Donde todavía estas

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La casa olía a Navidad, aunque nadie estuviera celebrando.
Las luces del arbolito seguían prendidas, porque Lili no había tenido fuerzas para apagarlas. Decía que mientras brillaran, Miko todavía podía encontrar el camino de vuelta.

—Siempre exageras —dijo Miko desde la cocina, con una sonrisa ladeada—. Son solo luces.

Lili levantó la vista del sillón, sorprendida pero no asustada. Nunca lo estaba cuando Miko aparecía. Vestía su suéter favorito, el que Lili le había robado mil veces, y tenía esa forma de mirarla como si nada malo pudiera pasar.

—Si las apago, la casa se siente vacía —respondió Lili—. Y no quiero eso.

Miko suspiró y se sentó frente a ella, cruzando las piernas en el piso.

—La casa no está vacía —dijo—. Vos estás acá.

—Pero vos también —contestó Lili, un poco más fuerte—. Estás conmigo. Siempre estás.

El silencio se tensó, como una cuerda a punto de romperse.

—Lili... —empezó Miko.

—No —la interrumpió—. No arruines esto. Es Navidad. No hoy.

Miko frunció el ceño, algo cansada.

—Siempre decís "no hoy". ¿Y mañana? ¿Y pasado?

—Mientras no lo diga en voz alta, no es verdad —dijo Lili, con los ojos brillosos—. Si lo acepto, te pierdo.

Miko se levantó de golpe. No estaba enojada de verdad, pero dolía igual.

—Ya me perdiste —dijo, con la voz quebrada—. Lo que no estás aceptando es que igual seguís viva.

Lili negó con la cabeza, desesperada.

—No me digas eso. No te vayas otra vez.

Miko se acercó y le tomó el rostro con las manos, suave, como siempre.

—Escuchame —dijo—. Amarme no es retenerme. Amar también es dejar ir.

—No puedo —susurró Lili—. Si te dejo ir, me quedo sola.

Miko apoyó la frente contra la de ella.

—No. Me llevás con vos. Pero tenés que despertarte.

Todo se volvió borroso.

Lili abrió los ojos sobresaltada, con el corazón latiéndole fuerte. El sillón estaba vacío. La casa, en silencio. Las luces seguían prendidas, pero ya no parecían suficientes.

En la mesa había una foto dada vuelta. Lili la giró despacio. Ella y Miko, sonriendo un verano que ya no existía.

Ahí lo entendió.

Miko no estaba en la cocina.
No estaba en el piso.
No estaba en la casa.

Estaba en los recuerdos. En los gestos que nadie más tenía. En el amor que no se iba, aunque la persona sí.

Lili se abrazó a sí misma mientras las lágrimas caían, lentas, reales.

—Te amo —dijo en voz baja—. Aunque ya no estés.

Y por primera vez, no sintió que decirlo fuera perderla.
Sino seguir llevándola.

Las luces del arbolito parpadearon una vez más.
Después, Lili las apagó.

No porque Miko no importara,
sino porque ya no hacía falta fingir que seguía ahí.
























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las quieroooo











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One shots Young MikoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora