- Esto sucede cuando se agobia a la gente con himnos funerarios - dijo -. No me
sueltes, me siento ya mucho mejor.Tal vez para desvanecer la profunda impresión que me había producido el verla
sumida en aquella crisis, mientras regresábamos a casa se mostró muy animada y parlanchina.Aquello pasó como una nube de verano. Pero aún tuve ocasión de asistir a una nueva explosión de cólera de Carmilla.
Cierto día estábamos contemplando el paisaje desde uno de los grandes
ventanales del salón, cuando vimos a un vagabundo que cruzaba el puente levadizo, encaminándose hacia el patio del castillo. Le conocía perfectamente. Cada seis meses venía al castillo.Era un jorobado, y su rostro tenía la expresión mordaz que suele verse en los
hombres que son víctimas de una deformidad física. Llevaba una barbita oscura y puntiaguda y al sonreír abría la boca de oreja a oreja, mostrando unos dientes
blanquísimos. Vestía con una zamarra de piel de búfalo, adornada con numerosas
cintas y campanillas. De su espalda colgaban una linterna y dos cajas cuyo contenido me era ya conocido: en una de ellas guardaba una salamandra, y en la otra una mandrágora. Llevaba también un violín, una caja de amuletos contra el mal de ojo y varios estuches de contenido diverso. Se apoyaba en un bastón de
madera negra, con una contera de cobre. Iba acompañado de un perro
esquelético que le seguía fielmente a todas partes. Pero el animal se detuvo en medio del puente levadizo, erizó el pelo y prorrumpió en lúgubres aullidos, negándose a avanzar.Entretanto, el vagabundo había llegado al centro del patio y, quitándose el grotesco sombrero, se inclinó en una cómica reverencia. Luego empuñó el violín y
empezó a tocar una alegre melodía, acompañándola con un canto tan desafinado
y unos pasos de danza tan cómicos, que me eché a reír a pesar de lo mucho que me habían impresionado los siniestros aullidos del perro.- ¿Desean las señoritas comprar un amuleto contra el vampiro, que según he oído
decir merodea por estos alrededores como un lobo? -dijo el vagabundo, dejando
caer el sombrero al suelo-. La gente muere por doquier, pero yo tengo un talismán
que no falla; sólo hay que coserlo a la almohada, y cuando el vampiro se presenta puede uno reírse de él en sus propias barbas.Los amuletos consistían en unas cintas de papel transe, con cifras y dibujos cabalísticos.
Inopinadamente, Carmilla compró un talismán y yo la imité. El vagabundo nos
observaba y nosotras sonreíamos divertidas; al menos yo.Pero, de repente, mientras nos miraba, los ojos del vagabundo - unos avispados
ojos azules - parecieron descubrir algo que por un instante atrajo su atención.
Inmediatamente sacó un estuche de cuero repleto de toda clase de pequeños
instrumentos de acero.- Mire, señorita - me dijo, mostrándome el estuche -, además de algunas actividades menos útiles, practico la de dentista. ¿Quieres callarte de una vez, animalucho? Si no paras de aullar, la señorita no oirá lo que le digo. Como le iba
diciendo, soy dentista, y su amiga tiene los dientes más afilados que he visto en mi
vida; largos, afilados, puntiagudos como una lanza, como un alfiler. Sí, los he visto perfectamente; son unos dientes peligrosos. Yo entiendo de estas cosas, y aquí estoy con mi lima, mi punzón y mis pinzas. Se los dejaré redondeados y bonitos. Si la señorita consiente, en vez de dientes de pez tendrá una dentadura digna de su belleza. ¿Se ha enfadado la señorita? ¿He sido demasiado atrevido? ¿La he ofendido?Carmilla, en efecto, le miraba con una expresión de odio. Se apartó de la ventana, acusándome:
- ¿Y permites que ese charlatán me insulte de ese modo? ¿Dónde está tu padre? Quiero pedirle que lo eche del castillo. Mi padre hubiera ordenado que le apalearan, para quemarlo luego vivo.
Sin embargo, en cuanto no tuvo ante sus ojos al hombre que la había insultado, su
cólera desapareció tan rápidamente como había surgido; al cabo de unos
instantes había olvidado ya al jorobado y sus extravagantes palabras.Aquella misma tarde, mi padre llegó muy excitado. Nos contó que se había presentado otro caso parecido a los anteriores y de los cuales ya he hablado. La
hermana de un colono de nuestra finca, que vivía a una milla de distancia de nuestro castillo, había enfermado repentinamente. Decía que había sido atacada por un ser monstruoso, y su estado se agravaba, lenta pero inexorablemente.- En rigor - dijo mi padre -, todo esto puede ser atribuido a causas naturales. Esos infelices se sugestionan con narraciones inverosímiles, y de este modo provocan sus alucinaciones.
- No deja de ser una cosa terrible -observó Carmilla.
- Desde luego - asintió mi padre. - Me asusta pensar que puedo ser víctima de una
alucinación semejante. Aunque sólo fuera una alucinación, ha de ser tan horrible como si se tratara de un hecho real.- Estamos en las manos de Dios - afirmó mi padre -. Nada puede ocurrir sin su
consentimiento, y todo terminará bien para aquellos que le aman. Es nuestro
Creador. El nos ha hecho y cuidará de nosotros.- Yo creo - replicó Carmilla - que todas las cosas suceden por imperativo de la naturaleza. Y que la enfermedad que se propaga por la comarca es también cosa de la naturaleza. ¿No le parece?
- Hoy vendrá el médico - dijo mi padre, eludiendo contestar a la pregunta de la muchacha-. Me gustará saber qué opina el doctor de este fenómeno, y qué nos aconseja.
- Los médicos nunca me han servido para nada - replicó Carmilla.
- ¿Has estado enferma? - le pregunté.
- Más enferma de lo que tú hayas estado jamás.
- ¿Hace mucho tiempo?
- Sí, mucho: lo he olvidado todo, excepto el dolor y la debilidad.
- Entonces, serías muy joven...
- Creo que sí. Pero, no hablemos más de esto. No quieras hacer sufrir a tu amiga.
Me miró lánguidamente a los ojos y, cogiéndome del talle, me sacó de la
habitación.- ¿Por qué se divierte tanto tu padre asustando me?- me preguntó, una vez
estuvimos fuera, temblando ligeramente.- No lo creas, querida, no es ésa su intención.
- Y tú, ¿estás asustada?
- Lo estaría si pensara que también nosotras corremos el mismo peligro que esa
pobre gente.- ¿Te asusta la idea de la muerte?
- Desde luego, a todo el mundo le asusta esa idea.
- ¿Crees, por ejemplo, que es espantoso morir mientras se ama? Dos amantes que mueren juntos..., y de este modo pueden vivir juntos para siempre... Las muchachas no son más que orugas y sólo se transforman en mariposas cuando
llega el verano. Entretanto, son crisálidas y larvas, cada una con sus formas e inclinaciones particulares. Hay un cierto señor Buffon que así lo cuenta.Por la noche vino el médico y se encerró con mi padre en su despacho, donde permanecieron durante largo rato. Era un médico con mucha experiencia, de unos
sesenta años. Su rasurado rostro aparecía tan liso como la superficie de una calabaza. Cuando salían del despacho, oí que mi padre decía, riendo:- Me admira oír esas palabras en boca de un hombre tan sensato como usted. ¿Qué opina, entonces, de los hipogrifos y de los dragones?
También el médico se reía, sacudiendo la cabeza.
- En todo caso, la vida y la muerte han sido siempre un misterio y sabemos muy
poco acerca de lo que puede suceder.Se alejaron charlando y yo no pude oír nada más. En aquel momento ignoraba cuáles habían sido las hipótesis aventuradas por el doctor, pero ahora creo adivinarlas.
❤~❤ acá la continuación del capitulo cuatro 😛👀
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Carmilla
VampireEn un castillo vive Laura y su padre, cuando una noche un carruaje sufre un accidente frente a las puertas del castillo, de el desciende una hermosa joven y una dama, las cuales buscan un lugar donde poder pasar la noche mientras puedan retomar su v...