Voces del Más Allá
Lucía vivía en un caserón con toda su «family». Aquel fin de semana todos se habían ido a esquiar. Todos menos ella y su hermano mayor, Cristian, que se tenían que quedar en el pueblo para estudiar a piñón. El sábado estuvieron empollando a saco todo el día. Por eso, decidieron darse un premio por el trabajo hecho pidiendo la pizza más enorme y refrescos. Llegó la pizza, que para colmo, era de tamaño familiar, y Lucía y Cristian se dispusieron a devorarla en el salón de la casa. Mientras se comían la gigantesca pizza oyeron unas voces infantiles. Se miraron el uno al otro, dejaron la pizza y se preguntaron de dónde venían. Entonces vieron el «walkie talkie» de su hermano pequeño. Sí, aquel aparato que sirve para que los padres de los bebés oigan lo que hace el niño en la habitación sin necesidad de estar allí. No se lo pensaron y fueron a la habitación de su hermanito. Allí estaba el otro «walkie», pero no había nadie. Volvieron al salón riéndose nerviosamente. ¡Estaban histéricos, pálidos y sin hambre! Cuando llegaron al salón vieron que el «walkie» se encendía y volvían a oirse las voces de los niños. No se entendía qué decían. Era como si dos niños hablaran entre sí. Lucía y Cristian estaban al borde del ataque de nervios, pero decidieron volver a la habitación de su hermanito. De nuevo, no había nadie. Pero esa vez, mientras volvían al salón oyeron como alguien corría por el pasillo persiguiendo una pelota. No podían aguantar más. Pero las voces siguieron ¡y esta vez se las entendía perfectamente! «Ayudadnos, ayudadnos...». De repente aparecieron un niño y una niña. Se llamaban... ¡Cristian y Lucía! Resulta que hacía cien años, en el sótano del caserón había habido una guardería. Pero un terrible día se incendió y murieron todos los niños. Sus almas quedaron prisioneras en la casa y la puerta hacia el Más Allá sólo se abriría el día que se cumplieran cien años de su muerte. O sea, ¡ese día! La única manera de liberar sus almas era volver al caserón, ir al sótano, que era el cuarto de los trastos viejos, y pedir a los guardianes del Más Allá que dejaran entrar a Cristian y Lucía. No les quedaba otro remedio. Si no lo hacían, serían perseguidos por los fantasmas para siempre. Volvieron a la casa e invocaron a los guardianes. La puerta del Más Allá se abrió, pero no se llevó a los fantasmas, sino a Cristian y Lucía. Nunca más volvieron y los dos niños fantasma siguen correteando por el caserón esperando otros cien años...
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