Eloy no es el hombre más atractivo del mundo, y no le importa. Orgulloso, luchador y auténtico, vive bajo sus propias reglas. Anahí, en cambio, esclava de la estética y atrapada en un amor tóxico, parece no tener nada en común con él.
Sin embargo, u...
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Disfrutar de la Fashion Week en tan buena compañía es toda una experiencia. Anahí de vez en cuando hace ciertos comentarios muy acertados sobre los diseños que me hacen sonreír, sobre todo cuando los critica con esa clase que la caracteriza.
Concluido el acto me observa con esa sonrisa tan peculiar en ella, y no puedo negarme a su propuesta de tomar algo y charlar. Yo me pido un café y ella, como no puede ser de otra forma, un té verde. Según Azucena ayuda a depurar y a no sé cuántas cosas más, pero prefiero no preguntarle por qué lo toma ella, tal vez simplemente le guste su sabor.
Durante un largo rato rememoramos los mejores momentos, incluso ciertas caídas de las modelos que le resultan graciosas. Sin llegar a ser cruel, tengo que reconocer que a mí también me hicieron gracia, sobre todo por el gesto de prepotencia que tenían en los labios.
Durante ese tiempo también me muestra un poco más de ella: me cuenta que tiene dos hermanos, que su sueño es dedicarse a la moda profesionalmente y que en un mes cumplirá los veintiuno.
—Admiro tu trabajo —me dice sin más, de un momento a otro, fijando la vista sobre mí—. Hace tiempo que lo sigo. Cuando era una simple bloguera me fascinaban tus artículos, me ayudaron mucho a la hora de crear buenas entradas.
Suelta una pequeña carcajada que me suena a gloria, no sé ni por qué, pero es así.
—A ver, físicamente no te conocía —reconoce, pasando la vista por mi rostro. Enarco una ceja y me limito a esperar lo que pueda venir a continuación. En el fondo me da igual: que diga lo que quiera. Cualquier humillación merecerá la pena a cambio del pedazo de desfile que acabamos de ver—, pero ayer, cuando me tendiste la mano me puse e investigar y... ¡Dios, que emoción cuando me di cuenta de que eras tú!
Comienza a aplaudir como una niña de cinco años y suelta una fuerte carcajada. Que chica tan curiosa. Después de ese momento vuelve a quedarse seria, como si tuviera que explicarme un tema complejo.
—Cuando llegué a la empresa pensé que todos serían unos verdaderos gilipollas —dice, sin paños calientes. Me siento tentado a decirle que tiene toda la razón, que pocos merecemos la pena, pero finalmente me limito a esperar—: Néstor me ofreció un puesto de trabajo por lo que me lo ofreció, que no soy idiota. —Le da un fuerte trago a su taza de té humeante antes de volver a dejarla sobre la mesa—. Mi madre siempre me decía «ese chico va a lo que va», y me joroba tener que darle la razón.
Me causa gracia la forma en la que pronuncia la palabra «joroba», como si decirla fuera el peor pecado del universo. Su inocencia me abruma por completo.
—Pues aunque no lo creas, yo a ti también te conocía —digo, echando para atrás la taza y mirándola directamente a los ojos—. Mi sobrina siempre fue muy fan de «El baúl de Anahí» —expongo, haciendo hincapié en el nombre del blog.
La chica se sobresalta y vuelve a emitir un pequeño sonido extraño, que supongo simula felicidad. Que chica tan curiosa, pero me gusta su forma de expresarse, con esa inocencia.
Seguimos conversando durante horas, hasta que apreciamos como la cafetería se va desalojando. Finalmente decido llevarla a su casa, tal vez su madre se quede más tranquila de ese modo, y en el fondo tampoco me gustaría que se volviera en el metro a estas horas en la noche, y mucho menos ella sola.
—Me encantó conocerlo un poco más, señor Molina —me dice con una encantadora sonrisa, casi tan fascinante como ella.
—Eloy —la corrijo, aunque sé de sobra que sabe mi nombre. Asiente con la cabeza a la vez que me dedica una sonrisa ladeada.
—Eres un gran tipo. —Suelta de sopetón, fijando su mirada sobre la mía.
La verdad es que lo sé, eso es algo me suelen decir a menudo: eres un gran chico, seremos muy buenos amigos.
No me espero otra reacción de su parte, para ser sincero, pero me sorprende poniéndose de puntillas para dejar un beso en la comisura de mis labios con mucha dulzura.
—Me lo pasé en grande —me dice, o por lo menos eso creo, ya que en este momento estoy en un mundo muy lejano—. Me gustas, espero que me permitas seguir conociéndote un poco más.
Y, tras decir estas simples, pero definitivas palabras, da media vuelta, emprendiendo camino a su casa, y dejándome como un bobo observando su andar.
Tan pronto llega se gira y, con una pequeña sonrisa, da por concluido el que puedo asegurar desde ya que será uno de los mejores días de mi vida.
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