capitulo 25

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Al amanecer del día siguiente, Amaura se encontraba en el jardín trasero de la mansión regando unas flores, cuando una voz familiar rompió la calma:

Rebekah – ¿Lista para dejar a los hombres atrás por un rato?

Amaura giró con una sonrisa.

Amaura – Más que lista, Bekah.

Rebekah la miró de arriba abajo y chasqueó la lengua con una sonrisa divertida.

Rebekah – Hoy eres toda mía, así que vístete como la reina que eres. Vamos a tener un día de chicas como se debe.

Después de un cambio de ropa sugerido (casi impuesto) por Rebekah, ambas subieron al coche deportivo de ella y partieron hacia la ciudad. Durante el trayecto, pusieron música a todo volumen y rieron mientras cantaban juntas.

Amaura – ¿Dónde me llevas exactamente?

Rebekah – A un sitio que adoro... Hay una boutique que abre solo con cita privada. La dueña me debe unos favores. Vamos a probarte vestidos hasta que nos duelan los pies.

Amaura – ¿Y tú solo quieres verme probarme vestidos?

Rebekah – Por supuesto. Y quizás quitarte alguno luego.

Amaura soltó una carcajada y se sonrojó apenas.

Pasaron la mañana entre telas de seda, encajes y risas. Amaura probaba vestidos y Rebekah opinaba con brutal honestidad, aunque cada tanto, se quedaba en silencio observándola, como si la estuviera grabando en su memoria.

Luego, fueron a un pequeño café con terraza. Amaura pidió té, y Rebekah, una copa de vino.

Rebekah – ¿Sabes? A veces deseo una vida normal. Poder tener esto todos los días. Salir con alguien sin tener que ocultar quién soy. Tener hijos... envejecer incluso. Cosas que mis hermanos jamás entenderían.

Amaura – Yo sí lo entiendo. Y aunque no puedas tenerlo exactamente como lo imaginas, puedes tener momentos como este. Reales. Sinceros.

Rebekah – Contigo siento que sí podría tenerlo.

La conversación se tornó más íntima, más suave. Amaura extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de Rebekah, quien la miró por unos segundos, casi con miedo, pero no soltó su mano.

Más tarde, caminaron juntas por un parque tranquilo. Los árboles estaban llenos de flores y el viento suave movía sus cabellos. Rebekah, sin decir nada, tomó una flor del suelo y la colocó detrás de la oreja de Amaura.

Rebekah – Es injusto lo hermosa que eres.

Amaura – ¿Y tú crees que eres justa conmigo, diciéndome eso con esa mirada?

Rebekah sonrió y bajó la vista, por una vez vulnerable, genuinamente insegura. Amaura levantó su rostro con delicadeza, sosteniéndola por el mentón.

Amaura – No necesitas luchar por ser suficiente, Rebekah. Ya lo eres.

Entonces, sin esperar más, Amaura la besó. Fue un beso dulce al principio, pero cargado de emoción. Rebekah le rodeó la cintura, profundizando el beso con una mezcla de necesidad y ternura.

Cuando se separaron, Rebekah tenía los ojos brillantes.

Rebekah – Me harás desear lo imposible.

Amaura – Quizás lo imposible no lo sea tanto, si lo deseamos juntas.

Terminaron el día tumbadas en una manta sobre el césped, viendo el atardecer. Hablaban de sueños y de vidas que no pudieron tener... pero que tal vez, juntas, podrían construir aunque fuera por momentos. Finalmente quedaron dormidas tomadas de las manos.

Amor MikaelsonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora