Capítulo tercero: Un puñado de viejos recuerdos.

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Por supuesto que iré- Su voz salió en un hilo de voz apenas susurrada.

-Excelente, entonces nos veremos allí mantendremos el contacto ¿sí?- Dijo ella con una sonrisa dando por zanjada la conversación en el instante en que la primera mano se alzó para pujar.

La subasta fue muy corta, Marquise pujó un par de veces, aunque apenas parecía interesada en la pieza, al final la hermosa pieza se la llevó los maestros joyeros Moussaief, tal y como Gabriel había previsto.

Salieron al tumultuoso tráfico mientras una ligera lluvia caía del cielo, Stefan desplegó un enorme paraguas negro que les cubría a los tres. Marquise se volvió antes de salir del recibidor.

-Entonces te esperamos Laertes, buenas noches y buena suerte- dijo ella como en un sortilegio despidiéndose, Laertes le tendió la mano que ella apretó entre las suyas frías y delicadas mientras se inclinaba a darle un beso en la mejilla, aunque fue fugaz pudo sentir el sedoso tacto de sus labios calientes y de nuevo aquella maravillosa fragancia le envolvió embotándole los sentidos.

Ella se alejó con paso rápido y elegante que evocó a un felino sorteando ágilmente a todos los que se interponían en su camino, mientras parecía que sus diminutos pies no tocaban el suelo. Les vio salir a los tres bajo la lluvia y encaminarse hasta una limusina negra, Stefan les abrió la puerta siendo Marquise quien primero entro en ella, y en el último instante antes de perderse de la cálida comodidad, Gabriel volvió su hermoso rostro hacia Laertes y le obsequiaba una sonrisa maliciosa.

Laertes sintió entonces la poderosa mano de Ebander en su hombro y cuando levantó la mirada le encontró sonriendo.

-Te has sonrojado- afirmó.

-Nadie pidió tus odiosas observaciones en estos momentos, Ebander.- Replicó mordazmente Laertes- Estoy cansado volvamos a casa.

Nadie mejor que Ebander sabía lo hiriente que podía llegar a ser Laertes si estaba de mal humor, siempre había pensado que alguien debía enseñar a ese genio un poco de buenos modales.

Salieron por las puertas acristaladas. La lluvia ahora caía con más fuerza y Laertes notó como las gotas caía por su pelo negro, por su flequillo que le cubrían los ojos en mechones lisos, lacios, siempre le había gustado sentir la lluvia cayendo sobre él, pero jamás le dejaban disfrutarlo, su padre nunca consentirían que su hijo, futuro heredero del legado familiar correteara por ahí empapado. La lluvia dejó de caer cuando Ebander se situó a su lado con un paraguas.

-¿Necesitas ir algún otro lado?- Dijo Ebander.

-No, quiero largarme de esta ciudad, hay demasiada gente –

Ebander sabía que Laertes siempre se había criado rodeado de adultos, bajo la asfixiante y tóxica atmosfera de un padre que todo lo que tocaba lo corrompía, incluido su propio hijo, absurdamente consentidor y a la vez estricto hasta rozar la tiranía, convirtiendo a un niño dulce y sensible, en un ser mezquino y solitario.

Laertes parecía haber sido abandonado en una tenebrosa mansión de estilo gótico, llena de oscuros e interminables pasillos repletos de retratos de mirada severa, y habitaciones abandonadas por el paso del tiempo, donde el polvo y las telarañas parecían haber encontrado su nuevo reino desde que su madre la joven y enfermiza Madeleine muriese, dejando a un marido sin tiempo ni ganas de un retoño y a un niño desprovisto del cariño materno.

Ebander aún recuerda acongojado, al pequeño Laertes con su primer traje hecho a medida completamente negro, recibiendo las condolencias de amigos y familiares con una frialdad y entereza que rayaba la insensibilidad.

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