Cap XI: "Take Care Of Him"

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-Lo sé, señor... -dijo, midiendo con cuidado sus palabras. Sin embargo, la risa de ambos elfos hizo eco en el salón.

-Oh, por los Valar... -murmuró el Rey, secando una lágrima que escapó de su ojo- No seas tan formal, eres un buen amigo de mi hijo, supongo que podemos dejar ese tipo de cosas de lado,¿no crees? 

-Lo siento... nunca he hablado con informalidad a alguien con título, ni siquiera a Elrond, a quien considero mi padre... -El elfo mayor arqueó una ceja, como dando a entender que no era del todo cierto, después de todo, Legolas era príncipe y estaba casi seguro que eran más que simplemente "cercanos"- Legolas es mi amigo... -se apresuró a aclarar, viendo la pregunta tácita en los ojos del Rey.

El monarca simplemente sonrió, como si supiera algo que él no, y le indicó a su hijo que le mostrara el resto del Palacio. Antes de que abandonaran el Salón, le pidió que se pusiera cómodo, que se sintiera como en casa. Sin mediar palabra, Aragorn asintió y siguió a su amigo fuera de allí.

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-Lo siento -murmuró Legolas, una vez estuvieron lejos del alcance de los oídos de su padre-. Mi Ada puede ser algo indiscreto a veces... y muy directo...

Una carcajada escapó de los labios de Aragorn, mientras una sonrisa se deslizaba en su rostro. La incomodidad del elfo era tan evidente que decidió romper la tensión para que dejara de sufrir. Sabía que su padre solo había intentado aliviar el momento, en cuanto lo vió entrar todo nervioso por la puerta.

-Descuida, Legolas, tu padre ha sido encantador. Debo admitir que al principio le tuve... miedo... -admitió, inclinando ligeramente la cabeza- pero eso no iba a negar que quisiera conocer al padre de tan maravillosa personificación -bromeó, chocando su hombro levemente con el del rubio, quien tenía rojas las mejillas.

-Gracias... eso creo -añadió el elfo, ahora sonriendo tontamente también, y su mano rozando la del hombre al caminar.

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Le mostró todo el castillo, desde las cavernas, la cárcel, la fuente y la cocina, hasta los salones, los dormitorios, el campo de entrenamiento y el bosque. Ahora mismo, se hallaban sentados en la hierba, su espalda gentilmente apoyada sobre un tronco caído. 

Pequeñas aves revoloteaban a su alrededor, pétalos de flores cayendo y siendo arrastrados por el viento. La mano de Aragorn se alzó, atrapando una flor que se había desprendido completamente, y la observó, acariciándola suavemente con las yemas de sus dedos.

Era de un color granate, sus bordes dorados, y el tallo de un brillante caoba. Era hermosa, y las gotas de rocío que decoraban la aterciopelada textura de sus pétalos lograba hacer que, a la luz del sol, brillara como una constelación. El brillo que emanaba de aquella diminuta obra de arte, le recordó a los ojos de alguien.

Ese alguien que hacía latir fuerte su corazón, esa persona que lo ponía nervioso y a la vez le daba la más inmensa de las paces. Ese alguien con quien podía compartir sus secretos mas allegados, sus temores mas fuertes, y nunca podría sentirse incómodo con ello. Esa persona en la que confiaba su vida, y estaba seguro de que la otra persona pondría también su vida en sus manos.

Un elfo lo saca de su ensoñación, y le pide que lo acompañe, el rey quería una audiencia con él. Legolas se levanta también, convencido de que debía acompañarlo, pero el elfo le deja claro que no debe venir. Solo el dúnedain. Cuando el elfo, resignado, apoya su espalda contra la corteza nuevamente, no duda en deslizar la flor en su trenza, como consuelo, antes de partir tras el guardia.

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Durante la cena que había tenido lugar en  la pequeña cocina, un par de horas atrás, Thranduil había observado las miradas discretas que el heredero de Isildur le dirigía a su hijo, como si fuera la criatura mas bella de todo el universo, y parecía capaz de bajar hasta las mismas estrellas tan solo por él.

Recuerdos pasaron tras sus párpados, cuando él había conocido a la madre de Legolas. Estaban tan enamorados, él aseguraba que su corazón se pararía en cuanto ella abandonara su lado. Y reconoció entonces, en los ojos de Aragorn, el amor.

Un amor tan puro y verdadero que ni el mismísimo mal que habitaba en Mordor podría destruir. Suspiró, al mismo tiempo en que la puerta se abría a sus espaldas, y se volteaba, para soltar todo aquello que quería decir. Pero al final, intentando poner en orden las ideas en su cabeza, terminó por soltar ante la desconcertada mirada del hombre:

-Por favor... Cuídalo...


N/A: subo esto ahora porque se que me dará pereza subirlo el martes, así que lo subo ahora, y la próxima parte la subiré el miercoles ;)

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