No podía estar sucediendo. Eso era lo que se repetía una y otra vez Nina mientras corría entre las lápidas de cementerio tratando de ocultarse. Había intentado salir del cementerio, pero una fuerza, como una pared invisible la retenía dentro de las puertas, quedándole no mas remedio que intentar encontrar un refugio entre las lápidas y mausoleos que pudiera ocultarla.
—Nina, Nina, Nina — repetía una voz masculina y profunda que parecía retumbar en cada rincón, burlándose de los vanos intentos de la muchacha— no te puedes ocultar. Deja de jugar, pequeño pajarillo. No se puede huir de mi.
Nina ni escuchó, tropezó con un bache en el suelo y se levantó al instante sin reparar. Tal vez entre la gente podría confundirse. Se dirigió hacia donde había un grupo de personas, todas vestidas en negro y colores oscuros.
—Con permiso —susurró suavemente para poder adentrarse dentro del grupo, más nadie parecía reparar en sus débiles súplicas.
Nina trató de empujar un poco, hasta que de un momento a otro un camino se vio libre y ella, impulsada por su fuerza, salió disparada hacia el centro del grupo, hacia donde todos dirigían su atención.
Se sujetaba con fuerza a lo que había detenido su trayectoria. Tenia los ojos cerrados y quería meter la cabeza entre los hombros mientras esperaba el reclamo de las personas, nunca habían sido condescendientes con la torpeza de la muchacha, más nadie pronunció palabra, salvo el sereno discurso de un padre. Al abrir los ojos lo primero que vió le robaría el aliento, de haber tenido, ya que de lo que ella se hacía fuertemente era un féretro con la tapa abierta y quien en este descansaba, sumido en el eterno sueño de los muertos, era ella misma.—Te dije que no podías escapar, mi pajarillo — sintió la voz masculina provenir de su espalda.
Con las manos sobre su boca, Nina intentaba reprimir un grito de terror al observar su cuerpo, pálido y sin vida dentro de aquella caja de madera. Se volvió para mirar al dueño de la voz, después de todo ya no podía escapar.
—¿Qué sucede? ¿ Quién eres? — preguntó con voz temblorosa
El hombre, enfundado en un impecable y moderno traje negro sonrió mientras le dirigía una intensa y fría mirada color azul. Nadie reparaba en ellos dos.—He venido por ti, Nina —El tono de voz en conjunto con la sonrisa le parecieron a Nina una expresión extrañamente cariñosa, hasta que sintió un frío peso en las muñecas. La muchacha dirigió su vista hacia sus manos y descubrió fuertes y ajustados grilletes llenos de tizne y algo que parecía sangre seca. Una pesada cadena se adherir a los grilletes y conectaban a la muchacha al hombre, no, al monstruo de ojos azules que la observaba complacido— te llevo a tu nuevo hogar — la sonrisa se torno malvada y su voz se endureció—al infierno.
El miedo y la sensación de irrealidad se adueñaron tardíamente de Nina. Estaba muerta, se había visto a sí misma dentro del ataúd y frente de ella el único ser que se había percatado de su presencia deseaba llevársela al infierno. “Demonio”, fue la palabra que vino a su mente. Los jadeos de terror de Nina se escaparon de su garganta.
—es un sueño— susurró la muchacha. Cerro los párpados y los apretó, más cuando los volvió a abrir le devolvieron la mirada los divertidos ojos del demonio, increíblemente azules, tan cristalinos que hacían dudar que el infierno fuera oscuro si aquel demonio lo gobernaba— es un sueño, un sueño, un sueño, sueño, sueño.—Nina— ronroneo la penetrante voz del demonio— de verdad estas muerta, te encontraron sola en tu habitación, te suicidaste y por eso he venido por ti, pecadora, por tomar tu propia vida. Ni la vida de sufrimiento que llevaste te salvará. — el demonio levantó una ccejaal ver que Nina le ponía atención, más no dejaba de murmurar y repetir “sueño”— Estarás mucho tiempo en mi casa, querida, sera mejor que nos conozcamos— asomó una sonrisa blanca, de colmillos afilados en tono de burla— Anazarel, para servirte.
El demonio se jiró, jalando la cadenas con una enorme fuerza que hizo caer a la muchacha al suelo con los brazos hacia enfrente. El demonio la volteó a ver con fingida sorpresa.
—Vamos, pajarillo, no te resitas o...¿Acaso quieres ver como desechan tu cuerpo?
La expresión que había utilizado Anazarel para referirse a su funeral la había lastimado profundamente, pero si, era cierto. A su alrededor nadie lloraba, todos parecían sumidos en un acordado silencio y algunos no lograban disimular el fastidio, como si propia madre. No se había relacionado con muchas personas, de hecho en el funeral solo se encontrá ba su madre, sus dos hermanos mayores, algunos integrantes del bar en el que había trabajado y algunas personas provenientes de las escuelas en las que había estudiado que habían asistido solo como un compromiso. Sentada en el suelo, Anazarel le permitió escuchar las pocas palabra del padre que quedaban y ver como introducían su cuerpo en un gran hueco para después rellenarlo de tierra. Las personas se fueron rápidamente, algunas dejaron alguna flor sobre la cripta, nadie dedicó palabras de amor o tristeza, simplemente desaparecieron dejando el lugar solo.
La única que lloró, fue la propia Nina, un espíritu invisible que lloraba de soledad. Miró al cielo, azul, totalmente Pacífico y se dijo a sí misma que necesitaba hacer algo, se negaba a terminar de esa forma, pero ¿Cómo? Ya estaba muerta. Ya todo había terminado. No, se dijo a sí misma. Todavía no podía terminar pues el infierno la esperaba.
El jalón de los grilletes interrumpió sus pensamientos. Anazarel deseaba marcharse.
—Espera, Anazarel
Los ojos azules la miraron ya sin un asomó de diversión
—Dame una oportunidad demonio— rogaba la muchacha con cristalinas lágrimas en sus mejillas, como si estas fueran testigos de su honestidad— te daré lo que quieras si a cambio me dejas demostrarte que no me suicidé.
El demonio prendió su cigarrillo y se agachó para dirigir una sonrisa que a Nina no pudo más que provocar escalofríos debido a su aparente inocencia, como si el demonio quisiera reconforta a un niño perdido.
—¿Qué me puedes dar? Si tu alma ya me pertenece — jalo las cadenas que ataban las extremidades de la menuda muchacha, haciendo que esta se acercara unos centímetros y el humo del cigarrillo la rodeara. Pero pareció cambiar de opinión de un momento a otro y sonrió mientras exclama otra bocanada de ese intenso humo negro – hagamos un trato pequeña niña. Si demuestras tu inocencia te liberaré, pero si no, me darás tu corazón.
Nina parpadeo confundida, más suficientemente angustiada para no preguntar la diferencia entre que este ya tuviera su alma y no satisfecho deseara so corazón. Le había dado una oportunidad. Eso era todo lo que importaba, así que decidió callarse, después de todo de esas pocas había tenido.
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CUENTOS DE DEMONIOS. El arrendajo y el Cuervo
ParanormalNadie dudó del suicidio de Nina. Era una muchacha poco agraciada, con malas calificaciones, tanto que dejó la escuela y se abocó a un horrible trabajo, sin amigos, novio o carisma alguno, incluso su familia la odiaba. No, nadie dudó de que Nina habí...