Capítulo 2.

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Bajo las escaleras del edificio satisfecho, para ser mi primer día me ha ido bien. Me siento igual que cuando me esperó mi madre a la salida del colegio por primera vez.
—¿Cómo te va? —dice la voz de Alicia detrás de mí.
—Bien, ¿y a ti? —le miro sonriente.
—Todo se supera con esfuerzo y empeño, ¿crees que todo me fue bien al irme?
—No sé, yo te aseguro que a mí no.
—Entiendo, yo en verdad no quería, pero, bueno dejemos el tema.
—Algún día me lo tendrás que explicar, ¿no? Te vas sin decirme aunque sea adiós, simplemente te vas y apareces años después con toda tu cara y no haces ni por perdirme perdón, tendrás que explicármelo por lo menos, ¿no crees?
—Yo no quería. Yo te quería —dijo fijando su mirada en la mía. Desvié mi mirada de la suya y aceleré mi paso hasta llegar a la salida. Cogí mi móvil y marqué el teléfono de mi padre. Llamé varias veces. No contestaba.
—Joder —metí mi móvil en el bolsillo de mi pantalón.
—¿Qué pasa? —puso su mano mi hombro.
—No tengo coche, lo destrocé y mi padre no me contesta y, no tengo como irme.
—Yo te llevo.
—¿De verdad?
—Claro, pero primero habrá que celebrar nuestro reencuentro, ¿o no? —asentí a sus palabras con una amplia sonrisa.
Llegamos a un bar, no muy lejos de donde trabajábamos. Nos sentamos en una mesa y pedimos. Tras un rato charlando decidimos irnos. En ningún momento se sacó el tema del que tanto ansiaba hablar. Había hecho que mis sentimientos florecieran otra vez. Sinceramente lo pasé bastante mal cuando se fue. Con ella tuve lo que nadie más pudo darme. Ella fue mi primer amor, el que no se olvida, eso explica que no la haya olvidado aún, fue con la que compartí miles de momentos en cuatro años que duró todo tras su marcha. Dejó una herida que a día de hoy sigue abierta, que me sigue doliendo como el primer día, que me escuece como si se tratara de una hemorragia, justo esa herida que ahora mismo no sentía. Se me estaba curando.
—¿Vives todavía en la misma casa de antes? —dijo abriendo el coche desde lejos.
—No, ya no vivo con mis padres.
—Conduce tú —dijo dándome las llaves de su Mercedes blanco. Me subí y ella en el asiento del copiloto. Iba tranquilo, no tenía ninguna prisa, tampoco quería llegar ya. De vez en cuando nos mirábamos los dos con una sonrisa, sin decir nada. Esto me recuerda a cuando íbamos los dos con dieciocho y diecinueve años en el coche que entonces yo tenía y presumía delante de sus amigas cuando llegábamos los dos en él. Nunca me imaginé que esto sucediera, solo nos faltaban los niños en los asientos traseros del coche para parecer una familia; iluso. Debería dejar de pensar en cosas tan inútiles y cosas que nunca pasarán y pensar en cómo me iba a mover a partir de ahora para ir al trabajo hasta tener coche. Paré enfrente de mi bloque de pisos con el coche aún arrancado.
—Adiós —me bajé del coche.
—Mañana vengo a recogerte, ¿vale?
—Estupendo.
—Adiós —dijo con una sonrisa y un hermoso brillo en los ojos. Sacudí mi mano devolviéndole la sonrisa y se fue.
Entré en mi silencioso piso dúplex y dejé mi maletín en la mesa de cristal del comedor. Saqué la lasaña del congelador y la metí en el horno. Cambié mi traje por unos vaqueros, una blusa y unas New Balance.
Ojalá llegara ya mañana.

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Mi jefa - Daniel Oviedo.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora