Describiendo la vida a un ciego

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Jake Vieux

Cuando muere alguien cercano, nos acordamos de que nada dura para siempre. Aunque en mi caso, acordarme o no me daba igual, porque me había quedado solo. Probablemente me meterían en un avión y me mandarían a Francia, con mis tíos. Ni siquiera sabía francés. Nací allí, en un pueblecito de Francia, pero a los cinco meses de edad mis padres me llevaron a vivir a Barcelona. Ni siquiera recordaba haber visto a mis tíos en persona, no sabía si tendría primos o no, no sabía nada, absolutamente nada. Tal y como supuse, aunque un poco antes de lo esperado, un conocido de mis padres se acercó a mí cuando finalizó el entierro y me tendió un billete de avión. Luego me abrazó, un abrazo compasivo que me dio asco. El vuelo salía en una hora, así que rápidamente me metí en su coche. Me senté atrás para no tener que ver a ese hombre, no le odiaba ni nada, pero era el tipo de gente con la que no me gusta juntarme; era alguien a quien solo le importaba quedar bien con todo el mundo, y eso es algo que odio en una persona. El camino fue aburrido, me preguntó cómo estaba, si me había afectado mucho, etc., preguntas obvias que la gente suele hacer por quedar bien o simplemente por hablar de algo cuando el silencio se vuelve incómodo, en el caso de ese hombre, era la primera opción. Realmente nunca entenderé por qué la gente tiende a hacer esas preguntas cuando sus padres o algún familiar o conocido cercano ha muerto, quiero decir, ¿cómo va a estar una persona después de eso? Son preguntas que no necesitan respuesta, si es así, ¿por qué la gente las sigue haciendo?

Bien, no quiero perder tiempo con eso así que pasaré a la parte del avión. Era increíble ver como ese hombre mantenía su sonrisa a pesar de lo mal que le caía, apariencia, todo era pura apariencia. Me entregó una maleta, me dijo que la había hecho antes de ir al entierro porque le habían dado las llaves de mi antiguo piso, no le di las gracias, solo la agarré quitándosela de las manos y le miré. A veces una mirada basta para expresar aquello que quieres decir, aunque en mi caso lo último que expresaba era gratitud. Viendo mi reacción solo me señaló la salida por donde debía pasar. Ni siquiera me despedí de él, al fin y al cabo no volvería a verle.

Ver a tantas familias, parejas, amigos, reencontrándose, hizo que me estremeciera. Tampoco era tan frío, en realidad estaba hecho polvo, solo intentaba ocultarlo. Ignoré el vacío que sentía ahora mismo, y resignándome, subí por fin al avión. Tomé mi asiento y solo esperé, aunque la espera pareció eterna.

Lynn Blanchard

Aquí estoy, con mi amigo Jean, de pie en el aeropuerto, esperando a su primo. El caso es que le han pedido que lo recoja, porque sus padres tienen trabajo que hacer, y como no quería ir solo, acudió a mí suplicándome que viniera. Él me ha hecho muchos favores, así que no veo nada de malo en devolvérselos así, total lo único que he hecho ha sido levantarme temprano, cosa que ya hago cada fin de semana, e ir en coche hasta el aeropuerto.

-Lynn, voy al baño, estoy mareado. Volveré antes de que llegue mi primo, tranquila. -me dice Jean acercándose más de la cuenta. Siempre lo hace, aunque ahora tenía la excusa de estar mareado, pero siempre intenta acercarse a mí de una forma u otra. Nunca me he sentido atraída por él. Por más que él lo intente, es uno de esos chicos al que solo ves como amigo, no por el hecho de que sea feo, que no lo es, simplemente es un amigo.

Espero y espero, y Jean no aparece, y el avión llega, y entonces me pongo nerviosa, es una situación extraña, no tengo ni idea de cómo es su primo. Los pasajeros comienzan a salir por la puerta, a todo el mundo le espera alguien, se abrazan, lloran de alegría, es bonito, pero no sé por qué, no puedo soportarles, son tan… felices. Veo a un chico que está solo, no busca a nadie, solo observa los reencuentros al igual que yo. Es guapo, es el tipo de chico en el que solo me fijaría yo, todos dicen que tengo unos gustos bastante peculiares. Es rubio, su pelo tiene un aspecto despreocupado, tiene algo de barba, unas ojeras enormes de llevar varias noches en vela, sujeta la maleta aunque con dificultades, está agotado, no parece que este sea uno de los mejores días de su vida. De repente empieza a llorar, solo yo lo veo, porque lo hace en silencio, como yo suelo hacerlo, sin armar alboroto, sin llamar la atención. Sigue con la mirada perdida. Me dirijo a él casi sin pensarlo. Me situo justo delante de él y me mira, sin expresar nada, es una mirada vacía. No me hace falta decir nada, no me gusta hablar, y menos con desconocidos, pero parece que necesita a alguien ahí, a su lado. Seguimos mirándonos fijamente a los ojos, parece que él tampoco es nada hablador, ¿será mudo? El caso es que mi presencia no le molesta, ha dejado de llorar.

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