Viví entre la tumba de la esperanza y el olvido.
Deseando que mi madre llevase flores a alguna; no importaba la hora, ni el tipo, solo importaba ella.
Lo deseé, lo soñé y tal vez hasta lo aluciné; nunca supe el tiempo que pasó, hasta que otra tumba llegó.
La desesperación.
Llegó en verano; sentía como mi carne se pegaba por el calor, me sentía sofocada. Todo era culpa de esa nueva tumba; maldita desesperación, solo me ahorcaba, pero no lograba que mi madre llegara.
Empecé a contar los días, agotado y sin fuerzas. Comencé a creer que mi madre no vendría, nadie lo haría; todo este tiempo en el cementerio estuve solo. Ninguna flor llegó, todo se marchitó.
Entonces lo decidí, haría una nueva tumba. La resignación. Me iría de ahí, yo me compraría mis flores y la visitaría.
Pero, ese mismo día, mi madre llegó con caléndulas, dulces y frescas caléndulas, pero a la vez tan agonizantes.
