Paro cardiaco. Murió en mis brazos. Nadie supo ver que estaba mal. Y ahí estaba yo. Deslizando mi piel sobre la fría pared del hospital, traumatizado por la noticia de que la única persona que me quería de mi familia había fallecido en mis brazos.
¿Mis padres? Nunca les importé. Mi madre no volvió a mirarme a los ojos desde que tenía siete años, ocupada con negocios y viajes de empresaria importante, y mi padre me abandonó solo, para buscar tabaco. Era más importante la droga que su propio hijo. Pero ella no, ella me dedicaba sonrisas, besos, abrazos y cálidas caricias. Ella se atrevía a hablarme y a adorar mis gustos, al mismo tiempo que yo adoraba los suyos. Siempre me apoyó en mis decisiones. Mi familia paterna estaba ausente, y la materna se había olvidado de mí desde que decidí dedicarme a la música y el dibujo. Los decepcioné cuando dije que quería ser algo diferente a abogado o empresario.
-Lo sentimos, falleció inmediatamente debido a un paro cardiaco.
No respondí. Me senté en el blanco suelo, sintiendo como mi sangre pasaba más rapido por mis venas. Mi mirada se perdía más allá del pasillo apagado de la clínica. El doctor no decía nada. "No sé, nunca me había pasado ésto" sería lo que se le pasaría por la cabeza. Ahora, ¿quién se preocupará por mí? Mis amigos también tienen vida, y al barrio en general lo único que le importara son los asquerosos cuchicheos que recorrerán el vecindario.
Mierda de vida.
El doctor se alejó cabizbajo, intentando aparentar que estaba preocupado. Ahora viviré solo, abandonado por el destino. Y lo peor es que nunca volveré a escuchar mi nombre de su boca. Nunca la volveré a ver recostada en la silla mecedora, cosiendo aquella bufanda en la que había puesto tanto hilos oscuros como todo su amor. Nunca la volveré a ver en la cocina, haciendo platos con la maestría que sólo ella tenía e inundando la casa de un olor exquisito. Nunca volveré a escuchar un " ¿quién se murió, que vas de luto?" que decía algunas veces que salía vestido con mi color habitual, el cual no sonaba con desprecio hacia mi ropa, sino como una broma para aprender a sonreír. Nunca la volveré a sentir.
Se puede ser adicto a cierto tipo de tristeza. Te acabas acostumbrando al odio y aprendes a vivir camuflando tus lágrimas en una falsa sonrisa. A nadie le importan los malos momentos, sólo quieren vivir los buenos. Si el mundo te mira mal, la culpa es tuya por no estar bien. Y es que, al fin y al cabo, ¿quién inventó la sociedad de ahora? Nadie sabe de donde viene, y todo el mundo tiene ideas de como acabará. Y una de las frases de mi abuela es tal vez la que más veces he visto realizarse: la gente tiende a ser cruel. Por eso, lo mejor que se me ocurría es fingir felicidad. No estoy bien, pero como ya he dicho, eso no le importa a nadie.
Llegué al pueblo como alma en pena. Todo el mundo esperaba que viniera. Los hombres no decían nada. Las mujeres, en su mayoría, hablaban entre susurro y me sonreían cuando pasaba. Yo sonreía también, cabizbajo. Nadie se atrevió a acercarse a mí, no sabrían qué decir. Todo había pasado en un sólo día, y seguramente no querrían fastidiarla más. Nadie me hablaba. Nadie menos ellos. Nadie menos mis amigos.
-Mark...- me atrapó entre sus brazos, y no pude más. Rompí a llorar, ya no me importaba lo que dijeran o pensaran. Me dolía pensar que me quedaba sólo...
Ella se limitó a abrazarme con sinceridad. Los chicos me rodearon, y veces me daban palmadas en el hombro, intentando decir sin palabras que no me abandonarían. Bendito Karma is Dying. Benditos amigos.
-Venga, tenemos que ir a la colina... ven tú también, por favor, Mark...- las lágrimas inundaban su vista.
Asenté con la cabeza. Sonrieron con un ligero gesto de preocupación mientras me alejaba hacia mi casa. Mi solitaria casa. Mi llena de muerte casa.
Miré hacia un lado, y ahí estaba la mecedora con la bufanda a medio hacer. Ahí vi por última vez a mi abuela viva. Me quedé un rato de pie, imaginando que ella estaba ahí, sonriéndome con sus ojos llenos de alegría y... vida... Solté una lágrima. Una lágrima por los viejos tiempos. Una lágrima por la soledad. Una lágrima.
Hice una pequeña mochila en donde puse comida, ropa y bebida. No me pude resistir, tenía la sensación de que la iba a añorar si no la llevaba. Metí también la bufanda incompleta.
Subí al ático para recoger una tienda de campaña. Estaba polvoriento y lleno de objetos y cajas por doquier. Esquivé el techo, y llegué hasta el fondo, donde se escondía tímida una bolsa verde grande. Abrí la cremallera, y ahí estaba: la tienda. La cogí con cuidado para que no se cayera nada y me fui, con tan mala suerte que golpeé con la tienda una pilande cajas. Entonces la vi.
Mientras recogía las cajas y el contenido que se había desperdigado por el suelo, vi una foto. No estaba revelada, y por el aspecto deduje que era antigua. Me quedé viéndola, como si al punto al que estuviera mirando, la foto me devolviera la mirada... Sentí la necesidad de llevármela y revelarla, pero también debía ir a encontrarme con mis amigos, así que me la llevé y la pusé en no de los bolsillos de la mochila. Me fui directo a la puerta desués de beber un vaso de agua. Abrí la puerta y me giré, esperando un "Cuídate" que jamás llegaría. Silencio. Bajé la cabeza, y me fui. Quién hubiera dicho que dejaría la casa durante tanto tiempo.
Como habíamos acordado, estaban todos en la salida del pueblo, hablando entre ellos. Diana me miró, lanzándome una sonrisa de satisfacción que le devolví. En cuanto a Kyle y a Edward, me hicieron un gesto para que fuera, a lo cual obedecí.
-Bueno, Mark, verás cómo después de todo te despejas un poco.
-Sí, tío, verás como te olvidas aunque sea por un rato. No éstes triste, ella no hubiera querido eso, ¿no?
Fingí un bien estar que no me creía ni yo, y todos lo notaron. Y así, con poco diálogo en todo el camino, andamos hasta la colina en la que... ¿descansaríamos? No, nada más lejos de la realidad...
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Más allá de la valla
Horror"-Ese poema me lo cantaba mi abuela varias veces que la iba a visitar. Dicen que esta es la valla que separa la luz de la oscuridad. Venga, tíos, deberíamos irnos de aquí... -¿Te crees la nana de tu abuela? Anda ya, yo voy. A saber lo que hay, ¡qué...