The Days That'll Never Come

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¿Alguna vez has entrado en tu casa y has sentido que aquel lugar no se sentía como un hogar? ¿Sentiste lo frío que estaba después de años de abandono pero no notaste la diferencia de cuando vivías ahí?

Mis pies se movían con agilidad sobre el suelo de madera, había polvo cubriendo todo, muebles, piso, paredes, todo; un silencio agonizante se instaló dentro de las cuatro paredes.

Me abracé a mi mismo, el frío caló en mis huesos y sin embargó, no había diferencia de cuando vivía ahí; los muebles seguían en el mismo lugar, estaban ordenadas e impecables a pesar del polvo. Ni los insectos se atrevían a entrar.

Aquella casa que fue mi hogar durante un tiempo, después de la muerte de mi madre esas cuatro paredes se convirtieron en su tumba; el hogar cálido y alegre que siempre fue dejó de serlo, ahora el frío se colaba por las paredes, el silencio reinaba, la felicidad pasó a ser el postre que nunca volvimos a probar y la melancolía y el dolor se volvió el plato principal de la cena.

Me negué a llorar, me negué a aceptar que estaba ahí, todos los malos recuerdos se quedaron en lo profundo de mi mente y ahí los iba a dejar.

Mis pies se movieron solos, estaba frente al viejo piano, cubierto de tierra y telarañas; un nudo en mi garganta se formó y sin poder evitarlo un sollozó salió de ella.

Cubrí mis puños con el largo de mi suéter pasándolo por todo el largo de las desgastadas teclas, mis dedos se deslizaron por toda la extensión y nuevas lágrimas amenazaron con salir. Me dejé caer sobre el banquillo de madera sin importar si me ensuciaba, mis codos se apoyaron sobre mis rodillas, mi cabeza sobre mis manos. Dolor, mucho dolor, recuerdos cargados de agonía y sufrimiento.

El frío tacto de las teclas rozando mis dedos, un escalofrío recorrió mi cuerpo entero y dejé de pensar, me sumergí en el sonido de la música. Comencé a tocar como hacía años que no lo lograba, mi mente estaba nublada, no lograba ver las teclas y a pesar de eso no paré, mis dedos siguieron moviéndose, tranquilos, acompasados.

Cómo si la suave melodía me hubiera transportado, de nuevo estaba en la casa, todo lucía diferente, muy diferente. Blancas paredes, muebles bien acomodados y un pequeño niño que corría por toda la sala, tenía el cabello despeinado y los zapatos mal puestos, reía, y corría por todo el lugar; una joven iba detrás de él, vestida con un pulcro uniforme blanco, ella también sonreía intentando atrapar al niño.

De un momento a otro las cosas cambiaron, la casa seguía igual pero ahora todo estaba en silencio, aquel niño ahora se veía un poco más grande, sus mejillas estaban llenas de lágrimas y la mujer de antes ya no vestía su uniforme ahora llevaba una bata azul, cubría todo su cuerpo menos sus brazos y cabeza, estaba sentada en un silla de ruedas, sus ojos estaban hundidos, marcas violetas debajo de los mismos, labios secos y la piel pálida, había otra mujer mayor, vestía el mismo uniforme blanco y empujaba la silla lejos del niño.

Ya no están en la casa, árboles los cubrían, pequeñas gotas de lluvia mojaba sus impecables trajes negros; había mujeres y hombre todos vestidos de negro, con la cabeza gacha el niño estaba en medio de ellos, sostenía un ramo de flores, rosas rojas y blancas, su rostro estaba serio, frío. Aquel niño de antes se había esfumado.

Podía ver a su padre, sabía que estaba hablando pero no podía oírlo, su ceño estaba fruncido y parecía enojado. Blancas paredes los rodeaban, el olor a medicamentos y alcohol aún picaba en su nariz, su abdomen dolía y la venda sobre el imedia respirar. 

Me detuve, dejé de tocar, obligué de nuevo a mis recuerdos a quedarse en lo más profundo. Dolía, aún dolía como el mismísimo infierno.

Sus brazos envolvieron mis hombros, sentí la calidez de su respiración en mi cuello y luego sus labios presionando el mismo lugar.

—Metus— Amaba oír aquel apodo, amaba volver a oírla decirlo— ¿Estás bien?

—¿Por qué no lo estaría cariño?

—Pues...—sus dedos recorrieron mis mejillas quitando las lágrimas que rebeldemente habían salido— Por esto.

—Estoy bien, lo prometo.

—¿Sabías que no es correcto mentir?

—¿Sabías que no es correcto no creerle a tu superior?

—Superior solo en estatura.

Su pecho vibró contra mi espalda y el dulce sonido de su risa me calentó. Aún tenía los brazos alrededor de mis hombros y por primera vez en años sentía algo de calidez dentro de aquella abandonada casa.

—Issabel.

—¿Si?

—Gracias.

M E T U S [IV]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora