Dos

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—Te mataré —me dice Paulo tan pronto llego al día siguiente a la redacción

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—Te mataré —me dice Paulo tan pronto llego al día siguiente a la redacción.

Sé perfectamente a que se refiere, así que me limito a disculparme con los labios. Veo como niega con la cabeza y se mete dentro de su pequeño despacho.

No me cabe duda, ni a mí ni a nadie con juicio, de que Paulo es uno de los mejores estilistas del país, y que su gusto para la moda es exquisito, pero actué por simple necesidad: ver a Anahí llorando como una niña en pleno berrinche me partió el alma, tanto como si le hubiera ocurrido a cualquier otra.

—Buenos días, Eloy —me dice Azucena con una sonrisa. Es una de las socias fundadoras del «Clan asimétrico», con sus sesenta y cuatro años puede estar más que orgullosa de a donde ha llegado, a pesar de todos los obstáculos que tiene que rebatir cada día por no poseer las medidas de una modelo—. Tienes un regalo esperando en tu despacho. —Veo como me guiña un ojo antes de desaparecer por el pasillo con unas carpetas.

Sin más clavo la vista en mi mesa y aprecio el detalle del que Azu me habló: un café. Sonrío, totalmente seguro de que se tratará de un detalle de Raquel, una de las camareras de la cafetería a la que el otro día tuve que defender de las burlas constantes de Néstor, el hombre gilipollas.

Sin pensarlo le doy un pequeño trago, sin quitarle la tapa ni añadirle nada, convencido de que Raquel es conocedora de mis gustos, y cuando el sabor aguachirri llega a mis papilas gustativas no puedo evitar escupir todo su contenido.

¡¿Pero esto qué es?!

Le quito la tapa con poca cautela para encontrarme con lo obvio: una infusión, o más bien podría decir agua caliente y sucia. No sé ni de que brebaje se trata, simplemente no me gustan: detesto las infusiones, y Raquel lo sabe.

Aprecio también la presencia de una tarjeta sobre la mesa, envuelta en un sobre de tamaño diminuto, del estilo a las que acompañan a las flores por San Valentín o fechas similares, pero me niego a abrirla.

Seguro de que se tratará de una broma de mal gusto me limito a arrojarlo todo en la papelera más cercana. ¡Que se vayan a reír de otro!

La mañana trascurre sin más, entre problemas y más problemas. ¿Es que todo me sucede a mí? Azucena me hace un gesto para que entre a su despacho.

—Ya están listas las fotografías, los trajes de noche son espectaculares —me dice, mirando una y otra vez las imágenes en su tablet—. Hiciste un buen trabajo, Eloy, pero Paulo está cabreadísimo.

—Fue por el bien común —miento, pero de forma muy descarada. Azucena me conoce lo suficiente como para saber que lo hago. Muchas veces me tiene dicho que tengo un estúpido tic en mi ojo derecho, que ni yo mismo conocía. Me mira con reproche, tal como lo haría una madre, y se cruza de brazos esperando que continúe hablando—. Está bien, pero no es lo que tú piensas.

—Pues lo que yo pienso es que eres un buenazo, y que nadie te gana a corazón. Tanto que expones tu relación de amistad con Paulo por ver sonreír a una chica.

Suelto un fuerte resoplido cuando termina de hablar, y me dejo caer en una de las sillas con gesto cansado.

—Está bien, sí es lo que tú piensas —susurro—. La vi llorando como una magdalena, así al más puro estilo dramático, por culpa del gilipollas de Néstor y...

—Te salió bien la jugada, la chica tiene talento. —Veo como vuelve a ojear las fotos en la tablet una vez más. Asiento—. Me da pena porque Anahí es buena, pero su relación con Néstor no le va a permitir progresar jamás. Él se encargará de hundirla, igual que hace con todas.

—Lo sé —murmuro.

Después de decidir los últimos detalles del especial de Otoño que nos corresponden a ambos como equipo, salgo de su despacho, dispuesto a volver a mis quehaceres.

—Señor Molina. —Escucho tras de mí. Me giro violentamente para encontrarme con la mirada algo apagada de Anahí, que me sonríe con sus labios, aunque no con sus ojos—. Perdón por incordiarlo, quería agradecerle una vez más el detalle que tuvo ayer conmigo.

—¿Sabes quién soy? —pregunto, casi sin pensar, intentando analizar sus palabras.

—Claro, es el editor de moda más joven de la revista —responde con simpleza.

En ese momento siento como mi pecho se hincha, tal como pavo orgulloso. Siento ganas de utilizar las palabras tan típicas de mi madre de «y no por mi cara bonita» pero por suerte me arrepiento a tiempo. Tampoco necesito crearle otro trauma de forma innecesaria a la muchacha, y para ser sincero creo que es una de las pocas —por no decir la única— que además de poseer un buen físico, está plagada de talento.

—Gracias también por no hurgar en mi llaga emocional. —Continúa, con la mirada baja. Parece que le dé vergüenza reconocer sus puntos débiles, pero le honra ser capaz de admitirlo en voz alta—. Prácticamente cualquiera de esta empresa vendría a hacer sangre de mi relación ridícula con Néstor, pero tú no lo hiciste, así que gracias —repite de nuevo.

Simplemente me limito a asentir. Confieso que no me esperaba esa madurez de su persona, tal vez porque estoy acostumbrado a otro tipo de comportamientos por parte de los miembros del otro Clan. Otros mucho más infantiles, desde luego.

—No tienes nada que agradecer, lo hice por la empresa. Tienes mucho talento, Anahí —le digo con sinceridad. O más bien es algo así como «medio mentira, medio verdad».

—Significa mucho para mí que la persona que trabaja codo con codo con Paulo Murillo diga eso de mí. —Aprecio como se sonroja y presiona los labios. Que chica tan tierna—. Espero verte mañana en el desfile —dice finalmente, levantando la vista de nuevo.

Pero... ¿qué desfile? ¿Se refiere a la Fashion Week? ¡Pero si yo no estoy invitado! Me parecería cuánto menos alucinante que ella sí, aunque tal vez si me acostara con el redactor jefe tendría algún punto a mi favor. Tendré que apuntármelo para la próxima.

Entreabro los labios para decir algo pero finalmente los cierro, prefiero no echar más leña al fuego.

—Recuerda llegar a la hora que te puse en la tarjeta, lo último que quiero es encontrarme con Néstor allí —susurra muy cerca de mí, justo antes de desaparecer de mi campo de visión.

Me quedo estático durante unos segundos, pensando a qué diablos se refiere. Tal vez simplemente sea una loca.

Me dirijo a mi mesa, y es en ese momento cuando lo comprendo todo. ¡Anahí es la que me regaló la infusión aguachirri!

Me aproximo a la papelera y busco rápidamente con la vista la tarjeta que me había dejado. Intento hacerme el tonto cuando un par de becarios pasan a mi lado cuchicheando cosas sin sentido. ¡Que les den por saco! Tan pronto se van continúo con mi labor, y por suerte no tardo en encontrarla, aunque algo mojada por culpa del maldito líquido intragable.

A duras penas consigo abrirlo y leer en su interior: nueve horas, acompañado de una dirección. El resto me da igual. Al final va a tener razón mi madre con esto de «haz el bien y te pasarán cosas buenas». Para comenzar mañana me iré a la Fashion Week, ¿quién me lo iba a decir?


Perfecta asimetríaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora