El chico de la bicicleta

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Todos los atardeceres lo veía llegar. Era imposible no notarlo: alto, piel de ébano, brazos llenos de tatuajes que contaban historias que yo quería leer. Pedaleaba su bicicleta como si domara el viento, con ese balón siempre bajo el brazo y una sonrisa pícara que me robaba el aire. En la cancha, por verlo más de cerca, aprendí a fingir que defendía, que seguía el juego, cuando en realidad solo quería estar cerca de su vuelo.

Lo que más me gustaba eran los momentos después del partido, cuando al terminar encendía un cigarrillo. Me fascinaba verlo fumar, la manera en que inhalaba el humo profundamente, como si contuviera todos los secretos del mundo. Cómo lo hacía durar entre sus dedos, mientras el atardecer teñía de naranja el cielo. En esos instantes, el mundo parecía detenerse solo para él, y el humo danzaba alrededor de su silueta como un espectro seductor.

Luego llegó aquella noche en la escalera, oscura y vacía, donde el eco de nuestros pasos sonaba a confesión. Fue como esa canción de Joji que tanto me gusta: "Pixelated Kisses" se volvió nuestra obsesión. Esos besos imperfectos, hechos de píxeles y sombras, comenzaron a volverme loca. Como una pantalla rota que el alma me toca, cada recuerdo se convirtió en un glitch, cada instante en un error que se repetía en mi mente con dulce dolor.

Sin embargo, la magia duró poco. Al día siguiente, todo se desvaneció con un "seamos amigos" que sonó a despedida definitiva. Ahora recorro la uni sin rumbo, pasando por su facultad, buscándolo en la cancha; aunque sé muy bien que mi cariño ya no tiene lugar en su vida.

Aún me descubro mirando cada esquina, esperando entre la multitud el brillo familiar de sus ruedas, la silueta que aprendí a amar. El chico de los tatuajes y la sonrisa fugaz se llevó todo, dejándome solo esos besos pixelados que me vuelven loca, grabados en el alma, sin que yo busque otra cosa que no sea su recuerdo.

Vuelvo a ser la raraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora