Era una noche casi pacífica en la ciudad de Vale. El aire fresco de la madrugada envolvía las calles vacías, iluminadas solo por el tenue resplandor de las farolas. Sin embargo, la tranquilidad se vio interrumpida por un estruendo proveniente de una pequeña librería en una esquina poco transitada. Desde el interior del local, se escuchaban cristales rompiéndose, muebles derrumbándose y el sonido de un forcejeo violento. El ruido era tan ensordecedor que incluso los pocos transeúntes que aún deambulaban por la zona se detuvieron, mirando hacia la tienda con una mezcla de curiosidad y temor. Algunos se acercaron cautelosamente, pero ninguno se atrevió a abrir la puerta. Algo en aquel lugar les decía que era mejor no involucrarse.
De repente, el ruido cesó abruptamente, dejando un silencio inquietante que pareció extenderse por varios segundos. Entonces, la puerta de la librería se abrió lentamente. De su interior emergió una figura: una joven de cabello azul oscuro que llevaba una máscara que ocultaba la mayor parte de su rostro. Su presencia era inquietante, pero lo que realmente captó la atención de los observadores fueron las dos espadas gemelas que sostenía en sus manos. Las hojas relucían bajo la luz de las farolas, aunque no era su brillo lo que llamaba la atención, sino las manchas de sangre que recorrían sus filos.
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La chica miró a su alrededor con cautela, como si evaluara cada detalle de su entorno. Con un movimiento rápido y preciso, limpió la sangre de sus espadas antes de envainarlas. Luego, llevándose una mano a su oído, se escuchó un "click", indicando que llevaba un intercomunicador.
Thirteen: "El objetivo ha sido eliminado" —dijo con un tono de voz frío y carente de emoción, mientras saltaba con agilidad al tejado de la tienda.
[Genial, por fin terminamos con esta maldita lista] —respondió una voz masculina al otro lado del intercomunicador, con un tono cansado —[Puedes regresar, Neo y yo ya terminamos nuestra parte también.]
Thirteen: "Entiendo" —respondió la chica, cortando la llamada antes de comenzar a desplazarse con sigilo por los techos de las casas, desapareciendo en la oscuridad de la noche.
Unos minutos después, la joven llegó a lo que parecía ser un almacén abandonado en las afueras de la ciudad. El lugar estaba en completo abandono, con las paredes cubiertas de grafiti y las ventanas rotas. Al ingresar, todo se sumió en una oscuridad absoluta. De repente, las luces se encendieron con un zumbido, iluminando el vasto espacio vacío. La chica cerró los ojos instintivamente, protegiéndose de la repentina claridad. Lentamente, los abrió, permitiendo que se adaptaran a la luz. Cuando su visión se aclaró, pudo ver que, en el centro del almacén, se alzaba un imponente robot de combate de gran tamaño, su armadura reluciendo bajo las luces. Al lado del colosal mecanismo, con una sonrisa arrogante y un bastón en la mano, estaba el famoso criminal Román Torchwick.
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