PROLOGO

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Baje las escaleras corriendo a toda prisa y corrí hasta la puerta principal abriéndola de un empujón mientras mi madre intentaba seguirme el ritmo rogándome que fuera un poco mas despacio. Le haría caso pero tengo demasiadas ganas de llegar al parque.

Seguí corriendo dejando a mi madre un poco mas atrás de mi, gire una esquina jugando a no pisar las rayitas de la acera.

-Kayla, mas despacio por favor, no hace falta correr- oí que decía casi en una pequeña suplica.

La ignore, hice como si no hubiera escuchado las palabras que acababa de pronunciar a tan solo unos metros de mi, acelere a un mas mi ritmo con la intención de llegar mas rápido a la pequeña heladería a la que vamos mi madre y yo habitualmente. Me encanta esa heladería la dependienta es muy simpática conmigo y además siempre me regala esas típicas sombrillitas de papel que te suelen poner junto a tarrinas o granizados. Por fin la veía justo al otro lado de la calle, recorrí los últimos metros de baldosa que quedaban hasta el paso de peatones y me dispuse a cruzarlo sin ni si quiera mirar en que color estaba el semáforo.

-Kayla! – grito mi madre, al agarrarme de un brazo y tirar

de mi hacia detrás.

-En que estabas pensado ese coche podría haberte atropellado – dijo con una expresión de angustia en la cara. Solo tienes cinco años te he dicho miles de veces que tienes que ir cogida de mi mano y nunca me haces caso, pero ten por seguro que esta es la ultima vez que pasa – dijo echándome la bronca en un tono serio mientras se ponía a mi altura.

-Lo siento mucho mamá... de verdad – le digo arrepentida, mirando al suelo.

-Prométeme que no lo vas a volver a hacer ¿vale? –dice en un tono mas dulce.

-Te lo prometo – le digo mientras la abrazaba.

Le di la mano y en cuanto el semáforo se volvió a poner en verde cruzamos la calle. Las puertas de la heladería se abrieron para que pudiéramos entrar, me deshice de la mano de mi madre y corrí hasta tener mis dos manos pegadas al mostrador donde estaban todos los sabores de helado.

-Buenas tardes Kayla- dice la joven chica que me sonreía desde el otro lado del mostrador.

-Hola – le digo alegremente deseando tener mi helado.

-¿Lo mismo de siempre o esta vez vas a atreverte a cambiar? – dice con la misma expresión alegre.

-lo mismo de siempre, por favor.

-Marchando un cucurucho pequeño de chocolate – dice mientras lo servía y acto seguido ya lo tenia en mis manos.

-Siempre le seré fiel al chocolate, hasta el resto de mis días  – digo convencida.

-Me parece bien – dice explotando en una carcajada. Pero sabes a veces un cambio nunca viene mal, no sabrás que cosas nuevas puedes descubrir.

No entendía por que se reían mi madre y ella, pero a mi lo único que me importaba es que ya esta saboreando el delicioso chocolate. Mi madre le dejo el dinero justo encima del mostrador y caminamos hasta la puerta, estábamos a punto de salir cuando de repente note que me faltaba algo. Me di la vuelta y me dirigí otra vez hasta donde estaba la chica.

-¿Es que hoy no me vas a dar una sombrillita? – le digo extrañada.

-Pues claro que si, lo siento mucho se me había pasado por completo, ¿de que color la prefieres? – me pregunta.

-Pues... azul- digo decidida.

-Aquí la tienes, pequeña – dice mientras me la da.

-Muchas gracias – le digo mientras me despido con la mano que tengo libre.

Destinos EntrelazadosWhere stories live. Discover now