Capítulo 2
En una casa café mugrienta de esquina, un joven no se quería levantar. Hoy fue el día, se dijo. Y las entrañas de su cabeza se alteraron más.
(oh, pero qué dolor tan agrio el ahogarse en la tempestad que uno mismo fabrica)
Las sábanas estaban revueltas como siempre, entre ellas estaba un escuálido chico de unos diecisiete años batallando con el presente y el pasado al mismo tiempo. Sintió lágrimas brotar de sus ojos cansados, sintió que el corazón se le encogía al ver el cielo plomizo tras su ventana.
Por fortuna, hoy no hubo ningún grito matutino el cual le dedicaba constantemente su tío. Pero él sabía que sólo era por hoy.
Tapó su cara con sus esqueléticas manos llenas de magulladuras. Había padrastros en sus dedos. Necesito más tiempo, arrugó su cara tratando de que su tío no le pudiera oír sollozar. Lloraba en silencio.
Tomó mucho tiempo para que se levantara y se cambiara, pero cuando lo hizo se puso a trabajar de inmediato. Bajó las escaleras y vio el perfil de su tío delante de la ventana de la cocina. Sus arrugas, su nariz hinchada y el reflejo de la mañana en sus ojos. Él también sabía que hoy fue el día.
Agarró la bolsa llena de paquetes y sacó un maletín pequeño, lleno de polvo. Su tío evitó su mirada, pero le dijo algo que siempre decía cuando era ese día.
—Hoy las entregaré yo —Sus ojos se movían, perlas negras no tan pulidas, bailaban fatigosas.
—No —respondió el joven. No era la primera vez que se negaba a trabajar en ese día—, yo lo haré hoy. No te preocupes.
—Franz —lo llamó justo antes de que saliera de la puerta—, por favor...
—No tío, los paquetes tienen que ser entregados.
Salió antes de que él respondiera, envolviendo sus brazos en el paquete grande de heffas con el maletín rodeando su cuerpo delgado. Empezó a caminar. Su tío lo observaba desde la puerta de su casa. Tan necio como su padre, pensó.
Cruzó unas dos cuadras hasta llegar a la calle Plaier, la que le gustaba ver de mañana porque desde el mes pasado, un hombre misterioso ha estado rondando por el pueblo cada viernes para contarles historias muy interesantes a los niños pequeños.
Vio a los niños y sus diferentes cabezas que parecían más grandes que sus cuerpecitos, y lo pudo ver a él, a ese hombre que tenía, según Franz Heftal, el mejor trabajo del mundo.
Siguió caminando, con la brisa gélida tocándole sus rosadas mejillas. Cuando llegó cerca del puesto de Heftal Heffas, percibió el exquisito olor a mar fresco, olió su color marino.
Al llegar, abrió las telas azules que cubrían el puesto y desvistió el paquete en la mesa de madera, grandes letras aparecieron en la portada. Rojas y coloridas combinaban con el papel viejo. El fondo de la revista era de un color beige con un animal parecido a un cruce entre un zorro blanco y un pastor alemán, el Malpo níveo. El título era: Vósta, Ambibia, vósta!
Las heffas eran revistas para hombres, llenas de temas diversos y noticias nacionales con miles de tópicos incluidos. Eran como un periódico pero menos formal y más artístico. Ediciones semanales sobre la música, el arte y la literatura del continente permafrota.
La edición de este viernes era sobre la guerra constante contra Ambibia, nación líder de las tierras Bermas. El país de las tierras erradas y del éxtasis robado. Muchos escandalianos le llamaban tasch Predell des Theiterr. El País de los Depravados.
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Cuando el océano llora
Kỳ ảoLa humanidad siempre le ha sorprendido. Algunas veces le ha maravillado, otras veces le ha aterrorizado. Está en otro otra vez, dónde conocerá la tierra de los armarios con balas y las tierras ya perdidas por el fuego y las batallas. Sin saberlo nad...
