Que nunca amanezca

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Volvió a llevarse mi muñeca a los labios y yo cogí su mano en la mía y me acerqué su sangre a los labios temblorosos. Ahogué un gemido. Pero justo antes de empezar a beber, Kaspar se quedó quieto y esbozó su característica sonrisa arrogante. -Te quiero, nena -dijo.
-Yo también te quiero, sanguijuela -contesté.

FIN.

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