara de nuevo. Pero la criatura ya no se movió.
La batalla había terminado.
Rauw, despertando de su inconsciencia, miró a su alrededor con la visión borrosa. Vio a los cazadores que se acercaban cautelosamente hacia Nono, enterrado bajo el Mamut; su joven cuerpo ya no lucharía nunca más.
Habían vencido, y el costo había sido el más alto.
Entonces Rauw fue a buscar el rostro de la criatura que alguna vez lo intimidó hasta conocer la máxima impotencia.
El Mamut de Cuatro Cuernos estaba cansada.
Curioso que en su rostro, además de las incontables cicatrices que zigzagueaban con una profundidad cruel, había más heridas que aún no habían cicatrizado. El resto de su cuerpo seguro que ocultaba heridas mayores bajo su lanudo pelaje.
El animal movió sus ojos y contempló a Rauw desde su posición inferior, echado en el suelo y con la cabeza por debajo de su pecho. Soltó un par de lágrimas; sus ojos se pusieron brillosos y con ellos su llanto inició. Esto provocó confusión en el cazador.
Parece que había estado luchando tan duro, incluso más que ellos, y había perdido. Hoy había sido derrotado después de tantos años de batallas sin rendición.
¿Por qué había peleado tan duro? ¿Por qué había peleado hasta sucumbir?
Los demás empezaron a sacar el cuerpo de Nono, mientras otros comenzaron a desenterrar el cuerpo de su líder.
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