Se bajaron precipitadamente del vehículo cuando la multitud de personas no les permitió seguir avanzando. La mujer ni siquiera cerró la puerta del asiento del copiloto, sino que salió corriendo, apartando y empujando a la gente de su alrededor. Todas aquellas personas se agolpaban en una marea homogénea de horror y consternación, contemplando los edificios semiderruidos de aquel centro educativo.
Escuchó la voz de su marido llamarla desde la multitud, metros por detrás de ella, pero no se detuvo. No quería frenar su avance, que ya de por si era lento y angustioso ante aquella cantidad de personas.
Apartó a un grupo que contemplaban la horrible escena, gritando con desesperación. Pero ellos no la miraron con fastidio o molestia, sino que sus ojos la siguieron durante unos breves segundos en su pausado y desesperante recorrido hasta acabar llegando a las vallas metálicas.
Sus manos agarraron con fuerza la valla, frenando su avance. El corazón latía alocadamente en su pecho y su respiración era irregular. Se contempló las manos durante unos segundos que le parecieron una eternidad. Su vista se estaba volviendo borrosa y veía su entorno temblar como si hubiese nacido en su pecho un seísmo que arrasaba con su vida.
Cuando reunió el suficiente valor para alzar la mirada, aquella sobrecogedora imagen la dejó sin aliento.
Un gran dispositivo policial y militar se desplegaba delante de ella. Las sirenas silenciosas giraban sobre si mismas en un tétrico baile de colores en aquella palidez lluviosa. El agua caía del cielo oscuro sobre cientos de personas que se encontraban protegidos con gruesos trajes oscuros y poderosas armas de fuego cruzando sus pechos. Se gritaban unos a otros, dándose apresuradas ordenes o hablando por teléfono. Otros intentaban apartar a las personas que se agrupaban en los alrededores para dejar paso a las ambulancias que pasaban a gran velocidad haciendo sonar sus estridentes sonidos de emergencia.
La Magistrada miró por fin hacia el centro de estudios de sus hijas. Los tres grandes edificios que constituían el Gran Colegio de Ángel Ganivet se habían convertido en una sombra del esplendor que los caracterizaba. El edificio del centro, que constituía al grupo de estudios de Secundaria estaba totalmente derrumbado, mientras que la secretaría del de Bachillerato se encontraba en llamas. Y todo ello envuelto en una niebla blanquecina que le daba un aspecto fantasmagórico.
Era el centro de más prestigio de la ciudad. Ella misma había estudiado allí. Era dónde había conocido a su marido. Era donde se encontraban sus hijas.
Sus labios comenzaron a temblar con fuerza. Con aquel escalofrío recorriendo todo su cuerpo, apretó los dientes mientras intentaba saltar aquella valla.
Uno de los militares que se encontraba hablando con uno de sus compañeros salió corriendo hacia ella cuando la vio intentar sobrepasar el perímetro de seguridad.
— ¡Eh, eh! ¡No se puede pasar, señora! —gritó, intentando agarrarla con sus poderosos brazos para evitar que pasase.
La magistrada intentó zafarse, retorciéndose cuanto pudo.
— ¡Mis hijas...! —exclamó, sin poder evitar que un par de gruesas lágrimas recorriesen sus mejillas. — Mis hijas están dentro...
Pero la mujer apenas podía hacer nada contra aquel gigantesco y musculoso hombre que la empujaba hacia detrás de la valla de seguridad. La magistrada gritó, airada y furiosa por su incapacidad de poder hacer algo y golpeó al hombre con rabia.
Más personas intentaron cruzar la valla. Hombres y mujeres, con lágrimas en los ojos gritaban el nombre de sus hijos, sin separar su mirada acuosa de aquel centro de estudios semiderruido, envuelto en aquella tenebrosa niebla blanca que contrastaba con aquel cielo oscuro y las luces azules y rojas de los numerosos vehículos armados que encaraban aquella ruinosa escena.
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Angel #PGP2017
FantasyEdna está volviendo a casa cuando una explosión hace que vuele por los aires. Se despierta cinco días más tarde, pero sin recordar cómo llegó a su hogar ni qué pasó durante el trayecto, y con la intrigante sensación de que algo en su interior ha ca...
