No todo tiene respuesta.

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[Narra Julieta.]

Emerick me tomó la mano, la acarició y se fue cabizbajo, pero eso no importaba ahora; Tyco, él es una de las razones por la cual estoy aquí, su madre me había llamado. Aún recuerdo nuestra primera y última guerra, sus ojos brillaban a la luz de la luna, la guerra seguía y Emerick estaba mal herido en una tienda, habían usado un rayo de Zeus. Tyco y yo, sólo los dos, luchábamos contra el pequeño ejército de Roma; ellos no eran nada frente a nosotros.

-¿Julieta?-Preguntaron a mis espaldas. Me di vuelta y volví a ver esos ojos verdes que siempre me encantaron.

-¡Tyco!-Corrí a abrazarlo, él me levantó entre sus brazos y respondió mi abrazo. Me dejó en el suelo, yo lo miré directamente a los ojos y acaricié su cabello. Él sonrió y acarició mi rostro. Sentía una de sus manos agarrar mi cintura y mis sentimientos revoloteaban en mi estomago.

-No sabes cuánto esperé este momento, Tyco.-dije.

-No sabes cuánto esperé para que te fijaras en mi.-respondió él. No acercábamos de a poco, el momento y había llegado. Nuestras respiraciones se volvieron una, mientras nuestros labios jugaban en el aire.

-Me encantaría besarte.-interrumpió Tyco.- Pero ambos sabemos que quieres olvidar a Emerick.

-¿Qué?-pregunté indignada.- ¡Tyco! ¡Tanto tiempo! ¡No sabes cuánto te extrañé!-lo abracé.

-¿Qué te sucede? ¿Estás bien?-preguntó Tyco tocando mi frente.

-Sí, hijo, estoy mejor que nunca.-respondí.- Ahora bésame y se mi novio ¿Quieres?

-Que te sucede Julieta, yo no soy tu... Hijo.-Ahora entendía todo, no era yo, no podía controlarme. Tyco me miró atónito, como si hubiese un fantasma en mi rostro... O quizás no tuviera rostro.

-¡No quiero!-grité.- ¡Si quiero! ¡Bésame! ¡No! ¡No puedo! ¡Si puedes! ¡Debes estar con mi hijo! ¡Detente!.- mi cuerpo comenzó a tiritar, todo me daba vueltas, una gota de sudor rodeo mi mejilla, mis piernas se debilitaban, no podía mantenerme de pie. Perdí el equilibrio, caí a los brazos de Tyco.

-¡Julieta! ¡Quédate conmigo! ¡No te vayas!-gritó Tyco despejando mi cara.- ¡Mierda Atenea, detente por favor madre! ¡Si le sucede algo juro que me vengaré! ¡Aunque mi vida dependa de eso!- Mis ojos se cerraron y no logré escuchar más.

Escuchaba mi corazón palpitar raídamente, mi respiración se hacía cada vez más rápida y dolorosa. Mi cuerpo estaba paralizado, no podía moverme, ni siquiera podía pestañear. Estaba en camino a quedarme inmóvil, pero no, no podía, necesitaba demostrarle a Atenea que soy mejor que ella, que merezco volver al Olimpo.

Abrí lentamente mis ojos, todo había sido un sueño. Me encontraba en el hospital, el suero se había acabado y nadie estaba ahí para ver si necesitaba algo o no. Eran cerca de las 2:00 am, y yo no sentía nada extraño. Encendí la televisión. No había señal. Miré mi brazo. Tenía una aguja que llevaba el suero de la bolsa hacia mi sangre. La retiré. Me puse de pie y me vestí. El hospital estaba cerrado, no había luz prendida ni enfermeras atendiendo a los enfermos. Caminé buscando a alguna persona. No había nadie. Todo estaba abandonado. Fui a la salida y busque mi auto. Era el único en el estacionamiento y, probablemente, era el único en la ciudad, hasta tal vez del país. Saqué mis llaves, encendí el auto y partí en dirección a mi casa. Llegué. No había nadie. Saqué las llaves de la casa. Abrí la puerta. Un olor a carne muerta llegó a mis narices. Mi familia estaba muerta. No sentí pena alguna. Subí a mi habitación y me recosté en la cama. El suelo se fue al techo y las paredes se desvanecían, los relojes se detuvieron a las misma hora, 2:47 a.m. Me di cuenta de que en el suelo había un mundo paralelo. Se veía mucho más real que esta vida. Era un suelo de vidrio muy grueso y resistente. Unas manos comenzaron a romper el suelo. Se retorcía bajo el suelo. Había agua, pero no se ahogaba. Su boca sangraba y su piel era repugnante. Cerré los ojos. Esto era cosa de todos los días.

Un Mundo de Dioses entre Mortales.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora