Aquello había sido repentino, el día anterior Baymax había pronosticado una helada titánica que sumergiría a la ciudad. Recomendó quedarse en casa hasta que el termómetro ascendiera un poco, ponerse los suéteres que le había tejido su tía y también que no los dejaría salir por el bien de su salud.
Hiro supo entonces que esa era la oportunidad perfecta para Miguel, en cualquier momento le pediría adornar su recinto con el tan añorado árbol de navidad, justo en el rincón de la casa donde habían montado con tanto trabajo su altar de muertos, poco más de un mes atrás; de hecho, aún se podía percibir en el ambiente un rastro de perfume de cempasúchil, que solía causarles hormigueo en el pecho.
Y así fue. Miguel guardó la guitarra en la habitación y ambos se encargaron de decorar las paredes de la casa con todas esas luces de colores.
Sinceramente a Hiro le daba más bien igual el festejar o no la navidad.
Sólo hacía aquello para ver feliz a su novio. Miguel sabía que se divertía en secreto, detrás de su fría máscara de porcelana blanca con la que aparentaba madurez y ligero rechazo al sincretismo hispano.
Tras terminar, el moreno miró con satisfacción el lugar cálido y colorido. Inhaló profundo y soltó "Huele a hogar"; Hiro rió con sorna y contestó "Huele a capitalismo y globalización". Ambos rodaron los ojos con fastidio fingido antes de salir juntos afuera de su cálida estancia... Claramente sin decirle a Baymax.
Las botas ambos se enterraron en la nieve causando un leve crujido. Con el aire helado azotándoles en la cara, el moreno se plantó a observar el panorama con una amplia y juguetona sonrisa.
—De donde yo vengo no nieva de esta forma.
—¿Ah, no?
—No nieva para nada —dijo emocionado, levantando con ambas manos la nieve del suelo. —Nunca me imaginé que fuera así.
Volteó a ver a Miguel, los copos adornaban su desordenado cabello dándole un tono blancuzco y haciéndole ver sumamente encantador.
Se sonrojó un poco y se ajustó la cremallera hasta el cuello. El menor lo imitó y siguieron andando.
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—¿Baymax?
—Ajá, Baymax es el mejor modelo para hacer un hombre de nieve.
—Bueno, Baymax nos matará sí ve que intentamos hacer un hombre de nieve.
Pero no fue suficiente como para arrepentirse de salir de casa con el clima que hacía. La neblina casi no los dejaba verse las caras y al final no hicieron más que estupideces sin sentido en la tierra desnivelada.
Pasaron un rato lanzándose porciones de nieve entre ellos, hasta que a hiro se le torció el tobillo y Miguel lo llevó cargando de regreso a casa algo triste por el poco tiempo que habían durado afuera.
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El ambiente se sentía tibio gracias a la calefacción (cortesía de Baymax), y ahora Hiro tenía el pie vendado de forma aleatoria por Miguel, que también le había aplicado ungüento casero, porque el amistoso robot no podía enterarse que habían ignorado una orden tan simple y especifica.
Uno frente al otro, envueltos cada uno en una sábana con estampado de tigre, mirándose a los ojos.
La luz tenue que se abría paso por las cortinas, daba una dosis suficiente de privacidad para los jóvenes y se sentía complice de sus miradas sobrecargadas de ternura.
Con cien años reproduciéndose muy suave, encima el mueble donde habían dejado el plato con las galletas de la prima Rosa.
La piel de ambos aún se sentía fría y algo pegajosa, pero ninguno decía nada al respecto.
Ninguno de los dos dijo nada acerca de ese fenómeno inquietante; el de por qué pareciese que se enamoraban más en un cuatro a oscuras.
La quietud hipnótica se quebró cuando el mayor habló despacio.
—Vamos, ambos sabemos que no accedí a esto —dijo, rompiendo el contacto visual.
—Lo hiciste —contestó el otro, nervioso, casi de inmediato. Revolviendo la manta debajo de ellos con sus manos. Hiro alzó una ceja interrogante. —No te hagas el arrepentido, sé que tienes algo para mí. —Luego sonrió tímido, haciendo ruido a la vista del contrario.
—No sé de qué hablas —. Haciéndose el desentendido viró los ojos hacia la ventana, que hacía sonidos tenebrosos cada que el viento azotaba contra ella.
—Yo sé que sí. Anda, tú primero -habló emocionado, inclinándose hacia adelante.
—Bien, seamos diplomáticos, en primera instancia no necesitamos regalarnos nada en las festividades, nos regalamos cosas casi todo el tiempo —, levantó un poco la voz, haciendo un gesto exagerado con las manos. —Además no sé si el presente que traje sea adecuado para una celebración como esta; para empezar ¿por qué regalamos cosas? Es el cumpleaños del niño Jesús, no el de toda la población católica...
Miguel rodó los ojos y le tomó la cara entre las manos, observó sus ojos oscuros quedarse mudos un instante antes de besarle superficialmente.
—Duh, cuando parloteas así, sacas a flote todo tu lado nerd. —Se burló a penas a unos centímetros del rostro del asiático.
Las mejillas de Hiro se encienden y lo vuelve a besar casi sin querer; Miguel deja salir un par de risas entre sus labios aprisionados por los del otro y se separan lentamente después de eso.
—No es cierto.
—Uy, tienes que escucharte cuando haces esa coasa con la R —y Hiro lo calla de nuevo, con cariño.
Esta vez las cartas con caligrafía cuidada y las coloridas cajas con moños mal atados se quedaron debajo de la cama, olvidadas hasta la mañana siguiente. Sí, ahí pertenecían; no debajo del árbol de navidad, sino en el lugar menos convencional, extrañamente íntimo; estupendo para el par de sujetos raros que se encontraban sobre esta misma.
Los ojos de Hiro atraparon a los de Miguel, y a pesar de la poca iluminación, dieron a entender que cualquier cosa material estaba muy por debajo de los parámetros que fijaría para su próximo regalo en banales festivales posteriores.
El moreno levantó con suavidad sus comisuras. Realmente podía prever aquello con sorprendentes resultados positivos.
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