El suelo tiembla con violencia. El cielo truena sin aviso.
Un coloso de cuatro cuernos corta la ventisca con su paso pesado.
Y detrás de él, vienen las garras, los dientes.
Cuando la tribu es destrozada, los pocos que quedan son cernidos por el frío...
Durante incontables generaciones, el hielo gobernó la tierra.
Glaciares del tamaño de montañas avanzaban y retrocedían con una lentitud imposible de medir para los mortales. El viento cortaba la piel, la noche se extendía sin piedad y el fuego era un milagro que debía defenderse con la vida, porque su ausencia era presagio de muerte. En ese mundo blanco, el ser humano aprendió a sobrevivir.
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Los hombres hablaban. Cazaban. Dejaban marcas en la piedra para no olvidar su pasado. Sabían que no eran dueños del mundo, apenas huéspedes frágiles en un territorio de colmillos y frío.
Allí caminaban los Mamuts, gigantes cubiertos de espeso pelaje. Bestias antiguas.
El equilibrio era simple y brutal: cazar o morir, resistir o desaparecer.
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Pero incluso en un mundo que parecía eterno, algo empezó a cambiar. Una fuerza que no obedecía las reglas conocidas. Una presencia que avanzaba con la tormenta, trayendo miedo, destrucción y caos.
Y así, en el silencio blanco de la Era del Hielo, el ser humano dio un paso más hacia convertirse en algo imparable.
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